A veinticinco días de la cita electoral del 29-N, los movimientos peristálticos del proceso pre campaña dibujan un teatro de operaciones tan dispar que nada ni nadie puede arrojar más luz de la necesaria y garante de seguridad que la emanada de las trabajadas firmas objeto de encargo por las grandes corporaciones o grupos de comunicación. Estas sociedades de labor demoscópica vierten a primeros de semana el balance de sus desvelos facturables, entre los cuales se encuentran estos fenómenos extraordinarios que alteran los números y las líneas de desarrollo de voto según la naturaleza de los últimos acontecimientos.
Por últimos acontecimientos se deben anotar tres de ellos, a saber: elecciones de Brasil, accidente de Urda y elecciones de medio mandato, como se gusta llamar en los Estados Unidos. Los resultados en los Estados Unidos, que suponen una esperanza en el final de la supremacía trumpista, venían señalados por el acierto del designio de las encuestas. Los dos restantes suponen la entrada en el territorio del misterio y de la sorpresa, insondables ambos, para el servicio del asombro. Lula, el jefe de estado brasileño, ha renovado su mandato por derecho propio en las urnas con el asesoramiento sorprendente de una ingeniería demoscópica hasta entonces en situación agachada profesionalmente hablada, es decir, subacuática, sin asomar a la superficie pública hasta el momento necesario, es decir, cuando se ganan las elecciones. Se habla de André Janones, magisterio de la interioridad de voto, para desesperación de Bolsonaro.
Segundo en el orden de la sorpresa: el accidente ferroviario. Nada ni nadie podía imaginar un segundo siniestro tras el citado desastre de Ademuz, provincia de Córdoba. En la misma vía y en el mismo tren de alta velocidad que hace nueve meses, nueva catástrofe y simultáneo fenómeno. Lo primero es sensorialmente humano, pena, abatimiento y tristeza, por la pérdida de vidas humanas y sus consecuencias depravadas de desgaste emocional de familiares y amigos. Lo segundo, la pérfida traducción al lenguaje del aprovechamiento político por la salpicadura política del desastre, con el chapoteo y alcance al ministro del transporte y las infraestructuras del desarrollo. Óscar Puente y Pedro Sánchez, ministro y presidente de gobierno, estrechamente unidos en la salud y en la enfermedad políticas. Seis días desde el suceso de Urda han pasado por el tamiz del desconsuelo y paralelamente por el ardor de la victoria, todavía en la fase de probeta de la tabulación, cifras y letras en estado de primer o segundo hervor, el “ya está hecho” y el “ya veremos” en pugnaz batalla por los escaños.
En diez horas mal contadas se ha producido la dimisión de Puente como ministro y candidato por Valladolid y el éxito incomparable de los demócratas en los Estados Unidos de América, unidos lo cuales como cosas que pasan en longitudes y latitudes distintas, con producción de efectos que deben ser tratados en la coctelera que arroja resultados a primeros de la próxima semana en digitales y noticiarios. Puente fijó su comparecencia seis días después del accidente en el parlamento en fase decreciente de animadversión en la Diputación Permanente para dictar su última defensa propia con final feliz/infeliz de dimisión, doce minutos antes del gol de Lamine Yamal, que no se pueden entorpecer los ejercicios de magia. El caso es que el ya ex ministro de Transportes acudió con tal entereza a la autodestrucción política, que no técnico, de su comparecencia letal que su renuncia ha ejercido en la oposición tal incredulidad que se confunde con adversidad, lo que lleva a pensar que la desaparición del vallisoletano en realidad opera desde este momento como vitamina en la potencialidad socialista de cara al día 29 de noviembre.
Lo que decía con más sensibilidad Juan Benet, en “Una meditación”, en 1969 , reeditado por Ediciones RBA, 1993, “suspiro amoratado del horizonte”. Ya dormía con el duermevela Puente, como concluyó en réplica a Esther Muñoz, la portavoz del Partido Popular en la Diputación, con pérdida de peso antropométrico y ganancia en el audaz dialéctico, cuando asomaban los primeros resultados de los colegios de la costa Este de la geografía USA. Los mismos que arruinaban las aspiraciones del presidente Trump, cuyos poster y frame abundan en los parámetros de Vox. Las tres llamaradas en el calendario pre electoral, dos en beneficio de viento internacional del partido socialista, y una, la doméstica, el accidente de tren, en contra del optimismo inicial, pueden tener un correlato de elasticidad favorable al partido en el gobierno con la salida de acento digno de Puente y la sustitución de orden canónico de Carlos Cuerpo, cuyo perfil todavía no ha sido imputado por la animosidad de la caverna mediática, ahora que la deriva parlamentaria está interrumpida y la judicial tácticamente estéril.
Todo ello redunda, pues, en el inicio de un tiempo nuevo en este momento electoral que se consideraba amortizado pero que ha sido sacudido por la fortaleza de ánimo de Óscar Puente, que se defendió para refutar lo que en palabras de la misma obra de Juan Benet son “reiteraciones por lo general de un acto que se hace consuetudinario antes que lógico”. Esto es, que lo que dicta Iker Jiménez vale más que lo que diga un cargo de ADIF, aunque se llame Eugenio Nasarre Alonso.





