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Las reflexiones de José Chueca Ostolaza sobre los terrorismos en 1921


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

José Chueca Ostolaza fue un intenso personaje en la Zaragoza de las primeras décadas del siglo XX. Vendedor de periódicos, fue un activo anarquista desde la Juventud Libertaria, colaborando en distintas publicaciones, como Acción Libertaria, Cultura y Acción, Vía Libre, Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, entre otras. A comienzos de la década de los años veinte era redactor de El Comunista, publicación zaragozana, aunque en 1923 tuvo que marcharse a Cataluña. Después, en 1924 terminaría ingresando en la Agrupación Socialista de la capital aragonesa, colaborando en distintas ocasiones en El Socialista.

En el número del primero de marzo de 1921, estando en la cárcel, precisamente, publicó en El Socialista un artículo sobre los distintos terrorismos: “Ni terror rojo ni terror blanco”. Debemos recordar que Chueca estuvo en la prisión provincial en diferentes ocasiones. En el momento de este artículo llevaba desde agosto del año anterior, no saliendo hasta octubre de 1921. El artículo se inserta en el contexto de una clara espiral de violencia, especialmente en Barcelona.

Chueca consideraba que sobre la violencia nada se podía edificar duradero. La violencia solamente servía para destruir, pero no para construir. Defendía que siempre había sido un enemigo de la violencia, que no de la revolución porque no serìan lo mismo, aunque la revolución fuera violenta. Explicaba que ya en Tierra y Libertad y Solidaridad Obrera, en 1910, habían aparecido artículos suyos, es decir en su primera etapa anarquista, combatiendo los atentados personales y el terrorismo. Esta había sido una constante suya, aunque en otras cuestiones hubiera cambiado de opinión, como el mismo admitía, seguramente en relación con su evolución del anarquismo al socialismo.

Los atentados personales y el “terrorismo dinamitero” serían contraproducentes, perjudiciales en grado sumo para la causa proletaria. El crimen era siempre crimen, fuera que quien fuera el que lo realizara; daba igual que se cometiera en nombre de la libertad que cuando lo realizaba un defensor de la tiranía. Creer que por medio del crimen se favorecía una causa era un error imperdonable. La causa más justa quedaba, de esa manera, manchada y se desacreditaba.

Así pues, asesinar patronos y esquiroles, y colocar bombas en sitios donde se podían causar víctimas inocentes era, en su sentir, algo abominable, digno de la mayor condena.

Chueca era un enemigo de la pena de muerte, y la condenaba tanto si era aplicada por los partidarios del régimen establecido, como cuando la practicaban los enemigos del régimen.

Una vez dejado bien claro que era un enérgico enemigo de la violencia, y a pesar de su llegada al socialismo, Chueca no culpaba al sindicalismo ni al anarquismo de la violencia, de los atentados. La mayoría de los sindicalistas y anarquistas habían condenado siempre esos procedimientos, pero también parecía indudable que anarquistas y sindicalistas habían perpetrado muchos de esos actos de violencia, creyendo que matando patronos y esquiroles iban a conseguir derribar al “régimen burgués” y establecer el comunismo libertario.

Los grupos terroristas obrarían, en su opinión, al margen de las organizaciones sindicalistas y anarquistas. De lo único que se podía acusar a esas organizaciones era que no habían combatido esos procedimientos con mayor energía.

Pues bien, el terror rojo, como el habría previsto, solamente podía traer el terror blanco. Chueca afirmaba que España no estaba en condiciones de hacer una revolución social, y mientras el triunfo de la revolución fuese improbable toda violencia ejercida por la parte de los trabajadores era contraproducente.

Los actos violentos de ciertos elementos habían conducido a la triste situación en la que se encontraba el país, en referencia al clima de violencia cruzada existente en este momento histórico, especialmente en Cataluña. Como en situaciones parecidas, afirmaba Chueca, los patronos y las autoridades, con el pretexto de terminar con los atentados, habían aprovechado la ocasión para intentar destruir a los sindicatos obreros y perseguir a quienes luchaban por “sus derechos de hombres y sus intereses de clase”. Por eso se ilegalizaba al sindicalismo y al anarquismo, y sus seguidores eran perseguidos peor que si fueran criminales. La reacción aparecía triunfante, y el terror blanco habría vencido al terror rojo.

Como vemos, nuestro protagonista era contundente al afirmar que el terror rojo había fracasado, aunque anunciaba que el blanco, “más abominable aun que el rojo” también fracasaría.

Ni unos ni otros conseguirían nada por procedimientos violentos. La violencia de abajo solamente podía desaparecer si la burguesía reconocía el derecho de los trabajadores al bienestar y la libertad. Para que cediese la violencia de arriba era necesario, por su parte, no dar pretextos para ejercerla.

Chueca hacía un llamamiento a la reflexión de unos y otros para que cesase la violencia.

Hemos trabajado con el número 3761 de El Socialista de 1 de marzo de 1921. El texto estaba firmado el día 27 de febrero, en la Prisión de Zaragoza. Sobre Chueca hemos escrito en El Obrero, y también podemos consultar el Diccionario Biográfico del Socialismo Español.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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