Pablo Iglesias y la huelga general
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
En el año 1904, Le Mouvement Socialiste de París abrió una especie de encuesta o información abierta sobre la huelga general. Le Mouvement Socialiste fue una revista bimensual, fundada en 1899 por Hubert Lagardelle, y que estuvo en la calle hasta 1914.
En esta encuesta participaría Pablo Iglesias. Este artículo trata sobre la opinión del líder socialista al respecto, y que nos ayuda a seguir profundizando sobre la huelga desde el punto de vista del movimiento obrero español, y en concreto sobre la general. Además, se trata de la visión de una verdadera autoridad del movimiento obrero, como bien sabemos, y en confrontación con el movimiento anarquista.
La huelga general tendría seis categorías:
- La planteada por obreros de un mismo oficio o grupo de oficios en una localidad.
- La que se realiza en una población por parte de los trabajadores de todas las profesiones.
- La declarada por una corporación o por varias en todo el país.
- La que realizan los obreros de todos los ramos de la industria en una provincia o nación.
- La que efectúan los trabajadores de un oficio en todo el país.
- La que se plantearía un día por parte de los obreros de todos los países donde imperase el régimen capitalista.
Para Iglesias la primera era la qué más se daba por parte de los trabajadores y la que generaba mejores resultados. Era la huelga que solía buscar la conquista de mejoras materiales o “morales”. Los casos del segundo tipo serían más raros y solían tener como finalidad el protestar por atropellos cometidos por autoridades e impedir que el atropello continuase. No solían ser huelgas para conseguir ventajas de tipo material.
La clase tercera de conflictos se vería con más frecuencia circunscrita a una parte de la nación que extendida a toda ellas. Los obreros solían emprender estas huelgas para alcanzar mejores condiciones de trabajo, y rara vez se empleaban para protestar por abusos de las autoridades.
La cuarta categoría era poco usual. Se solía declarar en una región como protesta contra la opresión del capital o del gobierno, y en toda la nación como medio de manifestar el deseo de que los poderes públicos concediesen reformas políticas, como el sufragio universal.
La quinta clase podía ser realizada por contadas corporaciones. Tendían a buscar la mejora de la situación de parte del proletariado, aunque otras veces se hacían para contrarrestar alguna iniquidad provocada por los capitalistas.
Para Iglesias la última, es decir, la revolución social, nunca se realizaría. Se preguntaba si los partidarios de esta huelga creían, realmente, que una minoría de obreros de todas las naciones abandonasen la vez el trabajo. Es más, si eso llegara a ocurrir, traería más males que bienes para el proletariado porque ofrecería, y señalaba el propio caso concreto español, ocasión a los que tenían el poder político para utilizar el ejército y la policía para perseguir a los trabajadores y sus organizaciones, dificultando gravemente esta cuestión, un asunto que, nunca nos cansaremos de repetir, siempre fue vital para Iglesias y para el movimiento obrero socialista, es decir, la organización casi como un fin en sí mismo.
Bien era cierto que las autoridades se ponían siempre del lado del patrono y su conducta era, a su juicio, censurable frecuentemente, pero se observaba que, en la mayoría de las huelgas bien preparadas y tramitadas, es decir, las emprendidas después de un análisis de los trabajadores, los agentes del poder solían conducirse de forma más tolerable y sin emplear medios o procedimientos brutales. En las otras sucedería todo lo contrario. Como los que convocaban estaban en minoría se veían forzados a poner en juego su astucia cuando no la violencia para generalizarlas. Pablo Iglesias explicaba que eso era lo que ocurría en España con los anarquistas.
Si se hablaba de huelga general referida a la eventualidad de que dejasen de trabajar la mayoría de los obreros de un país lo que se imponía entonces no era que los trabajadores se cruzasen de brazos para obtener una mejora de carácter general sino emprender una acción revolucionaria con el fin de asaltar la fortaleza capitalista.
Si lo que se pretendía era que la clase obrera fuera a la acción revolucionaria cuando contase con medios suficientes con empleo de la violencia para arrancar el poder a la clase enemiga se debía decir claramente y no llamarlo huelga general. Como vemos, Pablo Iglesias era muy crítico en esta cuestión. Consideraba que los partidarios de la huelga general o gran parte de los mismos no se cuidaban apenas de la revolución social, es decir, estaba criticando la idea de la espontaneidad, al afirmar que no hacían nada de lo que exigía para preparar su advenimiento. Esa forma de preparar huelgas era lanzar a los trabajadores a la acción revolucionaria a destiempo, sin conciencia exacta de sus intereses de clase, careciendo, además de la unión y organización necesarias.
Como estamos diciendo, Pablo Iglesias acusaba de todo esto a los anarquistas españoles por ser los que consideraba “voceros” de la huelga general en España. Cuando planteaban una huelga en una localidad, aunque fuera para aumentar el salario o disminuir la jornada laboral de un número determinado de obreros terminaban por querer convertirla en una huelga general, provocando choques violentos porque pensaban que de esos choques surgiría la chispa que pondría en marcha la revolución social. Para el líder socialista era una táctica descabellada, además de que siempre se negaban a cualquier tipo de transacción o de que hubiera cajas de resistencia. Lo que pretendían era que los obreros en huelga, desesperados por el hambre y la negativa de los patronos a conceder lo que se reclama, acudiesen a la “lucha tumultuaria”.
Los resultados de esta clase de huelgas generales siempre eran funestos y nunca terminaban en victorias: disolución de organizaciones obreras, procesos, persecuciones y encarcelamientos.
La única huelga general que había triunfado en España hasta el momento había sido la de los mineros de Bilbao en 1905, y que había sido sostenida por los socialistas. Las causas de dicho triunfo tenían que ver con la finalidad de la misma, pero también con las condiciones en que se dio. Las peticiones de los mineros habían sido modestas y basadas en una evidente justicia, reconocida incluso por gente extraña al proletariado. Es verdad que hubo violencia, pero no por culpa de los trabajadores.
Pablo Iglesias consideraba que no podía negarse en principio la utilidad eventual de una huelga de todos los oficios en una población, región o nación para alcanzar alguna mejora económica o política. Pero encerraba peligros, sobre todo si era una huelga regional o nacional, por lo que solamente debía plantearse en casos extremos y en condiciones excepcionales. Como vemos, era muy realista. Explicaba que había problemas, como los de la falta de homogeneidad en la masa huelguística, ya que se pertenecía a oficios distintos, y porque unos obreros estaban asociados y otros no, por el distinto grado de educación societaria de una parte, etc. por lo que hacía muy difícil poner en marcha una huelga general.
En relación con la huelga general internacional también veía problemas, especialmente porque se preconizaba en países con apenas organización obrera. Era un sueño y defenderla era algo perjudicial porque conducía a los obreros a acciones contrarias a sus intereses.
Por eso, el primer objetivo era siempre fortalecer la organización obrera para preparar a los trabajadores para que en el futuro pudieran arrancar revolucionariamente el poder al capitalismo.
El Socialista recogió esta respuesta de Pablo Iglesias en el número 1542 del 13 de agosto de 1913.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.