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Transcendencia de la Revolución Francesa (V)


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El calendario republicano. / WIkipedia El calendario republicano. / WIkipedia

Mientras que muchas familias nobles, sobrevivieron a la Revolución, con sus tierras intactas, unas 12.500 – la mitad del total de familias – perdieron algunas tierras, y unas pocas las perdieron prácticamente todas. En total, aproximadamente una quinta parte de las tierras de la nobleza, cambiaron de manos. Hasta cierto punto, la pérdida de tierras y tributos fue compensado, por un aumento en los alquileres a los arrendatarios y aparceros. Pero los nobles ya no podían eludir, el pagar los mismos impuestos de los demás. Por otro lado, nada podía compensar a los nobles, por la pérdida de los derechos judiciales y de poder, o por la incalculable pérdida de prestigio y deferencia, causada por la práctica igualdad legal.

Incluso los nobles que lograron sobrevivir a la Revolución, con todas sus tierras intactas, en sus relaciones con los demás, experimentaron un considerable cambio. Sus relaciones con el pueblo, se equipararon rápidamente, a las de un ciudadano rico con un ciudadano pobre. No eran ya las de un campesino con su señor y, todo ello, debido a la velocidad con la que los lugareños empezaron a litigar con el “Ciudadano Bruny”, por tratar de ignorar los antiguos derechos colectivos en sus bosques. En palabras de Thomas Sheppard (político inglés de la época): “no trataban ya con su señor, sino simplemente con otro ciudadano francés”.

Para los protestantes y los judíos, la legislación de 1789-1791 representaba la emancipación legal, la igualdad civil y la libertad de culto. Fue sólo más tarde, cuando algunos de ellos lamentarían que el precio de la emancipación, hubiera sido la presión para asimilarse a un amplio concepto de “afrancesamiento”, subordinando su identidad religiosa.

La Revolución marcó también, el fin de la práctica casi universal hasta entonces, entre los católicos franceses, de acudir a la iglesia los domingos. Como muchos sacerdotes se negaron, a aceptar las reformas de la Iglesia de 1790, miles de pueblos se encontraron sin sacerdote, y sin educación eclesiástica. Una vez declarada la guerra en 1792, el respaldo que el Papa dio a los ejércitos contrarrevolucionarios, hizo que la Iglesia fuera objeto de sospecha e, incluso, de odio, por parte de los revolucionarios. La Iglesia católica fue devastada en plena guerra y durante el Terror de 1793-1794. Las frecuentes renuncias, diezmaron las filas del clero constitucional, dejando una tierra casi desprovista de sacerdotes. Entre 30.000 y 40.000 sacerdotes emigraron (un 25%) El antiguo primer Estado (la Iglesia), se vio pues más directamente afectado que la nobleza: el número de nobles emigrados (16.431) era aproximadamente, el 15% del segundo Estado. La adopción de nombres revolucionarios para las personas y para las comunidades, fue temporal, es cierto, pero expresaba una corrosiva antipatía, hacia el estatus de autoridad eclesiástica.

La Iglesia católica emergió de la Revolución sin sus vastas propiedades, internamente dividida entre aquellos que aceptaron la Revolución, y los que huyeron al exilo durante años, y con miles de clérigos muertos prematuramente. La Revolución había creado un Estado laico y, aunque la posterior Restauración, proclamara que el catolicismo era la religión estatal, un importante legado de la Revolución, fue la creación de una escala de valores entre los funcionarios, según la cual su primordial lealtad era para el ideal de un Estado laico, que transcendía los intereses particulares. La Iglesia católica, ya no podría reclamar nunca más, sus niveles prerrevolucionarios de obediencia y aceptación entre el pueblo. Por consiguiente, la mayoría de sacerdotes se opondría implacablemente al republicanismo y al laicismo. Ni tampoco lograría recuperar su antiguo monopolio de la moralidad: por ejemplo, Napoleón prosiguió con la abolición revolucionaria, de las leyes contra la homosexualidad, aunque la policía continuaba hostigándolos con otros cargos, como el del “escándalo contra la decencia moral”.

A pesar de ello, los seglares – especialmente las mujeres – demostraron su compromiso religioso, en amplias zonas del campo. Y también de las mujeres surgió una corriente, cada vez mayor, de reclutas para las órdenes religiosas en el siglo XIX. El impacto devastador de la Revolución, en las estructuras constitucionales de la Iglesia católica, y la iniciativa que las mujeres tomaron, de reconstruir la Iglesia “desde abajo” después de 1794, cimentó las bases para unas relaciones menos autoritarias, entre el clero y el laicado, en el siglo XIX.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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