Se está escribiendo mucho sobre las consecuencias económicas de la guerra auspiciada por Israel y Estados Unidos, con impacto sobre todo el planeta. La iniciativa bélica era perseguida por Israel desde hacía tiempo, y ha encontrado un contexto presidido por la incoherencia de Estados Unidos –su presidente se presentó anunciando que no participaría en guerra alguna– y por la observación callada pero no inactiva de otras dos potencias: China y Rusia. Israel ha encontrado su momento, con un presidente en la Casa Blanca que actúa de manera más impulsiva que reflexiva, sin más estrategia que la ley de la fuerza y el ninguneo a la diplomacia. Por otro lado, se ha dicho que la intervención militar del ejército estadounidense obedece a la tesis de debilitar los flujos energéticos hacia China, que tiene en Irán a uno de sus grandes proveedores de petróleo. Se asevera que se cerraría una pinza que se inició con Venezuela. Pero en este punto la disparidad de los analistas es grande con, no obstante, un punto en común: el silencio chino es atronador, y observa con un interés muy presente pero alejado de forma directa del escenario bélico, el desangre de Estados Unidos, tanto exterior como, sobre todo, interior. El descontento de la población estadounidense es elevado hacia Trump –con índices de aprobación bajos–, y esto se está agravando con la clara oposición ciudadana a la guerra. Los resultados macroeconómicos de Estados Unidos, en especial los referentes a la creación de puestos de trabajo, empiezan a tambalearse. Una guerra prolongada –el gran temor de Trump, algo que no contemplaba– agravaría mucho la situación. Pekín debe recordar, sonriendo ante lo que se está viendo, aquel viejo axioma de Sun Tzu: el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar.