EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Por qué la nueva agenda de defensa de Europa depende no solo de los ejércitos, sino también de la ciudadanía
Europa cuenta con un mercado único, pero carece de un ejército común propiamente dicho. Por ello, no deben pasarse por alto, en el marco más amplio de la garantía de la seguridad de los 27 Estados miembros del bloque, las iniciativas respaldadas por los gobiernos y basadas en las comunidades, así como los esfuerzos impulsados por la ciudadanía de la UE. Shutterstock.

El debate sobre la seguridad europea suele plantearse en los términos habituales de ejércitos, sistemas de armamento y fronteras. Todo ello sigue siendo esencial. Los gobiernos y las fuerzas armadas deben continuar siendo los principales responsables de la defensa nacional. Sin embargo, la naturaleza de los ataques contra Europa ha cambiado, y eso hace que las propias sociedades formen parte de la ecuación de seguridad.

La guerra en Ucrania ha hecho imposible ignorar el regreso de la guerra convencional a gran escala a Europa. Sin embargo, la presión a la que se enfrentan actualmente los Estados europeos va más allá de la guerra convencional. También adopta la forma de ciberataques, sabotajes, presión sobre infraestructuras críticas e incidentes con drones en territorio de la UE, manipulación informativa extranjera y el uso de redes criminales o dependencias económicas con fines estratégicos.

Una investigación reciente de ACLED describe la presunta actividad rusa en Europa como un patrón de operaciones destinadas a poner a prueba el apoyo a Ucrania sin llegar al umbral de una confrontación militar abierta.

Entre enero de 2022 y abril de 2025, ACLED registró 190 incidentes de este tipo en toda Europa, entre ellos 59 sobrevuelos de drones, 45 actos de sabotaje, 15 casos de espionaje, 13 actos de vandalismo, 12 incendios provocados y seis ciberataques.

Alemania registró el mayor número de incidentes, con 39, seguida de Noruega, con 19; Finlandia, con 17; y Polonia, con 16. ACLED también señala que más de la mitad de todos los sucesos sospechosos desde febrero de 2022 tuvieron lugar en 2024, cuando alrededor del 35 % fueron actos de sabotaje y el 27 % vuelos no autorizados de drones. El centro de estudios GLOBSEC y el Centro Internacional para la Lucha contra el Terrorismo también han documentado un patrón relacionado: el uso de actores criminales y de agentes denominados «desechables» en planes de sabotaje e incendios provocados en toda Europa. Su conjunto de datos actualizado identifica 151 casos conocidos entre febrero de 2022 y febrero de 2026, incluidos 41 incidentes adicionales desde su informe anterior.

Cuando se ataca la vida cotidiana

Muchas de estas acciones no tienen como objetivo el aparato estatal en el sentido militar tradicional. Atacan los sistemas de los que dependen las sociedades en su vida diaria: la electricidad, las comunicaciones, el transporte, las administraciones locales, el espacio informativo y la confianza entre la ciudadanía. Un cable dañado, un sistema municipal pirateado o una noticia falsa que se propaga por internet quizá no parezcan una guerra en el sentido clásico.

Sin embargo, cada uno de estos actos puede debilitar la confianza en las instituciones, profundizar la división social y dificultar el gobierno de las sociedades democráticas bajo presión. Por eso, la nueva agenda de defensa de Europa no puede centrarse únicamente en los ejércitos. También debe ocuparse de la capacidad de la ciudadanía y las comunidades para mantener la calma, estar bien informadas y seguir funcionando cuando se producen alteraciones.

Según datos del Eurobarómetro de 2025, el 81 % de los europeos está a favor de una política común de defensa y seguridad entre los Estados miembros de la UE —el porcentaje más alto desde 2004—, mientras que el 78 % de la ciudadanía está preocupada por las capacidades de seguridad y defensa de la UE.

La Unión Europea reconoce la importancia que pueden tener la ciudadanía y las comunidades en la respuesta a las crisis y ante los desafíos de seguridad, así como su papel fundamental para mantener la solidaridad europea bajo presión. Su Estrategia de la Unión para la Preparación, puesta en marcha en 2025, promueve un enfoque que contempla «todo tipo de riesgos» y abarca al «conjunto de la sociedad», y anima a la ciudadanía a disponer de suministros esenciales para al menos 72 horas en caso de emergencia. No se trata de hacer una llamada al pánico, sino de reconocer que la resiliencia no puede construirse únicamente desde las instituciones centrales.

La ciudadanía no puede detener misiles ni sustituir a los servicios de inteligencia. Tampoco puede proteger los cables submarinos ni defender el espacio aéreo. Sin embargo, sí puede evitar convertirse en parte de la perturbación. Si un adversario difunde una noticia falsa, importa cómo actúa cada persona: ¿la comparte, la verifica o amplifica la indignación porque confirma lo que ya cree? Si un sabotaje interrumpe la electricidad, las redes móviles o los pagos electrónicos, la preparación es importante: ¿tienen los hogares agua, una linterna, dinero en efectivo, baterías externas y una forma de contactar con sus familiares? El pánico, la desconfianza y la parálisis son vulnerabilidades. La calma, la capacidad de actuar y la cooperación son recursos.

Redefinir las responsabilidades compartidas

Esto no significa militarizar la sociedad ni transferir la responsabilidad del Estado a las personas.

Los gobiernos siguen teniendo el deber de proteger a la ciudadanía, invertir en defensa y asegurar las infraestructuras, además de comunicar con honestidad. Al mismo tiempo, la ciudadanía también tiene un papel que desempeñar, porque muchos ataques híbridos están diseñados para llegar directamente a las personas a través del miedo, la confusión, las molestias y la desconfianza.

Transmitir este mensaje es difícil, porque durante las décadas posteriores a la Guerra Fría, muchos europeos se acostumbraron a la paz y a la idea de que la seguridad era un servicio prestado por el Estado. La ciudadanía votaba en las elecciones, pagaba impuestos y daba por hecho que los profesionales se ocuparían del resto. Esa expectativa es comprensible, pero ya no basta.

Al mismo tiempo, los gobiernos y los expertos tienen motivos para ser prudentes a la hora de difundir el miedo. Un lenguaje excesivamente alarmista puede paralizar en lugar de preparar. Pero el silencio tampoco es neutral. La ciudadanía ya oye hablar de sabotajes, ciberataques, drones y guerras a través de las redes sociales y la televisión, además de en conversaciones cotidianas. Si las instituciones de confianza no explican qué significan estas amenazas y qué puede hacer la gente de manera realista, el miedo resulta más fácil de manipular.

Proteger Europa desde dentro

Por tanto, Europa necesita un lenguaje mejor para hablar de preparación: honesto sin ser dramático, práctico sin ser militarista y que empodere a la ciudadanía sin fingir que esta puede sustituir al Estado.

La preparación debe presentarse como una muestra de madurez cívica, no de paranoia. Esto significa vincular la información con la acción. Un apagón, un ciberataque o una campaña de desinformación pueden alterar la vida cotidiana. Sin embargo, unas medidas sencillas reducen la vulnerabilidad: un plan familiar de contacto, suministros básicos para dos o tres días, fuentes de información fiables, procedimientos en escuelas y lugares de trabajo, redes de apoyo vecinal y el hábito de verificar la información antes de compartirla.

No son ideas abstractas. Ya se están poniendo en práctica en Europa: Finlandia y Dinamarca promueven que los hogares estén preparados para 72 horas; el folleto de Suecia sobre qué hacer en caso de crisis o guerra explica a la ciudadanía cómo prepararse y cómo actuar; Chequia cuenta con programas escolares sobre números de emergencia, situaciones peligrosas y señales de sirena; y las iniciativas locales en Bruselas y Francia conectan a la ciudadanía con la respuesta a las crisis y el voluntariado de protección civil. Estas medidas ayudan a transformar una preocupación abstracta en acciones concretas.

Este es también el punto en el que entra en juego el modo de vida europeo. A menudo utilizamos esa expresión como si se refiriera únicamente a derechos, valores e instituciones. Y así es, pero esos derechos e instituciones dependen de una infraestructura social: confianza, pluralismo, información fiable, instituciones locales que funcionen y una ciudadanía capaz de discrepar sin tratarse mutuamente como enemiga.

Por tanto, proteger Europa no consiste solo en defender el territorio, sino también en defender las condiciones que hacen posible la vida democrática bajo presión.

Europa necesita un nuevo contrato social para la seguridad

Esto no debería significar sustituir la responsabilidad nacional, sino conectarla mediante normas comunes, reservas compartidas, ejercicios conjuntos y una cultura de preparación más sólida en toda la sociedad.

La UE ya avanza en esta dirección a través de la Estrategia de la Unión para la Preparación, el Mecanismo de Protección Civil de la Unión, las reservas estratégicas de rescEU —financiadas íntegramente por la UE, incluida una flota de aeronaves para la extinción de incendios, las evacuaciones y la asistencia médica—, las iniciativas de almacenamiento de suministros y nuevos trabajos en materia de educación para la preparación. Estas iniciativas apuntan a un modelo de seguridad más amplio, que combina la defensa militar con la preparación civil basada en la cooperación y la puesta en común de recursos, la resiliencia institucional y la educación democrática, porque una sociedad capaz de seguir funcionando durante una crisis es más difícil de intimidar.


Este artículo se basa en el programa de investigación y divulgación pública de referencia «EUIdeas: The Power of Knowledge» del Instituto Universitario Europeo, organizado con motivo de las celebraciones del 50.º aniversario de la institución en mayo de 2026.The Conversation

Monika Sus, profesora del Instituto de Estudios Políticos de la Academia Polaca de Ciencias y profesora a tiempo parcial del Centro Robert Schuman de Estudios Avanzados, Instituto Universitario Europeo

Este artículo se republica de The Conversation bajo una licencia Creative Commons. 

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