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La fundación de Barcino


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los romanos se asentaron en el área de la actual Barcelona entre los años 15 y 13 antes de nuestra era, buscando un lugar intermedio para fundar una colonia en un territorio situado entre Emporion, y Rhodae (Rosas) en el Golfo de Roses, y Tarraco en la costa sur, que eran las principales bases de ocupación romana. Antes de fundar la colonia de Barcino, seguramente ocuparon un enclave íbero en Montjuïc con el fin de controlar la desembocadura del río Llobregat, y asegurar el territorio, el ager de lo que era el llano de Barcelona.

El lugar escogido finalmente, y en tiempos de Augusto, fue la cima del Mons Tàber, un cerro frente al mar que dominaba la llanura, y donde hoy se sitúa el corazón de Barcelona, la plaza de Sant Jaume. Nacía oficialmente la colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino. La denominación final podría ser la latinización del nombre íbero de Barkeno. Al parecer, la primera mención escrita de Barcino sería del siglo I d.C. gracias a Pomponio Mela, un geógrafo hispanorromano de los tiempos de Calígula y Claudio, y que compuso De Chorographia en tres volúmenes. Los romanos se asentaron con cierta facilidad en el territorio. Barcino estaría en la provincia de la Tarraconensis.

Los romanos denominaban a los bienes inmuebles (tierra pública) como ager publicus, es decir, el “campo de dominio público”. Esos bienes incluían los que se conquistaban, pero también los que se confiscaban y los que se heredaban, porque curiosamente, algunos territorios fueron heredados por los romanos, como ocurrió con el reino de Pérgamo en el 135 a.C., por decisión de su último rey, Atalo III.

El ager publicus era organizado de distinta forma según su naturaleza. Una parte era explotada directamente por el Estado. Así ocurría con muchas minas y bosques. Pero una porción considerable del ager publicus terminaba siendo cedida. En primer lugar, el Estado distribuía una parte de las tierras conquistadas entre los colonos, particulares o veteranos de las legiones. Estas cesiones fueron un instrumento muy eficaz para la romanización de muchas zonas, ya que asentó en ellas a romanos que entablaron relaciones de parentesco, económicas y sociales con la población indígena. Otra parte podía ser devuelta a los propios pueblos indígenas, especialmente en los casos en los que la conquista no había requerido grandes esfuerzos militares ni había habido duros enfrentamientos. Podía ser un medio eficaz para ligar más estrechamente a estas poblaciones con el nuevo poder romano. Por fin, el Estado se podía reservar tierras para arrendarlas a cambio de una renta. Algo parecido podía ocurrir con las tierras no cultivables, es decir, con los pastos, ya que terminaban por ser públicos y se podían disfrutar pagando una tasa.

La cesión del ager publicus se hacía en régimen de concesión, de disfrute, según la expresión latina de possessio, pero no comodominium, es decir, como propiedad. Por lo tanto, podía ser revocada. En el caso del llano de Barcelona, al parecer, el ager no era muy extenso, pero sí muy productivo, como hemos visto desde el Neolítico. Sobre el territorio se efectuó una centuriación, es decir, se dividió en parcelas regulares.

Barcino se encontraba en un punto estratégico en la Vía Augusta entre Tarraco y Emporio, y eso ayudó a su desarrollo económico, además de la exención de impuestos de que gozaba. Su época de mayor esplendor se dio entre los siglos II y III d.C., y pudo llegar en los mejores momentos a contar con unos cinco mil habitantes.

Como otras colonias romanas se debió proceder a un cuidadoso ritual de fundación donde el gran protagonista era el augur o sacerdote. El mismo realizaba distintos sacrificios a los dioses, para después trazar con una vara dos líneas perpendiculares que encerraban un rectángulo. El punto de intersección marcaría el centro de la ciudad. Después, con un arado uncido a varios bueyes se perforaba la tierra para tratar los límites de la ciudad, el pomerium. Las cuatro partes de acceso se marcaban levantando el arado. Luego se trazaba el surco de las dos grandes vías de toda ciudad romana, el cardo y el decumanus. En la confluencia de ambas se encontraría el foro, espacio abierto donde se concentrarían los espacios públicos, como los templos principales, las basílicas, la curia, siendo, además, el centro del mercado.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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