¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XIX)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Occidente y Oriente no son conceptos geográficos sino ideológicos. Israel está en Oriente pero, a todos los efectos, se le considera un país occidental. Incluso participa en Eurovisión. España, en cambio, está en el extremo occidental de Europa y muchas veces se ha cuestionado que perteneciera a ella. En el siglo XIX, los extranjeros que la visitaban tendían a considerarla básicamente africana y oriental. De ahí que se adentraran en ella a la búsqueda de exotismo y emociones fuertes. Próspero Mérimée, en Carmen, creó un duradero estereotipo acerca de una tierra de bandoleros y mujeres fatales que lo mismo te soltaban un beso que una puñalada. Los españoles, mientras tanto, reaccionaban con estupefacción ante una visión estereotipada que deformaba sistemáticamente su realidad. Unos se indignaron. Otros, sin dejar de expresar su desacuerdo, prefirieron tomárselo con humor.
Bretón de los Herreros, el conocido dramaturgo costumbrista, utilizó una de sus comedias, Un francés en Cartagena, para satirizar los tópicos que se creían a pie juntillas al otro lado de los Pirineos. Llegado desde el país vecino para casarse con Dolores, el protagonista, Gustavo, quiere agradar a su familia adoptiva. Sin embargo, como sus únicos conocimientos proceden de libros mal encaminados, no hace más que cometer un error tras otro. Nada resulta como imaginó. Ni siquiera la chica, a la que imaginaba en extremo ardiente. ¿Acaso no eran así todas las españolas? La muchacha tampoco lleva navaja, ni fuma, ni viste trajes típicos ya que prefiere la moda francesa. Dicho en otras palabras: los indígenas españoles, en lugar de interpretar su papel de salvajes, se empeñan en ser tan europeos como los demás.
Casado de las tonterías de su futuro yerno, Cipriano fulmina en un discurso algunos lugares comunes que circulan sobre su país, como el predominio asfixiante del clero. No era cierto que en cada casa hubiera un fraile que gobernara a los demás como si fuera un rey. España, dijeran los extranjeros lo que dijeran, no vivía ya sumida en las tinieblas de la Edad Media. ¿Nos hallamos, tal vez, ante un “facha” que se obstina en hacer un discurso de exaltación patriótica? El caso es que Cipriano es un liberal que se había visto obligado a exiliarse en 1823, cuando una intervención militar francesa devolvió el poder absoluto a Fernando VII. Sin embargo, no está resentido con los galos. Distingue, con buen criterio, entre el gobierno de Francia y Francia en sí. Su caso evidencia como, en el siglo XIX, la conciencia nacional no es ajena al liberalismo.
Los extranjeros, según Bretón de los Herreros, se comportaban como jueces que no admitían apelaciones. Aunque había muchos españoles que desmentían sus percepciones sesgadas, ellos desestimaban su testimonio con el argumento de que nadie juzga con imparcialidad acerca de lo propio. Así, en lugar de detenerse a escuchar, no hacían más que escribir textos en los que se multiplicaban los errores porque miraban pero veían. La excepción, en sus manos, se convertía siempre en regla.
Otros escritores de la época pensaban más o menos lo mismo. El novelista Juan Valera, en un artículo publicado en 1868, arremetió también contra el mito de la España de charanga y pandereta. Encontraba incomprensible que los extranjeros hablaran de las cosas hispánicas desde el más escandaloso desconocimiento. A él le habían llegado a preguntar si en la península se cazaban leones, como si fuera un territorio africano. También le explicaron en qué consistía el té, dando por supuesto que ni siquiera debía saber lo que era. España, desde la óptica foránea, se situaba en las antípodas de la civilización.
Valera defendía a España, pero no desde la vulgaridad del patrioterismo. Todo lo contrario. Le parecía horroroso fomentar las bajas pasiones nacionalistas de los indocumentados. Estaba bien lejos de comulgar con los que cogían los defectos del país y los convertían en virtudes de las que presumir, sacando pecho al hablar de aspectos tan lamentables como la intolerancia religiosa y la Inquisición. No tenía ningún sentido obstinarse en la ignorancia y el atraso en lugar de sumarse a la corriente general de un siglo pletórico de novedades positivas: “Nos tachan los extranjeros de ignorantes, y muchos españoles, en vez de probar que no lo son, hacen gala de serlo, se burlan del saber o lo rechazan como ponzoña”.
Para el autor de Pepita Jiménez, lo sensato no era persistir en el error sino todo lo contrario: si se quería progresar, había que reconocer sinceramente las propias carencias. Eso era algo que había que hacer desde el equilibrio, sin caer en la tentación de sustituir una vanidad desaforada por uno complejo de inferioridad tanto o más patológico. Por ese camino no se iba al progreso sino a la parálisis: si la gente creía que nada tenía remedio nunca podría cambiar nada. El pesimismo exagerado no conducía a ningún lugar.
El desprecio de los europeos resultaba, obviamente, muy doloroso. ¿Qué hacer para contrarrestarlo? Para Valera, las refutaciones constituían una pérdida de tiempo. Le parecía ridículo gastar esfuerzos en demostrar lo infundado de ideas que carecían de la menor solidez. Los españoles, ante tantas cosas descabelladas que se decían sobre ellos, no debían enfadarse. Salía más más a cuenta responder al absurdo desde la jovialidad: “Entiendo que estas críticas de los extranjeros no debieran excitar nuestro furor, sino nuestra risa”.
La distancia irónica podía ser una reacción inteligente, aunque había otra, para nuestro escritor, todavía más aconsejable: dejar a un lado las palabras y demostrar con hechos que los españoles sí estaban a la altura de las circunstancias. La de Valera es una visión desacomplejada, propia del que no quiere ser ni más ni menos que los demás. Nuestro escritor, como tantos otros de sus compatriotas, deseaba un país normal, plenamente integrado en la Europa de su tiempo. Como hombre culto y viajado que era, juzgaba que el narcisismo de las pequeñas diferencias no podía ser sino un profundo despropósito.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.