El retorno del gran hombre
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Tribuna Libre
El lenguaje importa. Las palabras que elegimos revelan las ideas subyacentes que se esconden detrás del discurso. Nada es inocente ni accidental cuando se trata de un relato humano. El análisis del discurso ha demostrado que el lenguaje es una herramienta de construcción social de la realidad, al mismo tiempo que refleja valores y arquetipos implícitos en el subconsciente colectivo. Disciplinas como la semiología muestran cómo se transmiten los valores sociales a través del lenguaje, mediante el relato que construimos de la realidad.
Últimamente, y de modo en parte inconsciente, nuestro relato de la realidad ha cambiado para reflejar nuevos valores: un cambio social. Si observamos los titulares de la prensa en los últimos meses, notamos que las menciones a nombres propios (Trump, Musk, Netanyahu, Putin…) se han multiplicado, mientras que los nombres de las instituciones y Estados que los eligieron como representantes han perdido protagonismo.
En estos titulares, por ejemplo, se analiza “la estrategia de Trump ante el programa nuclear de Irán” (The New York Times, 25 de diciembre de 2024), o se afirma que “Putin ataca Ucrania con más de 700 drones respondiendo a la ayuda de Trump a Ucrania” (El Mundo, 9 de julio de 2025); que “Trump no puede contener a Putin, que intensifica la ofensiva aérea en Ucrania” (La Vanguardia, 5 de julio de 2025); o que “Trump baraja sanciones contra Putin” (Europa Press, 8 de julio de 2025).
Esta referencia a nombres propios de grandes hombres no es nueva en nuestra manera de comprender los acontecimientos. En el siglo XIX, el historiador Thomas Carlyle formuló la teoría del gran hombre. En ella, inspirado en las biografías de figuras como Napoleón o Julio César, llegó a afirmar que “la historia del mundo no es más que la biografía de grandes hombres”. Estos se distinguían de la masa social no solo por una serie de características que los convertían en líderes innatos, sino también por la posesión de una “inspiración divina”.
Lo mismo ocurre hoy con los grandes hombres que manejan los hilos de la política mundial. A medida que se concentra en ellos el protagonismo de la toma de decisiones, también se les atribuyen cualidades casi sobrenaturales. Un ejemplo revelador fueron las declaraciones de Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU., tras los ataques a Irán, cuando restó importancia a los informes de las agencias de inteligencia frente al “asombroso instinto” de Donald Trump.
Del mismo modo que los autoritarismos de los años 30 se construyeron en torno a figuras heroicas —líderes salvadores de la patria—, la nueva masculinidad plenipotenciaria intenta reordenar una sociedad que se percibe como feminizada y, por tanto, débil. En estos nuevos discursos, la alteridad se encarna en una amalgama sociocultural: el inmigrante, el homosexual, la mujer feminista, el pacifista, el intelectual, el pobre o el político de izquierdas. Todos ellos son criminalizados como parte de una antipatria amenazante y engañosa.
Frente a ese “otro” construido como enemigo, lo viril adquiere tintes sagrados e imperiales, con atributos casi sobrenaturales. Y nadie encarna mejor esa masculinidad redentora que Donald Trump, que la refuerza con lemas como “Trump will fix it” (“Trump lo arreglará”).
No se trata, sin embargo, de un escenario desconocido en Estados Unidos, que siempre ha tenido presidentes hombres, representados como figuras paternas y arquetipos de la masculinidad norteamericana. Entre ellos destacan héroes militares como George Washington y Dwight D. Eisenhower, un actor que se convirtió en político como Ronald Reagan, y miembros de poderosas dinastías políticas como George W. Bush y John F. Kennedy. En el caso de Donald Trump, el hombre se presenta claramente como un “macho alfa” antiintelectual, conquistador tanto en lo económico como en lo personal. Ideológicamente, encarna además un neoliberalismo que se asemeja a una especie de “ley de la selva”, reforzando el establishment del patriarcado.
La definición de masculinidad de Trump ya fue un arma utilizada durante las primarias del Partido Republicano. La exhibió al burlarse de Marco Rubio por ser “demasiado débil” por hacer una pausa en un discurso para beber agua, o de Ted Cruz por no ser lo suficientemente masculino como para atraer a mujeres hermosas. Trump retomó este argumento para atacar a Cruz en redes sociales, comparando fotografías de Heidi Cruz y Melania Trump, y afirmando que Melania sería “una primera dama mucho más atractiva”.
Como colofón, en uno de los debates entre candidatos republicanos, Trump presumió abiertamente del tamaño de sus manos (y de lo que no son sus manos, por añadidura) en varios discursos. Mientras algunos interpretaron esto como una afirmación de fuerza y virilidad, para Gabriel Snyder, editor de New Republic, quedó resumido en la frase: “La política americana ha cruzado la instancia del tamaño del pene”.
A partir de ese momento, la campaña presidencial se desarrolló en términos de hipermasculinidad, a menudo salpicada de groserías, como estrategia deliberada. Así, Charlie Kirk, creador del podcast Turning Point USA, lanzó el lema: “Si eres hombre en este país y no votas por Donald Trump, entonces no eres un hombre”. Miembros clave de su equipo, como J. D. Vance, reforzaban este discurso afirmando que “los rasgos tradicionales masculinos están siendo suprimidos desde la infancia hasta la juventud” y lanzaban comentarios despectivos hacia las “mujeres sin hijos con gatos” que apoyaban a Kamala Harris.
Tras las primarias, Trump consiguió la victoria gracias al amplio respaldo de ese grupo social que el sociólogo Michael Kimmel denominó “hombres (blancos) cabreados”: individuos anclados en una visión obsoleta de la masculinidad que encontraron en la derecha populista global una válvula para canalizar su ira por los privilegios perdidos. Juntos, han derribado las barreras de lo “políticamente correcto” para desatar un discurso que alimenta el odio y la polarización.
Es un rasgo que comparte con su homólogo —a veces aliado, a veces enemigo— ruso. Vladímir Putin encarna en sí mismo todos los elementos identitarios de la masculinidad tradicional: un hombre fuerte, invulnerable, que impone respeto a través del miedo, la violencia y la competencia. Lo hemos visto presumir de sus habilidades como judoca, cabalgar con el torso desnudo, cazar o pilotar un avión de combate.
Este imaginario del macho dominante ha encontrado su reflejo en la política rusa, con la imposición de una cultura de guerra que exalta los valores del guerrero y el sacrificio por la patria. Como consecuencia, cualquier pacifista es rápidamente etiquetado como cobarde o traidor.
Y es que, en el caso de Rusia, no solo se promueven determinados valores, sino que también se persigue con dureza a quienes no los encarnan. En el caso de Putin, esta política se ha centrado especialmente en el rechazo y la persecución de la homosexualidad.
Sin embargo, Putin va más allá: existe un esfuerzo legislativo deliberado por imponer estos valores al conjunto de la ciudadanía. La "masculinización tóxica" de la sociedad rusa impulsada por su gobierno incluye medidas como la despenalización de la violencia doméstica, la prohibición de actividades de asociaciones LGTBI y la restricción de las adopciones por parte de parejas del mismo sexo. A esto se suman campañas estatales que promueven la maternidad temprana y numerosa entre las mujeres rusas, a quienes se responsabiliza exclusivamente de las bajas tasas de fertilidad.
A nivel interno, sin embargo, Putin goza de una enorme aceptación social que rara vez baja del 85%, según el Centro Ruso de Estudio de la Opinión Pública (VTSIOM). Este respaldo generalizado se basa, para el politólogo Valeri Solovéi, en la imagen de fuerza del presidente más que a ninguna otra variable.
Pero Trump y Putin no son los únicos. Una nueva generación de políticos se ha consolidado como profetas de lo que Alicia Puleo denominó la “contrarreforma patriarcal”. Así, la misoginia recurrente de Jair Bolsonaro ha sido sancionada por los tribunales de Brasil, mientras que los chistes y comentarios machistas de otros líderes sudamericanos, como López Obrador y Sebastián Piñera, han acaparado en numerosas ocasiones las portadas de los medios de comunicación.
Los nuevos líderes de la geopolítica actual encarnan una construcción subjetiva renovada de la masculinidad, caracterizada por una hipervirilidad que roza lo sobrenatural. Cuando esta visión se convierte en argumento y estrategia política, nos aleja irremediablemente de la democracia y nos acerca al autoritarismo. En el plano internacional, esta geopolítica del macho alfa legitima la guerra y el desprecio por los derechos humanos. Como resultado, el diálogo, la defensa de las instituciones y la empatía hacia los demás son vistos como señales inaceptables de debilidad.
Mientras, en su pretendida fortaleza, los nuevos superlíderes mundiales encarnan mejor que nadie la formulación del macho como ente depredador, tal como lo explica la antropóloga Rita Segarra: de territorios, de recursos y, en última instancia, de personas.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.