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Los socialistas españoles ante la Guerra de Marruecos en 1909


La Paz de Wad-Ras, obra de Joaquín Domínguez Bécquer. / Wikipedia La Paz de Wad-Ras, obra de Joaquín Domínguez Bécquer. / Wikipedia

Tras el acuerdo franco-español de 1904, la Conferencia de Algeciras de 1906 y las Declaraciones de Cartagena de 1907, Francia y España fijaron las zonas de sus respectivas influencias en Marruecos, con el apoyo británico y evitando la intervención de Alemania. A España le correspondería el Rif, es decir, el norte montañoso y poblado por cabilas de bereberes, pueblo contrario a la presencia europea en su territorio y no dependientes del Sultán de Marruecos. Lo accidentado del terreno y la hostilidad de los rifeños obligaron a los gobiernos españoles a establecer un costoso contingente militar y emprender campañas para someter el territorio, asegurar la explotación minera y proteger el ferrocarril que unía las minas con el puerto de Melilla. La tensión fue en aumento.

Ante la posibilidad de que la guerra estallase en Marruecos en 1909, los socialistas españoles decidieron implicarse contra la guerra, pero al no contar todavía con representación parlamentaria, ya que Pablo Iglesias no alcanzó un escaño hasta el año siguiente, la campaña tuvo que hacerse desde la prensa socialista y la calle. La crítica contra el conflicto que iba a estallar en Marruecos se sustentaba en dos principios. En primer lugar, la guerra era un instrumento del capitalismo y contraria al proletariado, como el internacionalismo había establecido en el Congreso de Stuttgart de agosto de 1907. El deber de la clase obrera era el de actuar para que no hubiera guerra, aunque el tipo de lucha variaría en función del estadio de la lucha de clases y de la situación política de cada país. Si la guerra estallaba los obreros tendrían la obligación y el deber de interponerse para que cesara y de utilizar todas sus fuerzas para agitar al proletariado y provocar la caída del sistema capitalista. El PSOE fue fiel a estos principios. Además, la crítica a la guerra tenía que conectar con la defensa de las mayoritarias capas populares españolas, que eran las que nutrían el ejército español, ya que las clases media y alta podían librar a sus hijos del servicio militar pagando una cuota elevada imposible de afrontar por los obreros y jornaleros. La guerra era antipopular desde la experiencia de Cuba y Filipinas, por lo que no debía parecer muy complicada la labor política antibelicista.

La Segunda Internacional aprobó una moción que apelaba a los partidos socialistas en general y a los obreros españoles y franceses en particular para secundar una acción vigorosa contra la expedición franco-española en Marruecos que, por otro lado, representaba una amenaza para Europa dentro del contexto internacional de tensiones que, como sabemos, precedió al estallido de la Primera Guerra Mundial.

El gobierno de Maura reaccionó ante la postura socialista, ya que se organizó una campaña de prensa, bien sazonada de demagogia patriótica, en la que se acusó al PSOE de obedecer consignas extranjeras, refiriéndose a la Segunda Internacional, y que iban contra los intereses de España. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los socialistas no consiguieron conectar claramente con la clase obrera al no articular una estrategia revolucionaria contra la guerra, aunque habría que señalar que, cinco años después, los socialistas europeos, con una mayor consistencia ideológica tampoco pararon el estallido de la Gran Guerra, además de alinearse muchos de ellos con sus gobiernos respectivos a la hora de votar los créditos de guerra. La falta de una estrategia bien articulada contra la guerra se basó en que realmente los socialistas no tenían muy claro que al final estallaran las hostilidades, como lo prueba la lectura de El Socialista en un número del mes de junio, en el que se opinaba que no parecía inminente una campaña militar. Pero en julio las hostilidades estallaron después de que los rifeños atacasen y asesinaran a cuatro trabajadores del ferrocarril. Las operaciones militares emprendidas por el ejército español se saldaron con miles de bajas en el desastre del Barranco del Lobo El gobierno decidió llamar a los reservistas de Cataluña, es decir, a hombres que habían formado ya familias. El embarque de estas tropas el 18 de julio en el puerto de Barcelona desató un movimiento de protesta. Solidaridad Obrera con el respaldo de la UGT convocó una huelga para el día 26 de julio en Barcelona, aunque se extendió por otras poblaciones cercanas. Pero el movimiento huelguístico se escapó de las manos del sindicalismo y se desató una violencia inusitada no sólo con tintes antimilitaristas sino, sobre todo, anticlericales, era la Semana Trágica.

En futuros trabajos tenemos que ampliar esta cuestión, aunque en El Obrero hemos abordado algunos aspectos parciales de la lucha socialista contra esta larga y decisiva guerra para la crisis del sistema político.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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