EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Es la hora
Imagen ilustrativa generada mediante inteligencia artificial.

Es la hora. La hora de la verdad. La hora de decidir qué futuro queremos para nuestro país y para el mundo en los próximos años. Es un momento de suprema responsabilidad. Responsabilidad personal y colectiva, de compromiso. Todo depende de nosotros ahora. Por ello, es también la hora de la reflexión.

Para reflexionar de modo sensato, ¿podemos contar con el Periodismo en España? ¿Podemos informarnos hoy a través suyo y adquirir criterio propio? Desgraciadamente, el Periodismo sufre en España, en la última década, embates inusitados que han pretendido degradarlo tanto como para ponerlo al servicio de la mentira en lugar de rendir tributo a la verdad. En vez de despejar la incertidumbre, que es la misión social del periodista, el intrusismo de una recua de irresponsables, de narcisistas compulsivos y de medios que no median, se ha propuesto situar al periodista en el rango más bajo de la esfera de la vida pública. Y casi parecen haberlo conseguido.

Sin embargo, contra viento y marea, contra la corrupción que ha infestado las cúpulas de numerosos medios y demasiadas plumas por contagio de la corrupción rampante en la esfera de la política y de la vida económico-financiera, contra todo ello se alza un pequeño ejército de profesionales del Periodismo: se ve pertrechado por una serie de convicciones y de ideales que le impide olvidar su compromiso con la sociedad para buscar la verdad de lo que sucede e informar de ella, pese a quien pese. Y de modo militante, ese pequeño ejército profesional combate a pecho descubierto contra las balas y los bulos, contra el torcimiento premeditado de la verdad, contra le mentira objetivada que pone a la Prensa al servicio de intereses ruines, mezquinos, impropios de un quehacer noble como el de informar. Y combate contra el desconcierto reinante y contra el ruido, contra la impostura de tanto irresponsable dueño de medios, incapaz de comprender que el único crédito real de todo medio es el que asegura contar la verdad, informar, despejar la incertidumbre, dar a cada lector, escuchante o telespectador fundamentos informativos suficientes para la formación propia de criterio, de juicio.

El ciudadano de a pie no puede estar presente en todos los escenarios donde se desenvuelve la vida social. Por ello, el Periodismo le brinda esa posibilidad, movilizando sus peones, los periodistas, esparcidos por ese ámbito, local, regional, nacional e internacional, a la escucha atenta de cuanto sucede. Y dentro de este universo observado, el periodista buscará fuentes que acrediten lo que ambos han visto, lo que resulta digno de contar y de ser conocido por su utilidad para el conjunto social.

Como el periodista no puede estar simultáneamente en tantos lugares de interés, las fuentes de lo informativamente relevante son, por ello, condición imprescindible para desplegar el mejor Periodismo. Y su contraste, el cruce testimonial de argumentos, de miradas y visiones procedentes de fuentes distintas, será la operación decisiva que validará la información y la dotará de la anhelada utilidad social.

Talones de Aquiles

Hay dos talones de Aquiles, dos puntos de máxima vulnerabilidad del periodista. Uno, la confusión entre información y opinión. No es lo mismo describir los hechos que interpretarlos. No es lo mismo el sustantivo, pieza clave de una descripción, que el adjetivo, que valora el hecho. Grave mixtificación la de confundir lo uno con lo otro. Vemos titulares con profusión de adjetivos en demasiadas ocasiones. Razón suficiente para desconfiar de lo escrito o radiotelevisado.

Otro punto vulnerable es la credibilidad de las fuentes a las que el periodista ha de recurrir. Esta vulnerabilidad se define como intoxicación, es decir, el riesgo de la contaminación informativa generada por una fuente mentirosa, indigna de crédito. Hoy, la intoxicación adquiere una nueva forma, homófona, la infoxicación, que suena casi igual pero que es sustancialmente distinta: consiste en la erosión de la verdad derivada de la avalancha de hechos y sucesos, por consiguiente, de fuentes y redes, que acontece y concurre en la vida social. Su volumen genera un desconcierto en el informador, que debe seleccionar con extremo rigor y, extrema urgencia, cuál de los elementos en presencia ha de elegir para validar la información a cosechar. El antídoto de intoxicación e infoxicación es el mismo: la veracidad, probada, del testimonio recibido.

Narcisismo, impostura

Otro de los flagelos que acechan perennemente al periodista es el narcisismo. Consiste en creerse que el periodista es más de lo que realmente es. Tal perversión declina siempre hacia la impostura. El periodista es un profesional comprometido en informar a la sociedad sobre asuntos de interés social. Ni más ni menos. Ni él ni el medio para el que labore son los dueños de la información, porque la información es un bien social, que de la sociedad surge y a la cual el periodista devolverá organizadamente mediante unos códigos expresivos propios, llanos, que no triviales, accesibles a un público plural y segmentado, como lo está la colectividad hacia la que encauza su trabajo. La banalización de la información es un castigo socialmente inmerecido. La arrogancia de tanto opinador y escribiente en medios, que casi nunca son periodistas, carentes pues del compromiso ético del profesional con la búsqueda de la verdad, clama al cielo por su tantas veces obscena falta de ponderación y decoro. Su adjetividad sustituye a la objetividad.

Desencuentros

En la especificidad del lenguaje periodístico residirá su virtud. Y su dolor. El lenguaje político es uno y el periodístico es otro. Son distintos. El primero está versado hacia la consecución y mantenimiento del poder. Tiene sus normas y pautas propias. El lenguaje periodístico no debe apartar la mirada de la sociedad. Y habrá de informar con esta atinencia perenne. Todos los desencuentros entre políticos y periodistas hallan en esta distinción de lenguajes sus raíces. Nunca un político queda satisfecho con el quehacer del periodista, a no ser que éste incurra en la adulación acrítica, vicio recurrente de los narcisistas metidos a periodistas. Misión del periodismo es la de convertirse en un contrapoder efectivo, que vigile, en nombre de la sociedad, los designios y vericuetos por los que el poder político transita. Pero nunca el periodista debe creer que dispone de poder político en sentido estricto, ya que no le corresponde en absoluto y, además, porque en esa competencia siempre resultaría derrotado.

Hay, empero, un punto de encuentro, cuando la política se despliega con una finalidad social y democrática. Ahí si cabe cierta sintonía, que deberá ceñirse a la mera información y que sea la audiencia la que determine la sociabilidad de la medida política en presencia. Desde luego, la objetividad como forma suprema de honestidad, ocupará el arco de bóveda del quehacer periodístico y el secreto de las fuentes será su juramento hipocrático, sin abusar en absoluto de tal requisito. Todos los intoxicadores se escudan, impropiamente, de esta cualidad que debe ser administrada excepcionalmente por el profesional.

Perdonen el amable lector y la amable lectora por haber llevado hoy esta crónica por los recovecos de un oficio como el periodístico. Nosotros no podemos ser nunca noticia, salvo en muy escasas circunstancias como lo es hoy la víspera electoral que vivimos por cuanto que invitan e incitan a la reflexión. Está en juego nuestro futuro como sociedad democrática y su singularidad permite, con su permiso, hablarles de nosotros con miras a su reflexión. Por ello, cabe sugerirles humildemente que a la hora de informarse sobre qué hacer ante las urnas, se fíen prioritariamente de su propio criterio, toda vez que perciban que hayan sufrido y podido desprenderse de las adherencias malévolas esparcidas por numerosos medios y supuestos periodistas que hayan recurrido al insulto en vez de a la información sensata y contrastada, que emplean el adjetivo en vez del sustantivo, que opinan cuando dicen que informan, que mienten cuando dicen decir verdad.

Con la mirada puesta en el compromiso profesional de 250 periodistas, indefensos y desarmados, asesinados en Gaza, más las de otros tantos que encontraron la muerte en Irak, Yemen, Siria, Irán y México; así como los 12 colegas y compañeros españoles muertos en acto de servicio en el extranjero, Bolivia, Bosnia, Panamá, Ruanda, Afganistán, Irak, Haití, Burkina Fasso y los 4 periodistas caídos en atentados terroristas, desde la transición de la dictadura a la democracia; con el ejemplo de profesionales como todos ellos, más el legado de Ruyszard Kapucinski y Manuel Leguineche, que dignificaron conjuntamente nuestro oficio y lo encumbraron hasta la excelencia, ojalá seamos capaces de despejar, con la atención a su memoria, la tenebrosa imagen que han tratado y tratan de proyectar sobre un quehacer imprescindible para la salud democrática de la sociedad como ha de ser el Periodismo y tan necesario para la reflexión debidamente informada.

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