La hegemonía hispana en el siglo XVI
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
El siglo XVI estuvo marcado por la hegemonía hispana, primero en la versión imperial de Monarquía universal del emperador Carlos V y luego ya, más netamente hispánica con Felipe II.
La política exterior de Carlos estuvo marcada más por los intereses dinásticos de los Habsburgo que por la de los reinos hispanos. El emperador y rey mantenía una cierta tradición de pensamiento medieval al defender un ideal de Monarquía universal cristiana dirigida por dos poderes: el papal o espiritual y el terrenal que le correspondería al emperador. Pero ese ideal era imposible en la Europa del fortalecimiento de los Estados y del surgimiento de la Reforma.
Francia era la principal opositora al ideal del emperador, añadiéndose al antecedente del conflicto pasado con los Reyes Católicos por el dominio de Italia. El escenario del enfrentamiento volvió a estar allí, especialmente en el Milanesado, pero también en Flandes y Borgoña. Carlos V quería neutralizar a Francia y desalojarla definitivamente de Italia. En la Batalla de Pavía (1525) derrotó a las tropas francesas y el rey Francisco I cayó prisionero. Pero el conflicto prosiguió por el rey galo se alió con el papa Clemente VII. Ello provocó el saqueo de Roma por las tropas imperiales en 1527. Al final, se firmó la Paz de Cambrai (1529). La victoria definitiva sobre Francia se daría con la Paz de Cateau-Cambrésis, que firmaría ya Felipe II en el año 1559.
La otra gran potencia enemiga de Carlos fue el Imperio Otomano. Desde el siglo XV los turco-otomanos se habían expandido por los Balcanes, amenazando las posesiones de los Habsburgo en Austria. Además, amenazaban el Mediterráneo occidental apoyando la piratería contra los territorios cristianos. Aunque Carlos conquistara Túnez en 1535 el problema no se solucionó y pasó al reinado de Felipe II.
El tercer problema exterior para el emperador sería el protestantismo que suponía la ruptura de la unidad religiosa europea. Lutero era, además, alemán y la reforma triunfó en buena parte del Sacro Imperio. Los intentos de conciliación en la Dieta Imperial de Worms fueron un fracaso. Además, una serie de príncipes alemanes aceptaron la doctrina de Lutero. El protestantismo se expandía, rápidamente por Alemania y por Flandes. Al final, estalló el conflicto. Los príncipes alemanes protestantes formaron la Liga de Smalkalda. Carlos los derrotó en Mülhberg (1547) con los tercios españoles. Se llegó a la Paz de Augsburgo de 1555, que concedió la libertad religiosa a los príncipes y supuso el fracaso de la unidad religiosa europea.
Felipe II mantuvo los principios que inspiraron la política exterior de su padre: defensa del catolicismo, la conservación de la herencia dinástica y el mantenimiento de la hegemonía en Europa, aunque ya no se defendía un concepto de Monarquía universal. La cuestión de la conservación de la herencia dinástica se convirtió, en cambio, en una mayor preocupación para Felipe II, especialmente, en lo referente a Flandes.
La rebelión de Flandes fue, sin lugar a dudas, la principal preocupación de Felipe II, y uno de los grandes focos de tensión en la segunda mitad del siglo XVI. El rey intentó gobernar el territorio desde postulados absolutistas. Ello suscitó la oposición de la nobleza, que veía peligrar su posición de dominio en las instituciones. El problema se agravó por el componente religioso. El calvinismo se había difundido con notable éxito en las provincias del norte. Los intentos reales de contener su expansión fueron un fracaso. La represión provocó el efecto contrario. Calvinistas y algunos nobles se rebelaron contra el rey en 1566.
Para intentar solucionar el conflicto, Felipe II optó por el enfrentamiento frente a la negociación. Envió al duque de Alba con un poderoso ejército, que sometió a los sublevados y ajustició a los líderes. Lejos de solucionarse el conflicto, éste se enconó y duró unos ochenta años.
En la década de 1580, Alejandro Farnesio obtuvo importantes victorias, pero no pudo impedir que las provincias del norte –Holanda y Zelanda- consiguiesen la independencia de hecho. Los territorios rebeldes pasaron a denominarse Provincias Unidas. Se convertirían en una verdadera potencia económica y marítima.
Las relaciones con Inglaterra fueron otro de los grandes problemas de Felipe II. Este país había sido un tradicional aliado desde los tiempos de los Reyes Católicos, pero el establecimiento del anglicanismo había comenzado a enturbiar las relaciones ya con Carlos I. Felipe II llegó a ser rey consorte de Inglaterra por su matrimonio con María I Tudor, que intentó el restablecimiento del catolicismo en el país. Al morir sin descendencia, subió al trono su hermanastra, Isabel I, reina fundamental en la historia inglesa y que desencadenó la hostilidad hacia la Monarquía Hispánica. Tenemos que tener en cuenta que Inglaterra estaba comenzando su expansión comercial, colonial y marítima y no admitía el monopolio español sobre América. Los ingleses lanzaron ataques corsarios contra la flota española. La piratería inglesa creció entre 1560 y 1585. Además, Inglaterra decidió apoyar a los rebeldes flamencos, tanto por su oposición al catolicismo como medio para desgastar a España.
Para enfrentarse a esta situación, Felipe II optó por la invasión de Inglaterra con una gran flota, la conocida como Gran Armada, o Armada Invencible. La expedición fracasó (1588).
El tercer problema contra el que se enfrentó Felipe II fue el de los turcos otomanos. El Imperio Otomano se había expandido por el Mediterráneo central y los piratas berberiscos, sus aliados, no dejaban de acosar los barcos y puertos españoles e italianos. Para frenar a los turcos se estableció una alianza con Venecia y el Papado, la conocida como Liga Santa (1570). Se reunió una gran flota, bajo el mando de Juan de Austria. Se derrotó a los turcos en la batalla naval de Lepanto (1571). Esta derrota frenó el avance turco, rompió el mito sobre su invencibilidad, pero no significó, ni mucho menos, el final de la amenaza turca.
El gran éxito de Felipe II en política exterior fue la obtención de la Corona portuguesa para su dinastía en 1580. El reino se había quedado sin monarca, ya que el rey Sebastián murió en una acción bélica en Marruecos, y no había dejado heredero. Felipe II pudo optar al trono porque era nieto de Manuel el Afortunado. Los que se oponían a su candidatura fueron derrotados militarmente. Pero, además, muchos portugueses veían con buenos ojos a Felipe II porque necesitaban protección para el comercio y las colonias.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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