Rosalía llena estadios con un universo en el que conviven el flamenco, la electrónica, la imaginería religiosa y la moda de lujo. Rodrigo Cuevas hace bailar al público mezclando tonadas tradicionales, sintetizadores, verbena, erotismo y estética queer.
A primera vista parecen dos proyectos difíciles de comparar. Sin embargo, ambos ayudan a entender una de las transformaciones culturales más interesantes de nuestro tiempo. Es la aparición de un nuevo kitsch que ya no se identifica únicamente con el mal gusto. Se trata de una forma de crear que desdibuja las fronteras entre tradición y modernidad, cultura popular y sofisticación estética.
La publicación de La nueva era del kitsch. Ensayo sobre la civilización del exceso, del sociólogo Gilles Lipovetsky y el crítico de cine Jean Serroy, ofrece una sugerente clave para interpretar este fenómeno. Durante décadas, el kitsch se entendió como una categoría ligada al mal gusto, la imitación o el exceso decorativo. Estos autores sostienen que en las sociedades contemporáneas ha dejado de ocupar un lugar marginal.
El kitsch se ha convertido en una lógica cultural que impregna el arte, el diseño, la moda, la publicidad o el entretenimiento. El neokitsch ya no es una excepción: forma parte de nuestra manera de consumir imágenes, sonidos y experiencias. La música española actual constituye un laboratorio privilegiado para observar esta transformación.
Más que una estética del mal gusto, el neokitsch responde a una lógica del “siempre más”: más imágenes, más sonidos, más referencias, más estilos y más experiencias. Todo ello convive en propuestas que hacen de la abundancia un principio creativo. Esa acumulación de elementos distintos conecta con una sociedad habituada al hiperconsumo cultural y a una oferta prácticamente ilimitada de estímulos.
Tradición reinventada: entre el sonido y la imagen
Rosalía ofrece uno de los ejemplos más visibles de esta nueva sensibilidad. Desde El mal querer, y más recientemente en LUX, su propuesta artística está construida a partir de repertorios culturales muy diversos.
En el plano sonoro, dialoga con el flamenco, la música clásica, la música urbana y la electrónica sin entender estos géneros como compartimentos estancos. En el apartado visual, combina referencias a la imaginería religiosa, la moda, el lujo, la cultura popular o la estética digital para crear un universo reconocible y coherente.
No se trata de una acumulación arbitraria de elementos. Es una forma de crear en la que la mezcla, el exceso y la reinterpretación de códigos culturales se convierten en el propio lenguaje artístico.
Esa reelaboración no depende únicamente de la combinación de géneros. También está construida mediante una producción sonora extraordinariamente densa: voces procesadas con autotune, superposición de capas, distorsiones, efectos digitales y una acumulación de texturas que convierten el propio sonido en un espacio de exceso.
Si en el plano visual el neokitsch tiende a saturar la imagen con referencias, en el musical podría hablarse casi de un horror vacui (miedo al vacío) sonoro. En él, cada detalle contribuye a intensificar la experiencia estética.
Ese principio de acumulación afecta también a la propia construcción de las canciones. La convivencia de estilos musicales, timbres, colaboraciones, referencias culturales y recursos tecnológicos no busca la síntesis ni la pureza estilística. El neokitsch busca una experiencia de escucha rica, intensa y deliberadamente exuberante. El exceso deja de ser un efecto secundario para convertirse en un recurso expresivo.
Del flamenco a la romería
Rodrigo Cuevas llega a un resultado parecido por un camino muy diferente. Si Rosalía parte del flamenco y de la música urbana, Cuevas lo hace desde el folclore asturiano, las canciones tradicionales, la electrónica, la verbena y el cabaré.
Su propuesta tampoco separa el sonido de la imagen: la música convive con una rica puesta en escena en la que el humor, el erotismo, la estética queer y la cultura popular dialogan constantemente con el patrimonio tradicional. Como el propio artista ha explicado en distintas ocasiones, no se trata de conservar el folclore como una pieza de museo, sino de traerlo al presente mediante nuevos códigos estéticos.
Aunque parten de tradiciones, lenguajes musicales y universos estéticos muy diferentes, Rosalía y Rodrigo Cuevas comparten una misma lógica creativa. Es precisamente esa forma de construir sus proyectos artísticos, basada en la acumulación, la teatralidad y la hibridación de códigos, lo que permite interpretarlos como dos manifestaciones especialmente significativas del neokitsch descrito por Lipovetsky y Serroy.
Esta transformación no puede entenderse únicamente como una cuestión estética. En las últimas décadas, la música ha dejado de ser un producto que simplemente se escucha. Ahora es una experiencia que también se ve, se comparte y se consume a través de múltiples plataformas.
La identidad artística ya no se construye solo mediante las canciones. Se edifica mediante videoclips, actuaciones, redes sociales, moda o diseño visual. En este contexto, el neokitsch se convierte en un lenguaje especialmente eficaz para conectar tradición, espectáculo e innovación sin necesidad de elegir entre unos códigos y otros.
¿Qué tienen entonces en común Rosalía y Rodrigo Cuevas? Más allá de sus diferencias musicales, ambos muestran que el kitsch ya no puede entenderse únicamente como una categoría asociada al exceso o al mal gusto. Sus proyectos ilustran cómo la música española contemporánea se ha convertido en un espacio privilegiado para reinventar el patrimonio cultural mediante la combinación de tradiciones sonoras, imaginarios visuales y nuevas formas de puesta en escena.
Juan González-Castelao Martínez-Peñuela, Profesor de Industrias Musicales y Musicología, UNIR - Universidad Internacional de La Rioja ; Universidad Alfonso X el Sabio
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.





