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Jouhaux y el deber de los obreros contra la guerra


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Léon Jouhaux (1879-1954) fue un destacado sindicalista francés, que recibiría en 1951 el Premio Noble de la Paz. Su compromiso sindical nació, sin duda, cuando fue víctima de la represión del movimiento obrero que su padre padeció y que le impidió poder iniciar estudios secundarios. Con dieciséis años ya estaba en la lucha. En 1906 sería elegido para un cargo en la CGT, y gracias a su capacidad de trabajo pudo progresar en la central sindical. En 1909 sería elegido secretario general, responsabilidad que desempeñó nada más y nada menos que hasta 1947.Jouhaux se destacó por las luchas por la jornada de ocho horas, por el derecho a la sindicación, por la necesidad de que se firmaran convenios colectivos y por las vacaciones pagadas. Fue uno de los protagonistas de los trascendentales Acuerdos de Matignon de 1936, firmados con el Gobierno del Frente Popular. Fue también líder de la Federación Sindical Internacional.

Jouhaux fue un comprometido defensor de la paz, como veremos en este artículo, aunque luego, ante el horror nazi, no dudó en luchar contra ellos, por lo que sería arrestado y deportado a Buchenwald.

El texto que aquí analizamos se escribió y publicó a raíz de la jornada internacional contra la guerra en marzo de 1924, bajo la iniciativa de la Federación Sindical Internacional, la conocida como Internacional de Ámsterdam.

Jouhaux consideraba que la principal de las preocupaciones del movimiento obrero internacional era la lucha contra la guerra, citando a Jaurès, que había afirmado que el deber esencial del proletariado estaba siempre en trabajar por el desarme de los pueblos. Pero, además, en el momento que escribía el líder sindical francés, la generación presente tenía de sobra conocida la prueba de que el ideal obrero era incompatible con el nacionalismo, el militarismo y la guerra.

Era evidente que en la mente de todos estaba la experiencia aterradora de la Gran Guerra, y que las víctimas de la misma habían sido los trabajadores, pero no solamente por la sangre derramada, sino también porque las consecuencias en la posguerra, en paro, condiciones lamentables de vida y falta de alimentación, sin olvidar la amenaza que se dirigía contra las condiciones de trabajo y las conquistas alcanzadas. Frente a un capitalismo enriquecido con la guerra había una clase obrera empobrecida.

Pero Jouhaux también expresaba, y lo interpretamos como una crítica al socialismo, que los que habían anunciado el hundimiento del viejo régimen y habían proclamado su quiebra se habían confundido de forma evidente. Recordemos, y ahora estamos interpretando sus palabras, que por viejo régimen no se refería a las reminiscencias del Antiguo Régimen, que habían persistido durante el siglo XIX y que se liquidaron con la Gran Guerra, sino al capitalismo. El socialismo europeo, a través de la Segunda Internacional, y siguiendo nuestra interpretación, había proclamado que el estallido de la guerra provocaría el colapso del capitalismo. Jouhaux, en línea con lo que había afirmado anteriormente, anotaba que la reacción había puesto a las organizaciones obreras a la defensiva, un aspecto que hemos comprobado, por nuestra parte, en otros acercamientos a la situación de la clase trabajadora europea en los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra, como vimos con el ataque patronal a la conquista de la jornada laboral de las ocho horas, considerada como un obstáculo para la recuperación económica.

Todos estos hechos eran considerados como dificultades que se oponían a la acción sindical internacional a juicio del líder de la Federación, pareciéndole que había que tenerlos en cuenta y aceptarlos como una lección que daba motivos para detestar la guerra.

Jouhaux hacía una reflexión sobre cómo los nacionalismos, criados los unos a los otros, se mantenían de odios y desconfianzas provocados por cada uno de ellos, que pretendían combatirse pero que, en realidad se respaldaban mutuamente, terminado por negar la libertad. Había ya muchos ejemplos que mostraban los manejos de los nacionalismos bajo la forma de la dictadura y de cómo se explotaba hipócritamente el sentimiento patriótico, todo asociado al capitalismo y dirigidos contra las fuerzas obreras.

Por consiguiente, el deber de la clase obrera era el de oponerse a la guerra y a las causas que la podían desencadenar.

Hemos trabajado con el número 4718 de El Socialista, de 22 de marzo de 1924.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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