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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXIII)


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El complejo de superioridad no nos ayuda a hacer buena historia. Creemos que todo gira alrededor de nosotros y acabamos por decir disparates. Como Oriol Junqueras cuando afirma que la Primera República fue un regalo de los catalanes a los españoles. El sistema se habría desintegrado, según el líder independentista, porque los españoles, al ver que tantos ministros catalanes les mandaban, decidieron hacerse cantonalistas. Mejor dejar de ser españoles que permitir que los catalanes lo fueran también. Naturalmente, esta versión del pasado es puramente ficticia. Da a entender que el cantonalismo caracterizó a todos los españoles cuando no era así. Sugiere también que consistía en una reacción anticatalana cuando en Murcia o Andalucía tenían problemas propios en los que pensar.

El cantonalismo no fue un movimiento unificado. En cada lugar obedecía a dinámicas propias. Ninguno de estos procesos tenía que ver con dejar de ser españoles. El cantón de Salamanca, sin ir más lejos, expresó su voluntad de poner “a disposición de la asamblea constituyente y del gobierno de la nación todo lo que en la balanza de la justicia le corresponda”. El federalismo, por tanto, no se oponía a la unidad nacional. Implicaba la lealtad de los elementos subestatales a la entidad común.

Se aspiraba a levantar un nuevo modelo de país de acuerdo con nuevos y radicales principios. España no sería algo impuesto desde arriba sino construido desde abajo, a partir de unos organismos, los cantones, que se federarían voluntariamente. No obstante, como señala Florencia Peyrou en La Primera República (Akal, 2023), los ciudadanos de la época no estaban tan preocupados por la organización del territorio como por la justicia social.

Lo importante no era simplemente trasladar el ámbito de la toma de decisiones a un nivel local, algo que no tenía por qué cuestionar necesariamente el statu quo si la hegemonía la seguían detentado las clases conservadoras. Se trataba, por el contrario, de poner el poder en manos del pueblo para acelerar unos cambios que se creían indispensables. La mayor parte de esas reformas, según Peyrou, “tenía que ver con relaciones laborales, precios de productos de primera necesidad y la distribución de la tierra y de recursos imprescindibles como abono, leña o agua”.

Así, el federalismo republicano no se preocupaba tanto de bizantinas cuestiones identitarias sino de resolver cuestiones prácticas de las que dependía el bienestar material de la gente. En Sevilla, por eso mismo, se estableció el derecho al trabajo y se implantó la jornada laboral de ocho horas. Por otra parte, los bosques forestales pasaron a ser propiedad del cantón. Esta medida cuestionaba a fondo el sistema liberal de propiedad privada, que en la práctica solo beneficiaba a los terratenientes. En Murcia, a su vez, se hablaba de la supresión del trabajo infantil y de la creación de cooperativas de producción y consumo.

Lo que estaba en juego era la construcción de una democracia participativa en la que los ciudadanos, iguales en derechos, pudieran controlar la actuación de los representantes públicos. Había que sublevarse para dejar de sublevarse. En la nueva sociedad no sería necesaria la rebelión porque los problemas podrían gestionarse pacíficamente. Se acabaría el despotismo y reinaría en su lugar la justicia, la armonía y el progreso. Los muchos habrían conseguido, por fin, emanciparse del despotismo de los pocos. El pueblo pasaría a ser el único señor de su propio destino dentro de una democracia que ya no consistiría solo en derechos políticos, como el voto, sino también en derechos sociales que garantizaran el bienestar económico.

El deseo de crear un mundo nuevo no quedó aquí. Se luchó también contra la agobiante hegemonía social de la Iglesia, con medidas aperturistas como el matrimonio civil o la secularización de los cementerios. La República, desde esta perspectiva, iba unida a la batalla contra el clericalismo.

Pero, si partimos de una óptica nacionalista, nada de eso parece ser importante. El problema de la República, para Junqueras, era el hecho de ser española. Ahí, a su juicio, estaba el mal. Por la misma razón, su españolidad, el absolutismo, el liberalismo o la monarquía resultaban inservibles para Cataluña. No importaría tanto su contenido político sino un supuesto carácter extranjero.

La Primera República constituyó un intento serio y audaz de cambiar el rumbo de la historia española. Fracasó por razones de muy diversa índole. Las circunstancias fueron endiabladamente complicadas, con el acoso de los carlistas en el norte de la península y un conflicto colonial en Cuba. La coyuntura internacional tampoco ayudó, con una depresión económica marcada por el hundimiento de la bolsa de Viena. Obviamente, las disensiones entre republicanos tampoco facilitaron las cosas.

¿Quiere decir todo esto que la República estaba condenada? No necesariamente. Acostumbramos a recordar solo los once meses en los que se sucedieron cuatro presidentes, hasta el golpe de Estado del general Pavía. La monarquía, sin embargo, no se restableció entonces. El régimen republicano aún subsistió un tiempo, en su versión unitaria en sustitución de la federal, hasta que otra militarada, esta vez a cargo de Martínez Campos, restableció la monarquía. Tal vez hubiera sido posible que, durante toda esta segunda etapa, en 1874, el sistema hubiera logrado estabilizarse y vencer a sus poderosos enemigos. A fin de cuentas, en Francia, tras la sublevación de la Comuna, no se había restablecido el Segundo Imperio ni tampoco la dinastía borbónica sino una Tercera República basada en el orden. Sin embargo, al sur de los Pirineos no sucedió nada de eso. Aunque el régimen unitario partía de principios conservadores, lo republicano iba a quedar unido, durante largos años, a la idea de caos y anarquía. La memoria histórica, en este punto como en otros, demostró ser profundamente parcial.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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