Los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Entre el 3 y el 8 de mayo de 1937 se produjeron unos hechos muy importantes en Barcelona, los denominados Sucesos o Jornadas de mayo, que coronaron en enfrentamiento violento las tensiones crecientes entre los anarquistas y los comunistas (aunque el sector no estalinista del comunismo se alineó con los primeros), pero en el que también estuvieron involucradas las autoridades republicanas y de la Generalitat, y el nacionalismo catalán. Plasmaron de forma descarnada la intensa división interna en el bando republicano, especialmente en Cataluña y Barcelona, pero, en realidad, también en el resto de la España republicana.
Desde la misma derrota de los sublevados en Barcelona fue evidente que entre los vencedores las diferencias eran notorias. Por un lado, estaban los anarquistas en torno a la CNT-FAI, muy poderosos por su protagonismo en aquella derrota, y muy fuertes en el Comité de Milicias Antifascistas y en las Patrullas de Control. No muy alejados estaban los marxistas no estalinistas del POUM, pero el resto del comunismo, se aglutinaba en el PSUC y en el PCE, en la órbita soviética. También estaba la UGT, sin olvidar la importancia del nacionalismo catalán de izquierdas vertebrado a través de la Esquerra. Por fin, se encontraban las autoridades republicanas, fundamentalmente en relación con la Generalitat. El anarquismo quería que la guerra supusiera también el triunfo de la revolución, frente al comunismo estalinista que, respetaba la legalidad republicana con el fin prioritario de ganar la guerra. El marxismo no soviético, además de renegar de Stalin, se sentía más próximo a los anarquistas en la idea de priorizar la revolución.
Desde el invierno de 1936 la tensión en Barcelona fue creciendo porque el PCE agudizó su campaña contra el POUM. Por su parte, la Generalitat, especialmente a través de Tarradellas, quería controlar más y mejor las fuerzas de seguridad, ordenando que los miembros de la policía no tuvieron filiación política, buscando terminar de una vez por todas con las Patrullas de Control. Además, Tarradellas ordenó la entrega por parte de todas las organizaciones de las armas que tenían. Eso provocó una gran tensión con los anarquistas aunque consiguieron no entregar las armas y que no desaparecieran las Patrullas porque, al final, el propio Companys cedió para evitar enfrentamientos. En todo caso, las tensiones no desaparecieron a medida que avanzaba la primavera de 1937.
El hecho que precipitó el estallido del enfrentamiento violento fue la toma de la central telefónica de Barcelona por la Guardia de Asalto. La decisión se tomó porque la CNT controlaba las comunicaciones telefónicas y se habían saboteado llamadas de las autoridades de la República en relación con Cataluña, incluida una entre Azaña y Companys. La CNT-FAI había tomado la compañía al comienzo de la guerra, colectivizándola. Así pues, un grupo de doscientos policías mandados por el consejero de Orden Público de la Generalitat, Rodríguez Salas, se dirigió a la central. Pero eso fue considerado como una provocación por parte de los anarquistas que defendieron la colectivización. Se abrió fuego desde el rellano de la segunda planta contra el departamento de censura donde se encontraba Rodríguez Salas, que tuvo que pedir ayuda a la Guardia Nacional Republicana y a dos jefes de las Patrullas de Control, uno de ellos anarquista, Dionisio Eroles, que convenció a sus compañeros que cesasen de disparar.
Pero los acontecimientos se precipitaron. Una muchedumbre se congregó en la Plaza de Cataluña, y todas las organizaciones de distinto signo se movilizaron, sacaron sus armas y se formaron barricadas. Los enfrentamientos duraron en gran parte de la ciudad hasta que llegaron refuerzos de la Guardia de Asalto a Barcelona, venidos desde Madrid y Valencia, al mando del teniente coronel Emilio Torres que, curiosamente, gozaba de cierta simpatía por parte de los anarquistas. En todo caso, la CNT ya había hecho llamamientos antes para que cesase la violencia y que se volviera al trabajo. Al final, la Guardia de Asalto procedió a desarmar y a detener a muchos miembros de la CNT-FAI, del POUM y otras organizaciones. El día 8 regresó la normalidad a Barcelona y comenzaron a desmontarse las barricadas. Se calcula que murieron unas quinientas personas y hubo unos mil heridos.
Las Jornadas de Mayo tuvieron muchas lecturas y consecuencias. En primer lugar, se demostró que en el universo anarquista ya no había la unanimidad de antaño. Mientras los ministros anarquistas que habían entrado en el Gobierno de Largo Caballero se habían convencido de la necesidad de concentrar las energías en ganar la guerra, los jóvenes anarquistas seguían defendiendo ante todo la revolución. En este sentido, García Oliver, que antes había tenido tanto predicamento en el anarcosindicalismo perdió gran parte del mismo. En todo caso, la CNT-FAI, aunque perdió influencia, no fue represaliada en exceso porque seguía siendo muy poderosa, y continuó siendo un elemento fundamental. Pero la situación no fue igual en el universo comunista porque el PSUC y el PCE, con la clara directriz soviética, no estaban dispuestos a tolerar la existencia del POUM. Consiguieron que el Gobierno ilegalizara la formación. Julián Gorki sería detenido y lo más grave, se asesinó a Andreu Nin. Nada más ser detenido corrió el rumor que había sido asesinado, y hasta la antigua ministra de Sanidad, Federica Montseny, planteó públicamente este hecho. En el propio Gobierno de la República no se sabía que había pasado. Una especie de versión semioficial hablaba de que había sido liberado de la checa donde estaría detenido por gente próxima a la Gestapo, una interpretación evidentemente inverosímil. Al final, debió ser asesinado por orden del NKVD soviético en Alcalá de Henares o en El Pardo.
La Generalitat de Cataluña fue restaurada con el apoyo del Gobierno central y de los comunistas. Por otro lado, el Gobierno de Largo Caballero cayó con los ministros anarquistas incluidos. Los comunistas adquirieron más poder en la República, y Juan Negrín accedió a la presidencia del Gobierno.
En ese mismo año, pero en el otoño, el Gobierno de la República se desplazó desde Valencia donde se había trasladado en el otoño anterior ante la eventual caída de Madrid, hecho que no se produjo, a Barcelona. Pero, además, en la capital catalana se instaló el Gobierno vasco con el lehendakari José Antonio Aguirre a la cabeza al caer el País Vasco en poder de las tropas sublevadas. Así pues, a partir de entonces Barcelona fue, además de capital de Cataluña, capital de la España republicana, añadiendo complejidad institucional a la ya por sí difícil situación existente entre los distintos sectores y organizaciones.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.