El niño esclavo que creó un negocio de miles de millones de dólares
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Historalia
El mercado mundial de la vainilla mueve cada año más de mil millones de euros. Desde que era colonia francesa, Madagascar es el mayor exportador del mundo. Ese negocio, clave en el PIB del país, solo es posible gracias a la habilidad de un niño esclavo en isla Reunión, un departamento francés de ultramar.
En el Océano Índico, dos mil cuatrocientos kilómetros al este de África y a casi diez mil al oeste de Australia, se encuentra una isla que los portugueses conocieron como Santa Apolónia, los británicos como Borbon y los franceses, durante un tiempo, como Île Bonaparte. Hoy se llama Reunión.
En Sainte-Suzanne, una de las ciudades más antiguas de Reunión, se erige una estatua de bronce de un muchacho africano vestido como para acudir a la iglesia, con una chaqueta de un solo botón, pajarita y pantalones que se fruncen en el suelo. Va descalzo. Extiende su mano derecha con el pulgar y los dedos doblados contra la palma, como si estuviera a punto de lanzar una moneda. En 1841 tenía doce años, era huérfano y esclavo, y se llamaba Edmond Albius.
Que yo sepa, en el mundo no hay estatuas de niños africanos esclavizados. Para entender por qué Edmond está ahí, en esa solitaria isla del este de Madagascar, hay que viajar en el espacio y en el tiempo. Viajemos.
Veracruz, en la costa del Golfo de México está a más de 17.000 kilómetros de isla Reunión. En la costa del Golfo de México, la gente de Papantla de Olarte, también conocida como la ciudad que perfuma el mundo, un pueblo perteneciente al Estado de Veracruz, sigue secando el fruto de una orquídea trepadora que ha utilizado como especia durante más milenios de los que se recuerdan. En 1400, los aztecas lo recaudaban como impuesto y lo llamaban "flor negra". El primer uso conocido de la vainilla es como aromatizante del chocolate.
Durante miles de años, su flor fue un secreto conocido solo por las personas que la cultivaban. El cronista de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, observó al emperador azteca Moctezuma bebiendo chocolate aromatizado con lo que llamaban tlilxóchitl (las vainas negras de vainilla trituradas) mezclado con miel. En 1519, los conquistadores españoles lo introdujeron en Europa y lo llamaron “vaina pequeña” o vainilla, porque a los hombres de Hernán Cortés, muy duchos en la esgrima, pero legos en botánica, les recordó la funda de una daga.
Vanilla es un género de orquídeas que agrupa aproximadamente un centenar de especies que se distribuyen por las regiones tropicales del mundo. La especie cuyo fruto ofrece el codiciado sabor a vainilla es la centroamericana Vanilla planifolia, originaria de los bosques tropicales de México, Centroamérica y las Antillas, que, huyendo de la umbría de la selva, se aferran los troncos de los árboles en busca de la luz y puede alcanzar los veinticinco metros de altura.
V. planifolia, produce flores que no se autofecundan, sino que necesitan de algunos insectos que trasladen el polen hasta las partes femeninas de la flor. Se abren cuando el sol comienza a salir y se cierran por la tarde. Incapaz de fecundarse a sí misma, si al anochecer la flor no ha sido fertilizada por algún agente externo, se marchitará.
En la naturaleza, su polinización depende de unas pequeñas abejas especializadas que solamente viven en los densos bosques de América Central. Atraídas por la dulce fragancia que emiten la flores grandes y atractivas, estas abejas se alimentan del néctar que produce generosamente la flor. Las abejas logran polinizar muchas flores, pero no son tan eficaces como para satisfacer la demanda de los cultivadores, porque, aunque vivan entre los cultivos, las tasas de fertilización suelen ser extremadamente bajas.
Como puede verse en las figuras, acercar el polen producido en las anteras al estigma, separadas por un pliegue del rostelo, es una maniobra complicada y azarosa. Y, si las abejas no polinizan, las plantas no se reproducen. Por eso, los productores de vainilla deben polinizar a mano una por una todas las flores de su plantación, un método tan laborioso como eficaz que se debe a la habilidad de un esclavo.
La vainilla cautivó a los europeos. Ana de Austria, hija del rey Felipe III de España, la bebía como Moctezuma, en chocolate caliente. La reina Isabel I de Inglaterra se lo comía en budines. El rey Enrique IV de Francia convirtió su adulteración en un delito punible con azotes. El marqués de Sade lo usaba como afrodisíaco mientras estaba preso en la Bastilla. Allí, en París, Thomas Jefferson lo descubrió y escribió la primera receta estadounidense de helado de vainilla.
Durante mucho tiempo, México fue el único productor de V. planifolia, porque la planta no tenía polinizadores naturales en otras partes del mundo. Se intentaron introducir en otros lugares con climas y entornos similares, pero sin las pequeñas abejas, todos los intentos fueron infructuosos: las hermosas flores brotaban, pero no producían las ansiadas vainas.
Nadie fuera de México podía hacer que las hermosas flores dieran frutos. Durante trescientos años, las vides transportadas a Europa no florecieron. La demanda de vainilla en Europa y Norteamérica aumentaba, pero México producía solo una o dos toneladas al año. Se necesitaba otra fuente de suministro. Los españoles esperaban que la vainilla prosperara en Filipinas. Los holandeses lo plantaron en Java. Los británicos lo intentaron en la India. En torno a la década de 1820, los colonizadores franceses intentaron cultivarla en Mauricio, Madagascar y Reunión, es decir, en territorios donde no existían las abejas polinizadoras.
Como era de esperar, todos los intentos fallaron: las vainas eran estériles porque ningún insecto las polinizaba. Y así estaban las cosas hasta que un esclavo de Reunión de doce años, Edmond Albius, inventó en 1841 un método de polinización artificial. Lo hizo en la finca de su amo francés, Ferréol Bellier-Beaumont, dueño de una plantación. Edmond creció acompañando a Ferréol por la finca, aprendiendo sobre sus frutas, verduras y flores, incluida una de sus rarezas: una enredadera de vainilla que Ferréol había mantenido viva desde 1822.
Como toda la vainilla de Reunión, la de Ferréol parecía estéril. Una mañana de fines de 1841, cuando la primavera llegaba a la isla, Ferréol daba su habitual paseo con Edmond y se sorprendió al encontrar dos cápsulas colgando de la enredadera. Su orquídea, estéril durante veinte años, ¡daba frutos! Edmond, el esclavo de 12 años, dijo que él mismo había polinizado la planta.
Ferréol no le creyó y pidió una demostración. El niño apartó el borde de una flor y, usando un trozo de bambú del tamaño de un palillo de dientes para levantar el pliegue que evita la autofecundación, pellizcó suavemente su antera portadora de polen y la juntó con el estigma receptor. La maniobra completa puede verse en este video.
Pronto, el chico estuvo muy solicitado y lo llevaban de una plantación a otra para que enseñara el truco a otros esclavos. Su sensacional maniobra, “le geste d’Edmond”, el gesto de Edmond, hizo ricos a muchos de los plantadores. Al cabo de siete años, la producción anual de Reunión era de cincuenta kilos de vainas secas. Pasados diez, eran dos toneladas. A finales de siglo, eran doscientas toneladas, lo que superaba la producción de México.
Edmond no sacó nada en limpio. Poco después de ser liberado en 1848, cuando Francia abolió la esclavitud, fue encarcelado por robo y condenado a cinco años de prisión. Murió en 1880, a la edad de cincuenta y un años. Un pequeño relato en un periódico de Reunión, Le Moniteur, escribió que tuvo un "final indigente y miserable".
En 1841, el año de la demostración de Edmond a Ferréol, el mundo producía menos de dos mil vainas de vainilla, todas en México, y todas como resultado de la polinización de las abejas. Hoy en día es la especia más popular del mundo y, después del azafrán, la segunda más cara. A mediados de 2017, su precio sobrepasó al de la plata: un kilogramo de vainilla valía más de 600 dólares (508 euros, al tipo de cambio actual), mientras que el metal precioso alcanzaba los 528 dólares (449 euros) por kilogramo.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.