Los bolcheviques ante la cuestión nacional, según Andreu Nin
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Continuamos con nuestra serie que estudia el planteamiento de Andreu Nin sobre la relación entre el marxismo y el nacionalismo, en el extenso artículo que publicó en Leviatán en su número de septiembre de 1934.
En la anterior entrega terminamos con la postura de la Segunda Internacional sobre la cuestión nacional, rechazando tanto la posición polaca como la de Rosa Luxemburgo, que consideraba que la socialdemocracia nada tenía que ver con la cuestión nacional. Ahora tocaba estudiar la posición del bolchevismo.
Lenin había tratado la cuestión aplicando, según Nin, de forma magistral el método marxista a las situaciones históricas concretas. Así pues, todo movimiento nacional tendría un contenido democrático que el proletariado debía sostener sin reservas. Una clase que combatía encarnizadamente todas las formas de opresión no podía mostrarse indiferente a la opresión nacional. No se podía negar el hecho nacional. La posición “seudointernacionalista”, que negaba este hecho y preconizaba la creación de grandes unidades, estaba sosteniendo, en la práctica la absorción de las pequeñas naciones por las grandes, y, por lo tanto, su opresión. El proletariado no podía tener más opción que apoyar el derecho indiscutible de los pueblos a disponer libremente de sus destinos y a constituirse en un Estado independiente si ésta era su voluntad.
Pero el reconocimiento de este derecho considerado indiscutible a la separación no implicaba que la propaganda en favor de la misma se pudiera dar en todas las circunstancias, ni que se considerara siempre como un “hecho progresivo”. El reconocimiento del derecho cimentaba la solidaridad indispensable entre los trabajadores de las distintas naciones que integraban el Estado. Al sostener este derecho, el proletariado no se identificaba con la burguesía nacional, siempre interesada en subordinar los intereses de clase a los intereses nacionales, ni con las clases privilegiadas de la nación dominante, que buscaba convertir a los trabajadores en cómplices de su política de opresión nacional.
La lucha por el derecho de los pueblos a la independencia no presuponía la disgregación de los obreros de las distintas naciones que formaban el Estado. Los bolcheviques habían insistido en la necesidad de la unión de todos los trabajadores de dichas naciones para la lucha común por la democracia y habría combatido toda tendencia que conducía a dar al partido obrero una estructura federalista. El Partido bolchevique habría sido, en consecuencia, una organización fundamentalmente centralista.
Esa política se contemplaba como la única susceptible de garantizar el derecho absoluto de las naciones a decidir su suerte, de destruir los “chauvinismos” unitarios y nacionalistas, de acabar con la rivalidad de los pueblos, de sellar la unión del proletariado y de sentar las bases de las futuras confederaciones. El ejemplo sería la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Su existencia demostraba que la cuestión nacional solamente podía ser resuelta con la revolución social y la instauración de la dictadura del proletariado. Eso no se podría hacer nunca en el marco de la democracia burguesa.
Seguiremos.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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