Los visigodos en la península Ibérica. I
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La descomposición del Imperio romano era una evidencia al comenzar el siglo V. Hispania fue invadida por los suevos, vándalos y alanos, un conjunto de pueblos que provenía de lejos, de más allá del Rin. Los suevos y los vándalos se situaron en el noroeste peninsular, en la provincia de Gallaecia, mientras que los alanos prefirieron el sur.
Los visigodos también llegaron a Hispania, aunque su procendencia se situaría en relación con el Danubio. Establecieron pactos o foedus con los romanos, que serían como tratados de colaboración. Después de los momentos convulsos que vimos en el fascículo anterior en los que se vieron mezclados los visigodos con los romanos en sus luchas por el poder imperial, y donde Barcino tuvo un papel bastante destacado, parecía que la situación comenzaba a estabilizarse cuando el rey Walia y el emperador romano formalizaron una alianza que estipulaba que los visigodos debían encargarse de restablecer la autoridad imperial en Hispania, a cambio de la concesión de tierras.
Los visigodos consiguieron someter a alanos y vándalos, y formaron una unidad política con el reino de Tolosa (Tolouse). Pero su situación no fue muy estable porque perdieron la Batalla de Vouillé en el mes de abril del año 507 frente a los francos, provocando que se desplazaran más allá de los Pirineos, conformando el reino de Toledo.
Pero, en principio los visigodos no consiguieron dominar toda la antigua Hispania. Los suevos habían conseguido estabilizarse y crear un reino en el noroeste. Además, en el norte, los cántabros, astures y vascones seguían dominando toda la Cordillera Cantábrica, la zona menos romanizada de toda la península Ibérica. Además, a raíz del programa de la renovatio imperii, es decir, la campaña de reconquista de los territorios que habrían pertenecido al Imperio Romano, y que emprendió el emperador Justiniano desde Constantinopla, los bizantinos consiguieron dominar gran parte del sur peninsular desde la costa del Algarve hasta Cartagena, y al otro lado del Estrecho de Gibraltar.
Uno de los objetivos de los visigodos fue lograr la unificación territorial. Así pues, Leovigildo (572-586) y Recaredo (586-601) emprendieron campañas militares que permitieron terminar con el reino suevo, así como una suerte de sometimiento parcial de la cornisa cantábrica. Por su parte, Suintila (621-631) sometió a los vascones, pero, sobre todo, conquistó el sur bizantino. Solamente quedaron las Islas Baleares fuera del sometimiento visigodos, así como algunos territorios del norte peninsular de difícil acceso.
Pero la unificación territorial no era la única unificación que emprendieron los visigodos, ya que, el reino estaba profundamente dividida en lo religioso, entre la minoría visigoda arriana, una doctrina que rechazaba la naturaleza divina de Jesucristo, y la mayoría hispanorromana que era católica. Leovigildo intentó imponer el arrianismo provocando la rebelión de su hijo, Hermenegildo, que se había convertido al catolicismo. Como consecuencia del fracaso de imponer la doctrina arriana, Recaredo optó por convertirse al catolicismo en el Tercer Concilio de Toledo en el 589. Esa conversión fue decisiva para cohesionar más el reino, pero, sobre todo, permitió que aumentase la legitimación de los monarcas visigodos gracias al apoyo de la Iglesia Católica, y que ésta conseguiera mayor poder político y económico.
La tercera unificación fue la legal porque también había códigos y leyes distintas para visigodos e hispanorromanos, además de que se impedían relaciones estrechas entre ellos, como contraer matrimonio. En este sentido, Recesvinto formó el conocido como Liber Iudiciorum, en el 654, una compilación de leyes que puso fin a las diferencias jurídicas entre visigodos e hispanorromanos, y que sería la base del medieval Fuero Juzgo. En todo caso, ya Leovigildo legisló antes sobre los matrimonios mixtos, cuya disposción fue recogida en la recopilación de Recesvinto:
“Que esté permitida la unión matrimonial tanto de un godo con una romana, como de un romano con una goda.
Se distingue una solícita preocupación en el príncipe, cuando se procuran beneficios para su pueblo a través de ventajas futuras; y no poco deberá regocijarse la ingénita libertad al quebrantarse el vigor de una antigua ley con la abolición de la orden que, incoherentemente, prefirió dividir con respecto al matrimonio a las personas, que su dignidad igualaba como parejas en status. Saludablemente reflexionando por lo aquí expuesto como mejor, con la remoción de la orden de la vieja ley, sancionamos con esta presente ley de validez perpetua: que tanto si un godo una romana, como también un romano una goda, quisiera tener por esposa -dignísima por su previa petición de mano-, exista para ellos la capacidad de contraer nupcias, y esté permitido a un hombre libre tomar por esposa a la mujer libre que quiera, en honesta unión, tras informar bien de su decisión, y con el acompañamiento acostumbrado del consenso del linaje.”
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.