Rosa Luxemburgo, para Julio Álvarez del Vayo
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
A propósito de la publicación en Alemania de las obras completas de Rosa Luxemburgo, Julio Álvarez del Vayo reflexionó sobre su figura en el número del primero de mayo de El Socialista de 1930. Se trataría de un ejercicio de reivindicación marxista en toda regla, a través de la destacada socialista.
Para el intelectual socialista Rosa Luxemburgo había desarrollado una producción extraordinaria, asombrosa. Pero lo importante por encima de la cantidad era la calidad. Había desarrollado una línea clara de pensamiento. Rosa Luxemburgo pertenecería a la mejor tradición marxista. Como el maestro había sabido escoger de guía en su apreciación de los hechos sociales el criterio de totalidad que aplicado a la Historia daba vida al socialismo científico. En ese sentido, no bastaba con acentuar la influencia decisiva del factor económico en la marcha del mundo. En realidad, ya lo había hecho otros antes que Marx, pero era necesario poner lo total sobre lo parcial, y eso lo había hecho el autor de El Capital al extraer de la filosofía hegeliana el método.
Eso mismo había hecho Rosa Luxemburgo, es decir, el ejercicio de totalidad al que se refería Álvarez del Vayo en relación con Marx, un criterio aplicado al examen de las cuestiones económicas y políticas, con el capitalismo y el proletariado como factores esenciales.
Álvarez del Vayo explicaba que dentro de la crisis teórica que había supuesto el revisionismo de Bernstein, las ideas de Marx habían renacido con Rosa Luxemburgo y su obra La acumulación del capital, así como, con Lenin y su Estado y Revolución.
Frente a ese revisionismo que, siempre según Álvarez del Vayo, se basaba en las concesiones parciales a favor de la “realidad inmediata” y en haber perdido toda la fe en la revolución y, por tanto, se habían entregado a la reforma, aparecía Rosa Luxemburgo, en clara alusión a su conocido combate de la postura revisionista. La cuestión tenía que ver con las transformaciones del capitalismo, con sus nuevas modalidades que habían desconcertado a algunos, pero no a Rosa Luxemburgo. Ella había considerado que esos cambios eran simples variantes, pero incapaces de variar o torcer el curso del proceso histórico. Mientras unos veían que el capitalismo no terminaría, es decir, que se transformaba para continuar, Rosa Luxemburgo descubría los puntos flacos del aparente resurgir del capitalismo. Esa especie de reforzamiento lo que estaba haciendo era incidir más en las causas de su desaparición.
Pero Rosa Luxemburgo no solamente había combatido el revisionismo, que lo único que había sido era ser un intento de convertir al socialismo en un simple radicalismo reformista de ideología burguesa, según nuestro autor, sino que también se había enfrentado el afán de los humanistas que estaban buscando una nueva fundamentación moral del movimiento obrero. El socialismo no necesitaba rehumanizarse. Para ella la ética, que daría elevación y trascendencia histórica al socialismo, se encontraba en la conciencia de clase. La necesidad económica y la conciencia de clase eran los motores del proletariado para rebelarse contra el régimen de explotación, traducida la rebelión en una lucha por la emancipación de la Humanidad. Esa lucha del proletariado por sacudirse el yugo capitalista estaba realizando una función moral fundamental en la Historia, la de librar a la Humanidad de la esclavitud, la desigualdad y la injusticia. Por eso, ni Rosa Luxemburgo ni Julio Álvarez del Vayo entendían que hubiera que humanizar más al socialismo.
Otra cuestión que destacaba nuestro autor de la socialista polaca era su defensa de la unidad entre teoría y práctica, sin la cual todo movimiento se arriesgaba a fracasar. Consideraba que eran muy interesantes sus aportaciones en un tema complejo como era el de la organización y el partido. Frente a los que consideraban que el partido y la revolución eran una cuestión de número, una especie de puro ejercicio aritmético, Rosa Luxemburgo ponía el acento en que el partido y la organización eran más que una premisa, consecuencias del proceso revolucionario. A través del proceso, con sus éxitos y fracasos, era como la organización y el partido se hacían, se fundían con las masas, atrayendo a los indecisos a sus filas.
Las reflexiones de Álvarez del Vayo terminaban con la frase que Lenin dedicó a Rosa Luxemburgo cuando fue asesinada, con la que, precisamente, se encontraba en plena polémica sobre la táctica rusa en las cuestiones del campo:
“Una águila ha caído”
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.