Vaciar la Franja de Gaza o el Plan Madagascar versión 2.0.
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Historalia
“Se propone como solución a la cuestión judía lo siguiente: En el Tratado de Paz, Francia deberá poner a disposición la isla de Madagascar para la solución de la cuestión judía, y para reasentar y compensar a los aproximadamente 25,000 ciudadanos franceses que viven allí. La isla será transferida a Alemania como un mandato. (…). Aquella parte de la isla que no sea necesaria para fines militares estará bajo la administración de un Gobernador de la Policía Alemana, quien estará subordinado a la administración del Reichsführer-SS. Aparte de esto, los judíos tendrán su propia administración en este territorio: sus propios alcaldes, policía, administración postal y ferroviaria, etc. Los judíos serán solidariamente responsables del valor de la isla. Con este fin, sus antiguos activos financieros europeos serán transferidos para su uso a un banco europeo que se establecerá para este propósito. En la medida en que los activos no sean suficientes para pagar por la tierra que recibirán, y para la compra de productos necesarios en Europa para el desarrollo de la isla, los judíos podrán recibir créditos bancarios de dicho banco.”
Este fragmento pertenece al Memorandum para el Plan Madagascar redactado en junio de 1940 por el nazi Franz Radermacher, jefe del Departamento Judío del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Añadía al mismo que el plan “podía ser usado con fines propagandísticos, ya que mostraba la generosidad de Alemania con los judíos al permitir que se administraran independientemente en lo cultural, económico y legal” una vez asentados en la isla de Madagascar.
Antes incluso de que la conquista nazi de Francia fuera una realidad, Rademacher miraba hacia la enorme colonia francesa como la solución al “problema judío”, es decir, a la presencia de judíos en el territorio que los alemanes habían diseñado como su lebensraum, el espacio vital de la raza aria.
No era la primera vez que se planteaba el traslado forzado de los judíos fuera de Europa, si bien esta vez se concretaría en un nuevo memorándum redactado a petición de Hitler por el mismísimo Adolf Eichmann, responsable de la cuestión judía dentro del gobierno nazi, en agosto de 1940. En el mismo, más detallado que el de Radermacher, Eichmann planificaba para la isla un gobierno policial a manos de las SS y el reasentamiento en la misma de un millón de judíos polacos al año.
El propio Eichmann ya había inaugurado el 1938 la red de Oficinas para la Inmigración Judía, unos organismos creados por los nazis con la finalidad de expulsar a todos los judíos de las áreas bajo su control (crear lo que Hermann Göring definía como zonas Judenfrei, libres de judíos). Detrás de ello existía ya entonces una clara voluntad de eliminación que algunos líderes nazis no ocultaban. Tal era el caso de Heinrich Himmler, quien proclamaba ese mismo año su deseo de “ver el propio termino “judío” desaparecer definitivamente deportándolos a todos a África o a alguna colonia”.
La derrota nazi frente a los ingleses en la batalla de Inglaterra, en septiembre de 1940, supuso la paralización del plan Madagascar, que sería posteriormente abandonado. Pero no por motivos humanitarios, sino por las meras dificultades logísticas que planteaba un traslado de población tan masivo en medio del bloqueo naval inglés.
A partir de ese momento, el gobierno nazi puso en marcha la “Solución Final para el problema judío”: esto es, el asesinato sistemático de millones de personas en los campos de exterminio.
Eichmann, redactor del memorándum y responsable de las deportaciones en ferrocarril de los judíos europeos a estos campos, fue detenido en mayo de 1960 en Argentina, donde había huido y vivía escondido. Trasladado precisamente a Israel, fue allí juzgado por un tribunal judío y condenado a muerte por crímenes contra la humanidad. Su juicio, de hecho, marcó un hito y es un referente en la legislación internacional para este tipo de criminales.
Ya en la actualidad, el plan para Gaza anunciado por el recién reelegido presidente de los EEUU, Donald Trump, recuerda poderosamente estas iniciativas del gobierno nazi. La mera idea de desplazar a dos millones de gazatíes a otros países tras una intervención militar israelí que facilitaría la conversión de la zona en “la Riviera de Oriente Medio” nos trae ecos de tiempos pasados que no fueron mejores. A pesar de presentarse como “un mero inversor en esa parte del mundo”, EEUU legitimaría con este proyecto un desplazamiento masivo y forzoso de población, algo a día de hoy ya claramente tipificado como un crimen contra la humanidad.
A partir de allí los ataques al Tribunal Penal Internacional cobran una significación inequívoca como un síntoma más del desprecio, ya no sólo por las instituciones que velan por los derechos humanos, sino por los propios derechos humanos en sí. El Tribunal Penal Internacional, que opera en la ciudad neerlandesa de La Haya desde 2002 tras la ratificación del Estatuto de Roma, es la única instancia permanente encargada de juzgar a las personas acusadas de cometer crímenes de genocidio, guerra, agresión y lesa humanidad. Nació de los horrores de las dos guerras mundiales y de los genocidios yugoslavo (1991-1995) y ruandés (1994) con la firme voluntad de perseguir y condenar los crímenes más graves sin limitaciones jurisdiccionales o geográficas.
Las propuestas de Trump, así, chocan no sólo con la idea de progreso sino con nuestra propia esencia como civilización. Y es que, como sociedad, no podemos ahorcar a Eichmann por crímenes contra la humanidad y poco después recuperar sus planes criminales. No podemos dar diferentes valoraciones éticas a una misma idea en función de quién la presente. Si no aprendemos de la Historia estaremos condenados a repetirla una y otra vez. Para perjuicio de todos.
Un superviviente de los campos de concentración nazis, el psiquiatra austríaco Viktor Frankl, sintetizaba lo aprendido en estas fábricas de la muerte sobre la naturaleza humana afirmando que “el amor es la meta más importante a la que el hombre puede aspirar”. Y no se trata simplemente de una meta a alcanzar, sino de nuestra propia identidad como sociedad avanzada.
Nadie plasmó esta idea mejor que la antropóloga Margaret Mead. Ésta, al ser preguntada por el origen de nuestra civilización, en lugar de mencionar los grandes inventos como el fuego, la agricultura o la rueda, refirió el hallazgo de un fémur roto curado. Así, mientras los animales heridos en la naturaleza son atacados y comidos, este fémur prehistórico demostraba que la persona herida había sido protegida y cuidada por otros. Tal era, para Mead, el comienzo de la civilización.
Si tenemos esto en cuenta, la base de nuestra cultura, de lo que llamamos Humanidad, siempre fue, y debe seguir siendo, el bien. Y es nuestro deber, como seres humanos, posicionarnos contra cualquiera se aleje de tal aspiración.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.
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