Andrés Saborit realizó un gran esfuerzo en el año 1922 para realizar un ejercicio pedagógico sobre las instrucciones electorales en vigor en aquel momento con el fin de enseñar a los trabajadores no sólo como se votaba sino todo lo relativo a las elecciones. En realidad, los socialistas desde 1891 se desvivieron, empleando, especialmente, El Socialista, por acercar a los electores todo lo relacionado con los procedimientos electorales.
En 1922, como decíamos, Saborit dedicó toda una hoja de El Socialista (número 4041 del 24 de enero) sobre las “Instrucciones Electorales”. En esta pieza nos centraremos en el escrutinio. Además, estudiar estas cuestiones nos parece sumamente interesante porque explica procedimientos distintos a los de nuestro presente, aunque otros no lo eran tanto.
Saborit explicaba que las últimas operaciones en relación con las votaciones eran de suma importancia y exigían mayor atención porque por un voto se podía perder una elección.
Detrás del presidente, cuando leyese las candidaturas, se debía situar un representante socialista para comprobar si lo que se leía en voz alta correspondía a lo que se había escrito en la candidatura.
Toda papeleta contraseñada era nula. No debía leerse ni constar en el expediente. Sería votos ilegales, que no podían aparecer en el acta.
Cada diez votos se debía comprobar con las representaciones de los demás partidos, para ir siempre de acuerdo en el recuento y facilitar al final la suma total obtenida por cada uno.
Ningún apoderado ni interventor socialistas firmarían en blanco jamás documento de ninguna clase. Siempre lo debían hacer después del presidente.
No deberían ausentarse del Colegio Electoral los interventores socialistas sin haber presenciado las últimas operaciones electorales.
Del resultado de la elección en cada mesa se debía pedir un certificado con las firmas de todos los que la formaban, que se tenía que enviar por persona de confianza a la Comisión central electoral de cada distrito, urgentemente.
Los candidatos y apoderados, una vez en su poder toda la documentación, la ordenarían y acudirían el día de la proclamación dispuestos a hacer valer sus derechos, haciendo constar en acta cuantas reclamaciones tengan a derecho a formular.
Por dura que fuera la pelea con el caciquismo, jamás se le debía dejar el campo libre, recurriendo en forma legal contra todos los fallos ilegales, hasta apurar la vía gubernamental o judicial. Era la única forma para luego poder interpelar al Gobierno cuando se pusiese en marcha el Parlamento.
De todos los incidentes de la elección, los socialistas debían enviar una breve nota a El Socialista.
Del resultado debían dar, además, comunicación oficial al Partido, expresando el número de votos obtenidos por cada candidato socialista, vencidos o vencedores.
Era preciso comenzar a contar con un archivo político, por lo que se hacía necesario que las organizaciones afiliadas harían bien en estar en comunicación. Por eso se recomendaba a los Comités locales y a los candidatos que conservasen la documentación generada. Además, los censos electorales debían quedarse en poder de los interventores.
Saborit advertía del poder y las mañas de los caciques para estar alerta, avisando también que de la ignorancia y de la ambición se valían los “partidos burgueses” para derrotar a los socialistas.





