¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XIII)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Hoy día, los niños saben los nombres de los futbolistas o de los tiktokers. En el siglo XIX, en cambio, sus ídolos eran los toreros. La denominada “fiesta nacional” era una forma de ocio de masas que no resulta tan específicamente española como acostumbramos a creer. Se trata de un espectáculo comparable a los de otros países, como el béisbol en Estados Unidos o el criquet en Gran Bretaña. Desde esta óptica, la tauromaquia no constituiría un arcaísmo propio de un territorio atrasado sino una industria con un claro componente de modernidad.
El componente lúdico iba unido a innegables aspectos políticos e ideológicos. Muchos pensaban que en los ruedos se fomentaba la virilidad y que eso era importante para el futuro de la nación. En este marco mental, los matadores serían supermachos y merecerían que los demás tomaran como modelo su masculinidad. Un hispanista canadiense, Adrian Shubert, ha estudiado estas y otras cuestiones en su modélica Historia social del toreo (Los Libros de la Catarata, 2024), en la que se plantea muchas cuestiones novedosas, como la utilización de los eventos taurinos para financiar obras públicas como los alcantarillados o las fuentes. Los toreros célebres competían en generosidad cuando se organizaba un evento benéfico porque su imagen pública dependía de gestos más o menos espectaculares con los que acompañaban unas vidas turbulentas, entre juergas y mujeres. Lo peor que podía hacer una estrella era aburguesarse y resultar aburrido para sus admiradores.
¿De dónde salían los matadores? En un principio, una mayoría abrumadora procedía de tierras andaluzas. Conforme avanzó el siglo XIX su distribución por regiones se hizo más equilibrada sin que el Sur perdiera la primacía. Abundaban, sobre todo, los miembros de las clases bajas, irresistiblemente atraídos por la posibilidad de unos ingresos rápidos y cuantiosos que les sacaran de la pobreza. Pero no todos llegaban a la cumbre. No pocos malvivían y estaban tan desesperados como para estar dispuestos a torear solo a cambio de darse a conocer, sin hacer del dinero un problema. Eran plenamente conscientes, como demuestran algunas súplicas de trabajo llenas de patetismo, de que vivían en un mundo competitivo donde la oferta superaba a la demanda. Una posible salida profesional consistía en hacer las Américas, con carácter temporal o permanente, en busca de un futuro más prometedor.
En la escala jerárquica de la profesión, por debajo de los matadores estaban los picadores y los banderilleros. Disfrutaron, en un primer momento, de alguna posibilidad de escalar posiciones. Su relación con los diestros venía a ser muy parecida a la que establecían, en los gremios, los aprendices con los maestros. Pasado el tiempo, sus oportunidades de progresar se esfumaron y se vieron reducidos a ser una especie de proletariado de la tauromaquia.
A finales del siglo XIX, las estrellas de la cartelera eran los toreros. Antes, el protagonismo correspondía a los dueños de las ganaderías. El público acudía atraído por la calidad de las reses, que se medía en función de su bravura. Un miura resultaba especialmente peligroso para aquel tenía que lidiarlo, aunque también es cierto que a veces se colaban toros mediocres como si fueran de primera fila aprovechando la fama trágica de los animales.
Los diversos actores implicados en el negocio se dedicaban a defender, a cara de perro si hacía falta, sus propios intereses. De ahí que se produjeran episodios que venían a ser una especie de versión castiza de la lucha de clases. Shubert nos cuenta muy bien estos enfrentamientos. Valga de muestra la iniciativa de siete ganaderos en la Navarra de 1851: se unieron para fijar los precios de sus toros y oponerse a toreros cada vez que éstos reclamaran un aumento en sus tarifas por lidiar los toros de una ganadería determinada.
Aunque a principios del siglo XXI nos parezca, tal vez, inverosímil, en la España decimonónica también existían toreras. Sobre ellas llovían las críticas más salvajes, con repetidas acusaciones de que desnaturalizaban no solo a la tauromaquia sino a su propio sexo, puesto que con su sola presencia se saltaban las fronteras de género socialmente establecidas. ¿Acaso las mujeres no estaban para hacer las tareas del hogar? De Dolores Sánchez, “La Fragosa”, se llegó a escribir, con bastante grosería, que estaría mejor fregando por más que fuera una “señorita torera con mucho aguante”. No obstante, los escrúpulos se esfumaban en cuanto la plaza estaba llena. La Cuadrilla de Mujeres Catalanes que se presentó en Madrid, en 1898, obtuvo un éxito resonante. Un cronista de la época constataba que “hoy las mujeres han llevado más gente de la que ha asistido a ninguna otra corrida en lo que va de temporada.
La tauromaquia auténtica, en suma, tenía más de juego de intereses que del mito esencialista sobre la lucha entre el espíritu y la materia, expresión de una españolidad supuestamente intemporal. Al igual que en la actualidad, encontramos una división acusadísima entre partidarios y detractores, que también los había. Para Unamuno, los toros volvían más estúpido al pueblo al distraerlo de las cosas que de verdad contaban. Azorín, a su vez, veía una perversión de la idea de valor. En cuanto a Ramiro de Maeztu, culpaba a las corridas de crear un ambiente de falta de seriedad que había conducido al país al desastre de 1898 con la pérdida de las últimas colonias. Este tipo de quejas no respondían, contra lo que pudiera parecer, a circunstancias exclusivas de España. Fijémonos en los ataques que se efectuaron en Norteamérica contra los deportes universitarios, acusados de excitar a la plebe en términos malsanos. En pleno tránsito hacia la sociedad de masas, resultaba normal que los cambios suscitaran todo tipo de recelos.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.