La Barcelona borbónica. III
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La fortaleza de la Ciudadela pretendía atender a dos necesidades del poder. En primer lugar, había que mejorar la defensa de la ciudad para que Barcelona se convirtiera en el enclave militar fundamental de la Monarquía en el Mediterráneo, pero, también debía servir para controlar una población que había costado mucho doblegar. Los barceloneses comprendieron muy pronto esta idea; es más, desde la toma de la ciudad en 1714 las antiguas murallas, un orgullo de la ciudad y que se habían levantado en distintas épocas para defenderse, empezaron a ser consideradas como un instrumento de la opresión. La Ciudadela se vio como el símbolo más evidente y ostentoso de una nueva realidad, la de una fortaleza como símbolo del dominio de los vencedores.
Berboom propuso levantar una ciudadela pentagonal de grandes dimensiones y que pudiera competir en grandeza con la de otras ciudades europeas. La fortificación protegería el sector más vulnerable de la costa, pero también la parte más débil de la defensa por tierra; curiosamente, los mismos sitios por los que el propio ingeniero había recomendado atacar en la Guerra, y por donde las tropas borbónicas habían entrado, finalmente. La Ciudadela serviría, por lo demás, y como hemos apuntado, para controlar a la ciudad por la parte de sus barrios más poblados, planteando una línea de fuego que formaría la propia fortaleza y el castillo de Montjuic en el otro lado de la ciudad.
Pero levantar la Ciudadela exigía una intervención urbanística considerable en la ciudad, es decir, el derribo de unas dos mil doscientas casas, alrededor del eje de la Acequia Condal y algunos sectores del barrio de la Ribera, incluyendo el monasterio de Santa Clara, y que terminó afectando a unas cuatro mil quinientas personas, una cifra muy considerable para la época.
Casi trescientos años más tarde una parte de la Barcelona derribada salió a la luz. Cuando al comenzar el siglo XXI se emprendieron las obras del mercado del Born aparecieron los restos de las casas destruidas. Estaríamos hablando de un cinco por ciento de la zona derribada, pero que nos permite saber cómo fue aquel barrio de calles estrechas, casas, talleres y de la acequia que lo atravesaba. Pero, además, de los fundamentos arquitectónicos se han hallado multitud de objetos, especialmente de cerámica. Por otro lado, como existe mucha documentación archivística, los restos físicos se pueden hasta asociarse a personas concretas. Estaríamos hablando del “apeo” o censo del año 1716, un poco antes del derribo. Y eso ha permitido saber cómo era parte de Barcelona al llegar el siglo XVIII, desmintiendo que todo el siglo anterior hubiera sido un largo período de decadencia. Gracias al trabajo realizado se ha podido confirmar que Barcelona llegó a la Guerra de Sucesión en una situación económica muy recuperada, con un gran dinamismo económico y donde habían regresado con fuerza los intercambios comerciales.
El primero de marzo de 1716 se colocó la primera piedra en el denominado Baluarte del rey, el que miraba hacia la ciudad, algo significativo. A partir de marzo del año siguiente se iniciaron las demoliciones de las casas, que afectaron a unas cuarenta y dos calles para dejar espacio a la explana de la fortaleza, donde se levantaría la Academia Militar de Barcelona. Las obras terminaron el 25 de enero de 1725. Después, en 1751 se practicaron las últimas intervenciones y reformas.
Los barceloneses solicitaron en diciembre de 1794 el derribo de la Ciudadela. Así se lo hizo saber a Carlos IV una comisión del Ayuntamiento, pero se desestimó la petición. Después se repitieron las demandas en 1840, 1845 y 1862. Por fin, la Revolución de 1868 posibilitó que se cumpliera el deseo de la ciudad. Una ley de 10 de diciembre de 1869 entregaba la propiedad de la fortaleza a la ciudad, con la condición de que se construyesen jardines, y corrieran a cargo del municipio los costes derivados del derribo y de la construcción de cuarteles de sustitución. El resultado fue el Parque de la
Ciudadela, tan importante como espacio verde y de ocio para Barcelona.
El derribo de tantas casas en el barrio de la Ribera generó un problema de vivienda en Barcelona. En principio, el propio Jorge Próspero de Verboom había ideado una primera Barceloneta para realojar a la población, en 1719, pero no se construyó nada. Unos años antes, es decir, en 1715, un decreto regio adjudicó 321 solares de la playa a los habitantes de las viviendas derruidas. En el decreto se daba prioridad a aquellas familias que tuvieran algún tipo de actividad vinculada al mar.
Hubo que esperar a la iniciativa del del marqués de la Mina, que fue Capitán General de Cataluña, para que se pusiese en marcha la construcción de un nuevo barrio en 1753. El barrio fue proyectado por el ingeniero Juan Martín Cermeño, según un proyecto que había elaborado en 1749. Tenemos que tener en cuenta que la población de la zona del mar había aumentado considerablemente al calor del desarrollo de la industria algodonera y del comercio con América. Así pues, se quiso mejorar el puerto y sus inmediaciones, porque se había llenado de barracas y almacenes en un completo desorden. Por eso se creó la Junta de Obras del Puerto y en ese contexto debemos entender el proyecto de Cermeño para la Barceloneta. En todo caso, no parece que los antiguos vecinos del barrio de la Ribera llegaran a ser reubicados en el nuevo barrio.
Hubo que ganar terrenos al mar absorbiendo la isla de Maians. El barrio tiene una forma triangular y limitaría con las playas del barrio y el mar, con el Muelle de España del Puerto Viejo y con el barrio de la Ribera. Su urbanismo es un reflejo de la época del despotismo ilustrado, con calles de trazado rectilíneo y manzanas regulares. En principio, se construyeron viviendas unifamiliares con acceso a dos calles para que tuvieran una óptima ventilación, muy en la línea prehigienista de la época de la Ilustración, pero con el tiempo la especulación terminó con este modelo urbanístico ganando altura las edificaciones y partiéndose las viviendas originales en mitades y hasta en cuartos de piso. En el siglo XIX la densidad aumentó y se instalaron importantes industrias de las ramas metalúrgica y mecánica, así como astilleros.
El marqués de la Mina, Jaime de Guzmán-Dávalos y Spínola, que así es como se llamaba, impulsó más obras públicas, como la mejora de los accesos a la ciudad, el empedrado e iluminación de calles y el dragado del puerto. Por su parte, implantó la ópera en el Teatro de Santa Cruz. Su evidente labor en favor de la ciudad no impidió que empleara la mano de dura cuando se produjo la revuelta de 1766 por la carestía del trigo, dentro del conjunto de revueltas que asolaron a casi toda España, incluido el famoso motín de Esquilache en Madrid.
Entre 1776 y 1778 se procedió a la reurbanización de la Rambla, que, como es sabido, era un torrente bien antiguo y que marcaba el límite occidental de la ciudad, aunque se había ido poblando desde el siglo XVI. Además, se derribó la muralla interior, se realinearon los edificios y se diseñó un paseo ajardinado, con influencias francesas. También se proyectaron los paseos de San Juan y de Gracia, aunque hubo que esperar al siglo siguiente, en la década de los veinte, para que se realizaran las obras. En 1752 se regularon los pesos y medidas para los productos alimenticios y para el carbón.
El conde del Asalto, Francisco Fermín González de Bassecourt, siendo capitán general, reurbanizó el Raval, donde abrió la calle Nueva de la Rambla y planteó la reconstrucción del Teatro de la Santa Cruz, que se había incendiado en 1787. Este Teatro tiene una larga historia. Comenzó a construirse en 1597, no terminándose las obras hasta 1603. Tenía una estructura propia de un corral de comedias de madera. Entre 1728 y 1729 se amplió y pasó a ser una construcción de piedra. La reconstrucción promovida por el conde del Asalto, con el apoyo de algunos nobles, entre los que destacaría el marqués de Ciutadilla, permitió su reapertura el 4 de noviembre de 1788. Durante el siglo XVIII compaginó las obras de teatro con una temporada de ópera, para luego, a finales de siglo, ofrecer también conciertos vocales e instrumentales.
En el año 1766 se procedió a establecer una reforma de tipo administrativo al dividir la ciudad en cinco cuarteles, subdivididos a su vez cada uno de ellos en ocho barrios, siguiendo los principios reformistas del reinado de Carlos III en las ciudades. Así pues, el primer cuartel sería el de Palacio, que comprendía el puerto y el barrio de la Barceloneta. El segundo era el de San Pedro en un área productiva. El tercero se denominó Audiencia y que correspondía con el centro de la ciudad. Casa de la Ciudad era la denominación del cuarto cuartel, de tipo residencial y, por fin, el quinto era el Raval, es decir, el espacio al oeste de la Rambla.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.