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Transcendencia de la Revolución Francesa (III)


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël. / WIkipedia. Prise de la Bastille (1789), de Jean-Pierre Houël. / WIkipedia.

La conclusión de los historiadores “minimalistas”, sobre la transcendencia de la Revolución francesa, es que los pocos cambios que implantó en la política y en la sociedad francesa, no merecieron los sacrificios realizados. El terrible legado de la Revolución, según el historiador Simon Schama, fue la violenta e ingenua certeza, de que “relacionó el desencanto social con el cambio político”.

Otros historiadores en cambio, como Albert Soboul y Gwynne Lewis, insisten en que la Revolución, fue profundamente transformadora. Aunque reconocen que se produjeron importantes continuidades en la sociedad francesa, aseguran que los “minimalista”, han ignorado otras consecuencias fundamentales. Para Soboul, la perspectiva “minimalista” surgió de una antipatía política, hacia las posibilidades de la transformación revolucionaria. También para Soboul, la Revolución fue profundamente revolucionaria, es sus resultados a corto y largo plazo: “Una clásica revolución burguesa, con su intransigente abolición del sistema feudal y del régimen señorial, hacen de ella el punto de partida, hacia la sociedad capitalista y el sistema representativo liberal, en la historia de Francia”.

Estos historiadores, que llamaremos “maximalistas”, aducen que la Revolución, fue un triunfo para la burguesía y para los campesinos terratenientes. Por otro lado, la Revolución transformó las estructuras institucionales de Francia; es más, el significado mismo de la propia “Francia”. Y condujo también, a cambios perdurables en la naturaleza de la Iglesia y de la familia.

En 1789-1791, los revolucionarios modelaron los distintos aspectos de la vida pública e institucional, de acuerdo con los principios de racionalidad, uniformidad y eficiencia. Un sistema administrativo de departamentos, distritos, cantones y comunas, respaldaba esta demoledora reforma. Todos aquellos departamentos, a partir de entonces, iban a ser administrados exactamente del mismo modo: tendrían una idéntica estructura de responsabilidades, de personal y de poder. La uniformidad de las estructuras administrativas, se reflejaba también, en la imposición de un sistema nacional de pesos, medidas y moneda, basado en las nuevas medidas decimales.

Desde 1789, todos los ciudadanos franceses, fuera cual fuese su extracción social y su residencia, serían juzgados según un único y uniforme código legal, y obligados a pagar impuestos proporcionales a su riqueza, especialmente sobre sus propiedades en tierras. Éste es uno de los significados clave de la palabra “fraternidad” y de las de “unidad nacional”. Los años de la Revolución y del Imperio posterior, intensificaron la unidad administrativa de Francia, sustentada por una nueva cultura política de ciudadanía. La Revolución, no sólo supuso un punto de inflexión en la unidad de las instituciones estatales, sino que, por primera vez, se entendía el Estado, como representante de una entidad emocional “La Nación”, basada en la ciudadanía. Por esta razón, los historiadores consideran que la Revolución Francesa, actuó como semillero del nacionalismo moderno.

Hacia 1800, las pretensiones de los órdenes privilegiados, estaban irremediablemente muertas. Ahora el Estado obtenía la riqueza directamente de los productores, a través de estructuras económicas (rentas, mercado y trabajo). Siguiendo el razonamiento de Eric Robert Wolf (antropólogo e historiador estadounidense de origen judío adscrito al marxismo) ahora solamente el Estado podía recaudar el pago de los impuestos, reclutar hombres y reclamar obediencia, estableciendo su creciente poder y preeminencia, como agente de control social.

La Revolución y el Imperio tuvieron en todas partes, un profundo impacto en la identidad colectiva, en el “afrancesamiento” de los ciudadanos de la nueva sociedad, tanto porque participaban en las elecciones y referéndums dentro de un mismo contexto nacional, como porque, durante las guerras revolucionarias, millones de jóvenes fueron reclutados, para luchar por la “patrie”, para defender la Revolución y la República. El propio Napoleón, que no tenía gran soltura en francés, quizá pensaba en ello cuando dijo: “Dejad que estos hombres valientes hablen su dialecto alsaciano; siempre pelean en francés”. Tanto si los hablantes de lenguas minoritarias, eran hostiles a los cambios revolucionarios, los años posteriores a 1789, representaron una aceleración del proceso de afrancesamiento, por el que acabaron sintiéndose ciudadanos de la nación francesa y, al mismo tiempo, bretones, catalanes o vascos.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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