EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Casa y escuela. Vota democracia

Casa y escuela. Dos vectores imprescindibles para la vida. Eso es lo que los sectores sociales mayoritarios, los asalariados, exigen hoy al poder económico. Políticamente blindado por partidos derechistas y fascistas, es el mismo poder que trata de convertir a los trabajadores en subalternos, desprovistos de poder, prescindibles, reemplazables. Pero los asalariados se niegan a sumirse en tal condición y toman las calles. Y se hacen oír.

La democracia formal es necesaria. Pero resulta insuficiente. No sirve hoy para exigir al capital que afloje su bolsa y permita a la gente vivir con dignidad y formarse. Por ello, es necesario que la democracia avance un grado y que lo haga en clave social. Si el capital no afloja esa bolsa acrecida con el beneficio del trabajo ajeno, si no permite vivir dignamente a la ciudadanía privatizando la vivienda pública y tratando de degradar a la escuela pública como si se tratase de meros negocios, el conflicto social no habrá quien lo detenga. El pueblo español, cuando se siente acosado y toma conciencia de sus heridas, ha dado muchas sorpresas.

Todo ello se produce en una democracia formal como la española, hoy muy amenazada desde dentro y desde fuera. Desde dentro, los anti-demócratas de las banderitas no cejan en su propósito de desmantelar los avances evidentes conseguidos en otros escenarios de la vida social, en derechos y libertades, en salarios y pensiones.

Ahora, las dos derechas, tan extremas ambas, azuzadas por el capitalismo más sádico, la emprenden contra las pensiones, que funcionaban hasta hoy mismo adecuadamente. Los pensionistas han soportado con estoicismo y durante décadas las carencias sociales más apremiantes de sus hijos e hijas en vivienda y escuela. Agredir a los pensionistas es, hoy por hoy, hundir España.

Sacrificios, ¿para quién?

Desde fuera, la ofensiva es aún más obscena: o le bailas el agua al imperio norteamericano, que decae inexorablemente entre otras causas por la burricie de su clase dominante, o atente a las consecuencias. De momento, la guerra ilegal y absurda de Donald Trump contra Irán y contra Ucrania lleva camino de arruinar a la economía de Europa entera que, en el caso de España y a nivel macro, registraba paradójicamente números ventajosos inéditos. Los beneficios bancarios trasegados en estos años carecen de precedente. Sin embargo, las cabezas egregias de esa derecha tan extrema que acecha por doquier, hablan de “sacrificios”. ¿Sacrificio de quién? ¿De los bancos multimillonarios o de los asalariados que emplean las tres cuartas partes de sus salarios para poder pagar su casa, incluyendo los profesores de nuestros hijos y nietos, que perciben salarios que bordean la miseria? El sentido común exige que si de sacrificios se trata, que los asuman los bancos y las corporaciones que no tributan, que empiecen a tributar lo que nos deben y devuelvan el dinero que el Estado les regaló durante la crisis de 2008.

Madrid, cuyos impresentables poncios del Ayuntamiento y del desgobierno regional se jactan de pertenecer a la urbe más rica de España -gracias a las concesiones hechas a los ricos inversores extranjeros y locales-, Madrid, digo, alberga en su interior 1.400.000 pobres, casi el 20% de su población trabajadora, que no puede vivir de un solo salario. Añadamos los parados y sus familias. ¿Es en verdad Madrid la más rica ciudad de España?

El objetivo básico, hoy, para las mayorías sociales asalariadas, consiste en adscribirse a una meta democrática colectiva, que trascienda esa coerción del asfixiante poder económico y político local e imperial y que aglutine política y parlamentariamente a sus víctimas mediante un voto lo más unificado posible. La unidad es trabajosa. Pero la consigna es clara: Casa y Escuela. Vota Democracia. Vivir dignamente es condición imprescindible para soportar un orden de vida que, abducido por el mundo del capital, deviene en desorden humano y ha demostrado, para millones de españoles, que no merece legitimación mientras esos dos vectores, escuela pública y vivienda, no queden satisfechos mayoritariamente.

Simplismo tóxico

Escuchar a una inquilina sindicada decir que le da igual quién salga en las urnas e identificar al pequeño casero de uno o dos pisos con el fondo buitre y con el casero explotador de treinta o cincuenta inquilinos, causa una desesperanza profunda. ¿Quién va a gestionar políticamente las reivindicaciones sociales mayoritarias más acuciantes? ¿La nada? ¿La banca? ¿Acaso da igual que la extrema derecha gobierne aquí a que lo hagan representantes electos con conciencia social y que pelean a diario por los intereses de todos en medio de obstrucciones judiciales sin cuento? El recurso al simplismo es el principal enemigo de la razón y del progreso. No todos los gatos son pardos. Es completamente necesario que fluya el voto de la mayoría. El pasotismo es el principal enemigo, hoy, del progreso y de la justicia. Para evitar futuros desmanes del poder, el control social a través de la participación democrática de la ciudadanía es imprescindible.

¡Pues claro que es difícil satisfacer sendas reivindicaciones de casa y escuela! Pero también es posible conseguir satisfacerlas. De momento, se necesitan herramientas políticas, de poder propio, para decidir cómo satisfacer esos anhelos. Ahora es la ocasión de descartar de nuestro voto a quienes no se proponen lograr esas metas sociales y se empeñan en rechazarlas por orden del patrón-capital. Procede entonces dar el voto a las organizaciones políticas comprometidas en conseguir esos objetivos sociales.

Es preciso tomar conciencia contra una fórmula tóxica que el capitalismo ha inyectado en muchas, demasiadas mentes. Consiste en hacernos creer que el éxito en la vida depende únicamente del esfuerzo personal. Ergo, el fracaso personal, dicen, también lo decide cada uno. Esto es rotundamente falso. Uno no determina ni la oportunidad de trabajar, ni elige su trabajo, ni los medios para hacerlo, ni los salarios. Las condiciones de existencia de todos y cada uno de nosotros están impuestas y subyugadas por todo un entramado, controlado por el capitalismo y sus agentes políticos, que reduce la autonomía individual, la creatividad y la inteligencia al mínimo.

Idiotización masiva

Para ello, cuenta con poderosas armas de idiotización masiva, desde la tecnología desenfrenada y la colonización de las redes al ocio alienante en todas sus formas. Porque ese montaje obedece al propósito de ocultar que la riqueza que genera el trabajo, trabajo que es siempre colectivo y capaz de parir herramientas y máquinas tan sofisticadas, por ejemplo, como la Inteligencia artificial, se quede en manos privadas. Ese es su objetivo prioritario. Todo vale para lograrlo. Si debe arramplar con la democracia, destruye la democracia. Lo estamos viendo por doquier.

Ese desequilibrio entre riqueza obtenida colectivamente y apropiación privada de la riqueza determina la desigualdad social, quiebra necesaria para que el capitalismo sobreviva. El tecnofeudalismo capitalista hoy vigente, que va por doquier vorazmente en busca del valor ajeno, genera cada vez más clases subalternas y, tras explotarlas al máximo, las desprovee de todo valor y quedan así desvaluadas. Por ello, se permite expulsar a los trabajadores y jubilados de sus viviendas, por la imposibilidad práctica de ellos de acceder a pagar alquileres inhumanos, dada la postración salarial previamente impuesta. Trata de extraer beneficio ensalzando la escuela privada, de pago, para las élites de los ricos, degradando la escuela pública, puesto que ésta incluye el peligro para el capitalismo de que con aquella germine la igualdad social de ascenso social y oportunidades. Claro que, para mantener el negocio, apretarán al máximo y el que no acepte o no pueda afrontar esa impostura, a la calle. Ya vendrá un compatriota desalmado o un turista insolidario a reemplazar al asalariado o al jubilado desahuciado.

La calle se ha movilizado. La escuela pública, también. Su justo clamor atruena las conciencias. Su causa es justa. El poder lo sabe. Pero los reprime. El antidisturbios que golpea frenéticamente al maestro y al estudiante que se manifiestan en paz a favor de la escuela pública por el bien de los hijos de ambos o ha recibido instrucciones para comportarse como un autómata o, en ausencia de tal, su mente ha sido colonizada por quienes desde micrófonos, cámaras o columnas de opinión llevan demasiado tiempo envenenando conciencias con un rencor y un odio desaforados, eso sí, ocultos bajo banderas de España. Muy turbia la reciente carga de los antidisturbios en Madrid. La generación que soportó las cargas de los grises y aplaudió su disolución y su reemplazo por una policía democrática no está dispuesta a que las demás generaciones sufran retrocesos antidemocráticos insoportables, como el que hemos visto en la Facultad de Ciencias madrileña. Ojo con retroceder en lo que tanto tiempo costó conseguir. Para impedir cualquier arbitrariedad, cualquier asalto contra los intereses de la mayoría social, la mejor consigna a seguir el 29 N, según los que saben, es Casa y Escuela. Vota Democracia. Y la participación política, el control democrático del poder y de los poderes, una obligación ciudadana ineludible, desde ahora mismo.

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