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Argumentos de un masón francés contra la Biblia en masonería


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En esta pieza nos hacemos eco de la opinión de un masón francés (A.L.) sobre la Biblia sobre el altar masónico que publicó el Bulletin de la Grandes Loge de France, y que se tradujo al castellano por el Boletín del Grande Oriente Español en su número del 10 de enero de 1932. Seguimos, por lo tanto, aportando materiales históricos para la reflexión sobre este asunto que generó bastante polémica en las distintas masonerías europeas durante los siglos XIX y XX.

Nuestro protagonista reconocía que los ingleses tenían razón al exigir la fórmula del Gran Arquitecto del Universo, sin la cual la francmasonería al nacer no hubiera podido agrupar a todas las religiones, es decir, que se había convertido en una solución para que en las logias pudiera haber personas de distintas confesiones y trabajar, en consecuencia, en armonía. Pero no podía aceptar, en cambio, la obligación de la Biblia sobre el altar del templo masónico.

Era una costumbre, esencialmente, británica que, en su opinión, ningún texto auténtico masónico imponía.

Nuestro autor seguía exponiendo que el empleo de la Biblia era muy común en el ámbito anglosajón, en tribunales, matrimonios, compromisos civiles y militares, etc. En esos actos se exigían juramentos y se hacían sobre la Biblia. Por eso parecía natural que los masones británicos siguieran esa costumbre considerada como nacional, pero no lo franceses ni el resto de las masonerías. Las Obediencias masónicas del mundo entero no podrían fraternizar de verdad sino con la condición de no inmiscuirse en sus reglamentos interiores y de respetar sus particularidades.

Consideraba que los franceses, siendo más fieles que los ingleses a los principios de Anderson, estimaban que si éste había decretado en el artículo primero de sus Constituciones que todas las religiones podían admitirse en francmasonería, parecía inadmisible hacer jurar o prometer a un neófito sore la Ley de una religión determinada. Los ingleses argumentarían ante esto que el juramento podía prestarse sobre cualquier otro Libro sagrado, pero, ¿qué ocurría con los que no profesaban religión alguna? En realidad, en los primeros tiempos no eran admitidos, pero después de dos siglos, las ideas habrían avanzado y había muchos hombres honrados que no practicaban ninguna religión. Entonces, ¿estaría bien, es decir, sería justo, cerrar las puertas de los templos a esos hombres? Los ingleses contestarían que sí, pero los franceses que no.

Los masones tendrían su Biblia, las Constituciones de Anderson, que sería el libro que debería colocarse sobre el altar y sobre el que se debería exigir el juramento o promesa, constituyendo para el neófito un verdadero compromiso. Lo otro, desde el punto de vista masónico sería impío, es decir, imponer un dogma religioso a una Orden cuya virtud esencial era la de “no admitir límite alguno en la investigación de la Verdad”.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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