Habermas y nosotros (los españoles)
- Escrito por Antonio García-Santesmases
- Publicado en Cultura
Con motivo del fallecimiento de J. Habermas se han sucedido artículos sobre su aportación a la vida intelectual y al debate filosófico-político. Ante tal alud de información me ha parecido de interés releer el libro de Philipp Felsch Habermas y nosotros para profundizar en la biografía y los combates intelectuales en los que se embarcó un hombre que ha marcado nuestra vida política e intelectual. Si repasamos el libro de Felsch nos damos cuenta que no hay referencias a España. Tampoco aparecen en la biografía de S Muller J Habermas una biografía (ambos libros están publicados por Trotta) y, sin embargo, cualquier lector habrá podido comprobar la enorme cantidad de obituarios que han aparecido tras su muerte. Obituarios que algo revelan de su influjo en nuestra vida política e intelectual .Es imposible hacerse cargo de todo este impacto, por lo cual he seleccionado los momentos que me parecen más significativos. Dejo para el final un breve balance de coincidencias y discrepancias con las posiciones defendidas por Habermas.
I. EL FIN DE LA UTOPIA DEL TRABAJO
Estamos en 1.984 y Habermas es invitado por el Congreso español de los diputados a pronunciar una conferencia. La conferencia, publicada posteriormente en distintos lugares, explicita la despedida de Habermas del marxismo al asumir la imposibilidad de una emancipación de la clase trabajadora. Estamos ante una despedida del paradigma del trabajo y su sustitución por el paradigma de la comunicación.
El artículo suscitó al principio perplejidad y posteriormente un gran debate acerca de si el autogobierno de los trabajadores era efectivamente una posibilidad imposible de realizar dada la jaula de hierro de la maquinaria burocrática. Son los años en los que Andre Gorz está coronando su obra acerca de la imposibilidad de una liberación en el trabajo y su apuesta por una liberación del trabajo en el mundo del ocio. La propuesta de Habermas de afrontar el tema de la comunicación se podía entender como un complemento a la emancipación de clase o como una sustitución del viejo paradigma por un nebuloso esfuerzo por domesticar el capitalismo. ¿Se podía ir más allá del Estado del bienestar?; ¿ era posible una democracia que entrara rm el mundo económico-laboral?; ¿había que abandonar como un sueño irrealizable cualquier perspectiva de control obrero, de democracia económica, de autogestión?
Confieso que me quedé muy consternado por aquella intervención de Habermas. No apostaba por un pesimismo ilustrado como había sido norma en Adorno o en Horkheimer pero tampoco por aquel optimismo de Marcuse que hablaba del final de la utopía. Nos habíamos quedado sin utopía.
II. EL DEBATE DE LOS HISTORIADORES El segundo gran debate fue la polémica de Habermas con E.Nolte sobre el proceso del pasado. Creo que es el tema que ha tenido una repercusión más duradera en nuestro país. “El pasado que no acaba de pasar” era el título del artículo de Nolte que Habermas se apresuró a rebatir. Para Habermas considerar el nazismo como consecuencia del estalinismo y del gulag tenía el peligro de absolver, de neutralizar, de normalizar la barbarie.
Y tenía una consecuencia que iba más allá de un debate entre especialistas. No se podía edificar un nuevo patriotismo sin tener una visión crítica del pasado. La identidad nacional no se debía fundar en las viejas leyendas recibidas acríticamente, ni estableciendo continuidades que disolvían en el gran rio de la historia los comportamientos criminales del nazismo.
La pregunta que surgía inmediatamente era qué significaba hacerse cargo del pasado para la generación de Habermas – la llamada generación del 45- que tenía 16 años cuando concluye la segunda guerra mundial. ¿Cómo había que interpretar el 9 de mayo del 45?: ¿cómo una derrota o cómo una liberación?
Estas interrogantes son constantes en la obra de Habermas y ayudan a recordar las distintas etapas en la vida alemana de posguerra desde el crecimiento económico sin mirar al pasado de Adenauer hasta la llegada de la generación del 68 que sí pide cuentas a sus mayores por su silencio, su complicidad, su indiferencia ante el exterminio de los judíos. ¿Nadie fue consciente de lo que ocurría?; ¿nadie había oído hablar de los campos y de la solución final?, ¿ por qué se impuso la colaboración de tantos alemanes hasta poder hablar de verdugos voluntarios?
Esta reflexión sobre el procesamiento del pasado, sobre la necesidad de articular un patriotismo constitucional que evitara reivindicar la identidad nacional sin tener permanentemente en la conciencia el recuerdo de la barbarie es una de las aportaciones más relevantes de Habermas. No se trataba de que ya no fuera posible escribir poesía después de Auschwitz sino de no se podía postular una identidad democrática sin tener en cuenta la política del exterminio plasmada en la “solución final”.
III. LA CAIDA DEL MURO Y LA UNIDAD ALEMANA
Para la generación del 45 los sucesos del 89 cambiaron la perspectiva. Como subrayó en muchas ocasiones Ignacio Sotelo nadie esperaba la unidad alemana para los próximos años. En todo caso se dejaba para el siglo veintiuno. Y, sin embargo, los acontecimientos se aceleraron y aquellas masas que se manifestaban en la RDA proclamando que eran el pueblo pasaron en pocos meses a hacer suyo el mensaje de que eran un pueblo. A pesar de la reticencia de la izquierda alemana occidental el proceso se precipitó y se produjo la unidad. Como consecuencia la era de Kohl gobernaría Alemania hasta 1.997. Si uno repasa la obra de Habermas se da cuenta que, a partir del 89, en sus intervenciones políticas priman dos objetivos fundamentales. El primero preservar el patriotismo crítico con el pasado; el segundo intentar trasladar a la realidad europea esta posición de una identidad posnacional.
El propósito era loable pero las dificultades eran inmensas. La unidad alemana provoca el recelo entre los vencedores de la segunda guerra mundial que tienen miedo a esta hegemonía. Singularmente el recelo se incrementa en Inglaterra y en Francia. Es sabido que en ese momento se pacta con la Rusia de Gorbachov la necesidad de preservar la zona de influencia rusa en lugares como Ucrania. Ha desaparecido el Pacto de Varsovia y muchos se plantean la conveniencia de disolver la OTAN ya que se ha quedado sin enemigo.
Amén del lugar estratégico de Europa y de la aparición de nuevos conflictos bélicos se plantea el problema de si es posible dar un paso adelante en la integración europea hasta llegar a formar unos Estados unidos de Europa. Y surge el gran debate sobre si hay que ir hacia una ampliación de los países miembros o a una profundización en las competencias de Europa; ¿ deben los países europeos ceder soberanía para construir una superpotencia que hable y tenga una voz relevante en el concierto internacional?
Toda la obra de Habermas desde 1.989 hasta su muerte ha sido conformada por este debate interminable. Sea en los acuerdos de Maastricht, sea en la non nata constitución europea, sea en la crisis del 2.008 o ante la política alemana con Grecia, sea, en fin, si pensamos en Ucrania, en Gaza o en la elección de Trump. Por cierto ante el desvarío de Trump en su toma de posesión dirá agudamente que fue Michel Obama la que acertó no acudiendo y no validando con su presencia el delirio narcisista que tuvieron que soportar Bush, Obama y Biden.
En estos debates Habermas se define como firme partidario de la constitución europea; es consciente de las críticas de muchos sectores de izquierda que consideran que la constitución está sesgada hacia los postulados del neoliberalismo económico y acaba con los restos que quedan de la soberanía. Pero considera que es imprescindible dar un paso adelante máxime después de la guerra de Irak.
No conviene olvidar que el debate entre globalistas y soberanistas no es sólo entre liberales y nacionalistas de ultraderecha sino que implican a sectores de izquierda como Bourdieu, Lafontaine o Melenchón que optaron por el no en aquellos momentos. Se había producido la escisión del Spd por la izquierda y los inicios de la crisis del PSF que provocaría el origen de lo que hoy es la Francia insumisa.
IV. UCRANIA Y GAZA
Si hay una perspectiva que está presente en toda la generación del 45 es la relación entre Alemania y Rusia. De ahí su sorpresa cuando se produce la invasión de Ucrania. Todo el esfuerzo de Alemania en la era de Merkel había sido propiciar un acercamiento económico entre los dos grandes rivales del pasado; un acercamiento basado en un beneficio económico común. La reacción ante lo ocurrido es prudente. No se puede permitir la invasión; hay que apoyar la legítima defensa, pero hay que impedir que esa defensa llegue tan lejos que pueda implicar el uso de armas nucleares.
Esta posición de apoyo limitada, prudente, dubitativa será criticada por intelectuales como T, Snyder que reclaman una solidaridad más activa. Habermas prefiere la prudencia. No quiere abandonar a los ucranianos a su suerte, pero no quiere alentar un nuevo militarismo. Mira con horror las llamadas a un nuevo servicio militar obligatorio y a la preparación de Europa para un nuevo conflicto bélico.
Cuando la polémica sobre Ucrania no ha desaparecido surge el 7 de octubre del 2.023 y los atentados de Hamas. Aquí resurge el Habermas amigo del Estado de Israel que defiende su derecho a la legítima defensa. No hay muchos escritos posteriores y de nuevo aquí aparece el pasado que no acaba de pasar; no en el sentido de Nolte sino en la dificultad insuperable de emitir cualquier crítica al Estado de Israel; no se puede criticar sin olvidar la culpa alemana ante el holocausto y el peligro del revivir del antisemitismo. Son sus últimas intervenciones públicas y nos permiten visualizar las coincidencias y las diferencias con la situación española.
V. COINCIDENCIA Y DIFERENCIAS
Es cierto que la obra de Habermas ha provocado un enorme impacto por otras muchas cuestiones; entre otras cabría subrayar su esfuerzo por fundamentar la moral a través de la acción comunicativa; sus estudios sobre la historia de la filosofía o su debate acerca de las distintas formas de interpretar el lugar de la religión en las sociedades post-escolares. Pero por centrarme en los temas tratados en este artículo sí que hay diferencias notables entre España y Alemania.
La primera comienza con las políticas de memoria. Habermas trata de sacudir el olvido impuesto por la generación de Adenauer. En España la situación es muy distinta ya que se parte de una guerra civil. En ningún momento Habermas habla de la guerra civil española como un preludio de la segunda guerra mundial. Esa omisión es muy dolorosa para los españoles como criticó con acierto Elías Díaz.
Ese recuerdo hace que en España la reconciliación no se ha vivido como el reencuentro entre antiguos combatientes en dos guerras mundiales como ocurría entre Francia y Alemania. Para ellos el nacionalismo, como dijo Mitterrandt, era la guerra porque el recuerdo de lo vivido se remonta a 1.914.
En España el nacionalismo siempre se ha recitado en plural. Hemos tenido nacionalismo de estado y nacionalismos periféricos de naciones sin Estado. Hemos tenido un nacionalcatolicismo, una monarquía parlamentaria y una memoria republicana derrotada. Por eso es tan equívoco el termino patriotismo constitucional como ha señalado con acierto Joan Garcés. Hablar de una identidad nacional asentada en los procedimientos sin tener en cuenta la forma de estado induce a graves equívocos. Mucho de esto ha ocurrido cuando muchos conservadores se apropiaron del patriotismo constitucional habermasiano para sorpresa del propio Habermas.
Soy de los que piensa que es más apropiado visualizar un patriotismo constitucional que recuerda la barbarie reivindicando la figura de Manuel Azaña; es quien mejor encarna, a mi juicio, esta identidad que no quiere olvidar pero reclama paz, piedad y perdón.
La siguiente diferencia es en relación con la identidad europea. Homologarse con el resto de los países europeos no significa sólo participar. Aunque lleguemos tarde podemos tener una voz propia, como siempre defendió Fernando Morán; si tenemos voluntad política podemos fijar una posición aunque el margen de maniobra sea estrecho. En este punto algunos coincidimos con la prudencia de Habermas en relación a Ucrania y reprochamos, sin embargo, su alineamiento incondicional con el Estado de Israel.
La memoria histórica, la identidad nacional, el papel de Europa, el lugar del derecho internacional y el mantenimiento del proyecto ilustrado deben mucho a la perspicacia, a la agudeza, a la penetración de un hombre incansable por escudriñar los conflictos del momento sin perder la perspectiva histórica.
Al final de sus días no podía dejar de constatar que sentía que muchas de las cosas por las que había luchado iban desapareciendo en un orden internacional en el que para su sorpresa y espanto volvía a estar a la orden del día Carl Schmitt. No podremos contar con sus reflexiones a partir de ahora pero sí rememorar una vida y una obra sin las que no se entiende el siglo veinte y las encrucijadas del siglo veintiuno ni se puede reivindicar consistentemente la débil fuerza de la razón ante la irresistible razón de la fuerza.
Antonio García-Santesmases
Catedrático de Filosofía política de la Uned y ex portavoz de Izquierda socialista.
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