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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXII)


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Marx animó a los proletarios del mundo, en 1848, a unirse para sacudir las cadenas del capitalismo. Los conspiradores profesionales, según afirmaría dos años después, eran hombres que vivían en precario, nómadas que iban de taberna en taberna para tomar el pulso a los trabajadores. Allí, como “sargentos reclutadores de la conspiración”, se dedicaban a buscar gente que los secundara en sus proyectos. La Revolución necesitaba tanto al conspirador a tiempo completo como al que lo era a tiempo parcial: aunque este último se dedicara a su oficio para ganarse la vida, siempre estaba dispuesto a asistir a las reuniones y a juntarse con sus correligionarios a una llamada de su líder.

Los conservadores no estaban tranquilos frente la proliferación de planes subversivos. Para ellos, lo que estaba en juego era la misma civilización. Tras la revolución de 1848, Juan Donoso Cortés, desde su liberalismo moderado, advirtió a su público acerca de los peligrosos del socialismo. Si continuaba por ese camino, el mundo iba a precipitarse por la pendiente de un despotismo como jamás había conocido la especie humana. Sin embargo, de manera significativamente contradictoria, Donoso planteaba neutralizar esa dictadura con otra, esta de signo conservador y bajo la égida del general Narváez.

Algunos años más tarde, con la formación de la Asociación Internacional de Trabajadores, los gobiernos de toda Europa empezaron a temblar ante la amenaza roja. Las autoridades veían fantasmas por todos partes y atribuían a la organización proletaria siniestros designios subversivos. Así, en 1871, el Diario de Barcelona anunciaba que habían llegado a la península agentes “con objeto de que estalle el incendio de la sedición”. A su vez, La Correspondencia de España, publicó que una oleada de internacionalistas, a través de la frontera con Francia, se había distribuido por todas partes desde Atlántico hasta el Mediterráneo. ¿Su objetivo? Quemar las Iglesias de Barcelona, Madrid y otras capitales, lo mismo que cualquier palacio real. De esta forma, a ojos del diario, la coordinación de los obreros de distintos países quedaba asimilada con violencia y destrucción. Significativamente, la palabra utilizada para designar a los protagonistas era la de “comuneros”, en clara alusión a la reciente revolución en París.

Poco después, La Independencia Española definía el trabajo de la Asociación como una “verdadera conspiración internacional”. En Gran Bretaña, aunque existía un orden social de bases sólidas, no dejaban de sucederse las huelgas “con espantosa rapidez, como si una mano secreta, dirigiéndolo, no quisiera dejar un momento de paz a la sociedad inglesa. Una vez más, nos encontramos ante un clásico de las teorías de la conspiración: la presencia de una trama oculta que mueve los acontecimientos con designios tan ocultos como siniestros.

A su vez, La Época, un diario monárquico, veía inquietantes similitudes entre la Comuna y la revolución española de 1868. Había que luchar para que en la península no se reeditara el horror que se había nacido en París.

Los políticos tampoco permanecieron callados: el político liberal Práxedes Mateo Sagasta acusó a los internacionalistas de soñar con destruir por la fuerza la civilización. Eso iba a traducirse en la eliminación de la familia y de la patria. Desde un punto de vista conservador, estaba claro que los desastres de la Comuna de París tenían su origen en la Internacional, un organismo que venía a corromper con doctrinas falsas a los sencillos trabajadores. Cánovas del Castillo llegó al extremo de alertar contra “el más grande peligro que hayan conocido nunca las sociedades humanas”. A sus ojos, la asociación de Marx, lejos de liberar a los trabajadores, iba provocar el advenimiento de una dictadura, de un cesarismo que se encargaría de restablecer la disciplina en el cuerpo social.

El miedo al comunismo se había convertido en una cuestión de palpitante actualidad. En caso contrario, la Academia de Ciencias Morales y Políticas no habría convocado, en 1875, un concurso literario en torno a tres temas: la injusticia o imposibilidad del comunismo, la injusticia o imposibilidad del derecho al trabajo, y las ventajas de la libertad de trabajo. Ignacio María de Ferrán, abogado y propietario catalán, participó con Cartas a un arrepentido de la Internacional, en la que se dirige a un supuesto militante izquierdista. El libro exhibe un paternalismo tan exagerado que resulta inverosímil que lo leyera cualquier trabajador, pero no por eso deja de ser útil como reflejo de la inquietud de la burguesía. La Internacional, según el autor, solo era grande por el número de proletarios a los que atraía “valiéndose de la más grosera seducción”. En realidad, no defendía los intereses del pueblo sino que los perjudicaba gravemente. Solo servía para impulsar sueños imposibles y dar pie a todo género de “infamias”. El comunismo, si llegaba a triunfar, solo provocaría desastres como la destrucción de la familia.

La Internacional resultó no ser tan fiera como la pintaban: saltó ella misma por los aires como consecuencia de las fricciones entre socialistas y anarquistas, entre Marx y en Bakunin. El antisemitismo de este último, extremadamente virulento, no ayudó a la conciliación.

La derecha, mientras tanto, no acostumbraba a percibir los matices de la izquierda. Veía, por el contrario, una amalgama de socialistas, comunistas y anarquistas en los que todo venía a ser lo mismo, la amenaza contra el orden social, la dictadura de la mayoría sobre la minoría. Temeroso de que las masas impusieran su peso demográfico, el conservador Cánovas del Castillo creía que la implantación del sufragio universal podía derivar en “el triunfo del comunismo y la ruina del principio de propiedad”.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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