La Comuna de París
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La Comuna surgió a partir del final de la guerra franco-prusiana. La derrota de Sedán produjo la huida del gobierno francés a Versalles. En septiembre de 1870, la ciudad de París quedó en manos de unos comités de distrito con un Comité central. Este Comité tenía a su cargo unos 60.000 hombres de la guardia nacional. El Comité declaró el establecimiento de una Comuna directamente elegida por el pueblo y rechazó la autoridad del Gobierno de Versalles. En enero de 1871, los prusianos llegaban a las afueras de París.
En París salió elegida una Asamblea comunal, organizada en diez comisiones, dedicadas a distintas funciones: subsistencias, finanzas, trabajo, justicia, etc. En la Asamblea se sentaban representantes de distintas sensibilidades: antiguos jacobinos, blanquistas, proudhonianos, bakuninistas, etc..
Como decíamos al principio, con la Comuna se intentó organizar un modelo político nuevo, en el que todos los poderes debían proceder de la soberanía popular. El día 19 de abril de 1871 se publicó la Declaración al pueblo francés, donde se pedía autonomía para todas las comunas que se constituyesen en ciudades y departamentos, con derechos ilimitados de reunión y prensa, enseñanza obligatoria gratuita, etc.. Las industrias y talleres abandonados por sus dueños pasarían a ser regidos por comités obreros en régimen de autogestión. Los pisos vacíos fueron requisados y hasta se decretó la liberalización del arte:
“¿Qué pide el pueblo de París? La autonomía absoluta de la Comuna extendida en todas las localidades de Francia. Los derechos de la comuna son: el presupuesto comunal, el reparto del impuesto, la dirección de los servicios, de la magistratura, de la enseñanza y la garantía absoluta de la libertad individual y de trabajo. Eso quiere París: una delegación de las comunas federadas”.
La Comuna duró unos cincuenta y cuatro días y se emprendieron reformas sociales como la requisa de las viviendas vacías, la anulación de los alquileres de las viviendas, la restitución gratuita de los objetos empeñados en el Monte de Piedad, y se procedió a la desaparición del ejército permanente sustituido por las milicias populares. También se suprimió el trabajo nocturno en las panaderías y se confiaron los talleres y fábricas que se habían abandonado por sus propietarios a la gestión de los obreros, que se organizaron en cooperativas. También se procedió a emprender una profunda reforma de la enseñanza, que debía pasar a ser gratuita y laica, además de para hacer una apuesta por las escuelas de niñas y por la formación profesional.
Como símbolo de lo nuevo y contra el pasado la Comuna derribó la Columna Vendôme, levantada por Napoleón para conmemorar la victoria de Austerlitz, aunque luego su sobrino Napoleón II mandó colocar una estatua de su tía en la cúspide, obra de August Dumon. Fue derribada porque era considerada un símbolo de la tiranía y del militarismo. Se da la circunstancia de que el pintor Gustave Courbet, a la sazón presidente de la Comisión de Artes, sería responsabilizado de este hecho, y condenado a unos meses en la cárcel y a costear los gastos de la reconstrucción, aunque huyó a Suiza para evitar pagar una multa desorbitada. Debemos recordar que Courbet fue un pintor que desarrolló un claro compromiso republicano y socialista, y siempre fue muy mal visto por la burguesía francesa.
En cuestión de símbolos, la bandera roja ondeó en la Comuna de París. La bandera roja comenzó a ser empleada por algunos sectores populares y radicales en la Revolución francesa, y luego reapareció en las Revoluciones de 1830 y 1848. Después se asociaría claramente a las manifestaciones del primero de mayo, y se convertiría en el símbolo evidente del movimiento obrero socialista.
Pero fuera de París se constituyó el primer Gobierno de la III República con Thiers a la cabeza. El gobierno envió un potente ejército, comandado por Mac-Mahon, para ocupar la capital, ya que la Comuna suponía un serio desafío al orden. Ni la burguesía francesa ni los prusianos estaban dispuestos a tolerar lo que estaba ocurriendo. Los combates fueron intensos, con mucha violencia y fusilamientos de prisioneros por ambas partes. Por fin, el ejército venció la resistencia parisina y entró en la ciudad, desatándose una durísima represión. Se calcula que unos setenta mil comunards fueron encarcelados y se exiliaron. Los fusilados pudieron llegar a los veinte mil.
La Comuna y su destrucción generaron desde el primer momento una evidente polémica. En principio, podemos decir que hubo cierta unanimidad entre los autores del movimiento obrero en considerar que se estaba ante una experiencia de gobierno al margen de la que había establecido la burguesía después de haber destruido el Estado del Antiguo Régimen al finalizar el ciclo revolucionario en 1848-49. Pero, ¿estaríamos ante un gobierno obrero o era, en cambio, revolucionario popular?
El anarquismo consideró que la Comuna era un ejemplo de democracia directa, de organización no centralizada o estatalizada. La Comuna de París podría ser contemplada como una espoleta para que estallaran otras revoluciones. Los anarquistas valoraban el carácter espontáneo de la revolución, sin dirigentes ni organización que estimulasen o encauzasen la insurrección. La Comuna fue idealizada por los libertarios, tanto por esa idea de la espontaneidad, como por su carácter local no organizado previamente ni conducida por nadie. Era un ejemplo de la genuina revolución que crearía un modelo de comunas libres con posibilidad de que se federasen sin llegar a la creación de un Estado.
Pero Marx planteó una visión harto distinta de un hecho histórico que siguió de forma muy atenta. En el mismo momento de la derrota de la Comuna consideró que había que realizar una interpretación del hecho. Lo que publicó, La guerra civil en Francia (1871), terminó por convertirse en un clásico del pensamiento marxista. Marx creía que la Comuna había sido el primer gobierno obrero de la Historia. ¿Por qué había fracasado? Y este fue, en realidad, su principal objetivo de estudio. En su razonamiento se reflejó el profundo divorcio entre el marxismo y el anarquismo. Marx criticaba el aislamiento de la Comuna, es decir, su carácter local. Además, resaltó las profundas diferencias internas que habrían generado disensiones fatales. En tercer lugar, atacaba a los integrantes de la Comuna por no haber desarrollado un proyecto político que se debía haberse traducido en medidas a favor de la clase obrera y contra el sistema. Por fin, se había descuidado el combate contra los contrarrevolucionarios. Marx sacaba importantes lecciones del fracaso de la Comuna para reafirmar sus ideas. Si se quería destruir el orden burgués era imprescindible la constitución de un gobierno obrero unido, sin diferencias, centralizado y organizado.
Por fin, la Comuna de París fue un episodio de la Historia del movimiento obrero que tuvo un protagonismo muy destacado en el calendario de celebraciones del socialismo. En el caso español, habría que destacar que cada año se conmemoró durante mucho tiempo este hecho histórico. Pablo Iglesias lo consideraba fundamental porque constituía la base de la emancipación obrera. Los que lucharon y se sacrificaron en mayo eran los precursores. El líder socialista español realizó interesante interpretación de la Historia de los vencidos, basándose en la desfiguración de los actos de estos por parte de los poderosos. La Historia de las víctimas habría sido siempre escrita por los verdugos. Por eso se había lanzado todo tipo de injurias sobre los defensores de la Comuna, muertos, presos o confinados en remotos lugares. Insistía en que algunas interpretaciones habían alterado las opiniones de los protagonistas de la Comuna en varios sentidos, tergiversando las mismas, o despojando el contenido social de las ideas que allí se dieron, dejándolo solamente la parte política. Para los primeros, la Comuna habría sido una revolución comunista, pero esta ideología no había sido, precisamente, la más numerosa entre los protagonistas de la misma. Para los segundos, simplemente había sido un movimiento federalista, autonomista o “comunalista”. Como era de suponer, ambas interpretaciones eran consideradas erróneas por Iglesias.
En el socialismo español se incidía en la idea de que la Comuna había fracasado porque sus actores carecieron de un espíritu plenamente revolucionario y de un plan de transformación económica y social, por lo que no hubo unidad de acción. Había imperado la espontaneidad y surgido todo desde la improvisación. La Comuna se había puesto en marcha con elementos muy heterogéneos, con todos los sectores opositores al Segundo Imperio de Napoleón III: burgueses radicales, jacobinos, proudhonianos, y socialistas internacionalistas, aunque pocos. Pero también se insistía, de nuevo, en que no había sido un movimiento federalista.
En conclusión, la Comuna, un movimiento del proletariado de París, había fracasado por falta de preparación, aunque en su germen se podían rastrear principios de la Conspiración de los Iguales de Babeuf, y de la Revolución de 1848. Además, había dejado patente la división de clases, ya evidente en lo económico, y ahora de forma pública a través del baño de sangre derramado. Por fin, otro aspecto que se destacaba era que había sido un movimiento que había alimentado el internacionalismo, al estrechar los lazos entre los proletarios de todos los países. Por todo eso, no había sido un fracaso, sino un triunfo. Esta interpretación en el seno del socialismo español entroncaba, en gran medida, con parte de la que hizo Marx.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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