Cincuenta años después: la desmemoria de Franco
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Tribuna Libre
Hace hoy cincuenta años fallecía en la cama el general Francisco Franco, tras dirigir con mano de hierro la dictadura más larga de la Europa occidental. La imagen emblemática de aquel día sigue siendo la de Arias Navarro, presidente del Gobierno, pronunciando el ya célebre “Españoles, Franco ha muerto”. Él, conocido como “el carnicero de Málaga” por haber firmado más de 3.000 sentencias de muerte, lloraba desconsolado. Pero lo hacía más por sí mismo y por el tiempo que se avecinaba que por el difunto. Días antes había puesto en marcha la Operación Lucero, mediante la cual se mantuvo al Caudillo artificialmente con vida mientras se ultimaban los detalles del sepelio y de un nuevo régimen que debía ser “un franquismo sin Franco”.
El funeral se celebró el 23 de noviembre en el Palacio de El Pardo, residencia oficial del dictador y su familia. En una ceremonia en la que el obispo Vicente Enrique y Tarancón hablaba de “reconciliación”, frente al enfado evidente e indisimulado de los allegados de Franco, algunos pocos líderes internacionales presentaban sus respetos. Entre ellos, Augusto Pinochet —responsable del asesinato de 1.700 chilenos y de la desaparición de otros 1.400— y la autócrata filipina Imelda Marcos. Su tiempo había pasado, y se ocultaban en Madrid de la justicia de sus países, exiliados bajo el amparo del Nacionalcatolicismo.
Y es que, por si no fuera suficiente con sus propios crímenes, la España de Franco había sido durante años refugio paradisiaco para otros criminales internacionales huidos de sus propios países. Tal fue el caso del dictador croata Ante Pavelic, responsable de una limpieza étnica en su país que costó la vida a miles de serbios, gitanos, judíos y opositores políticos; del dictador cubano Fulgencio Batista; y del venezolano Marcos Pérez Jiménez.
Junto a ellos, también hubo criminales de menos renombre que se ocultaron en nuestro país. Así, tiempo atrás, justo después del final de la Segunda Guerra Mundial, España ya se había convertido en el país europeo donde más criminales de guerra nazis habían huido, bien para establecerse de manera definitiva bien como escala para huir a Suramérica. A menudo no sólo con el beneplácito del Caudillo sino con la colaboración del régimen para burlar las órdenes de extradición y permanecer escondidos, como demuestra José Luis Rodríguez Jiménez, en Bajo el manto del Caudillo (Alianza Editorial, 2024).
La violencia del régimen franquista estaba a la altura de la de sus invitados, sin embargo. Según las investigaciones de Julián Casanova, las víctimas mortales de la represión franquista habrían alcanzado las 150.000. De ellas, como estudia Paul Preston en El holocausto español (Debate, 2011), 20.000 fueron fusiladas una vez finalizada la guerra. La crisis alimentaria que siguió al conflicto se cobró, además, otras 200.000 vidas, como recuerda Miguel Ángel del Arco en La hambruna española (Casa del Libro, 2020).
Pero en la España de Franco no todo eran muertes. Tras la victoria franquista, 500.000 españoles huyeron al exilio, mientras entre 250.000 y 300.000 llenaban las cárceles del primer franquismo, según las cifras que ofrece Santos Juliá (coord.) en Víctimas de la Guerra Civil (Temas de Hoy, 1999). Al mismo tiempo, casi un millón de personas fueron confinadas en campos de concentración y batallones disciplinarios, ampliamente estudiados por Carlos Hernández de Miguel en Los campos de concentración de Franco (Ediciones B, 2019).
La maquinaria represiva contra los vencidos se materializó, además, en incautaciones de bienes y sanciones económicas. Todo ello se apoyó en un entramado institucional constituido por los Consejos de Guerra, las Juntas de Incautación de Bienes, el Tribunal Especial contra la Masonería y el Comunismo y los Tribunales de Responsabilidades Políticas. A partir de 1963, los delitos políticos pasaron a la jurisdicción del recién creado Tribunal de Orden Público (TOP), que hasta 1976 instruyó 22.000 procedimientos que afectaron a 9.000 personas, muchas de las cuales fueron víctimas de torturas, como estudia Juan José del Águila en El TOP. La represión de la libertad (1963-1977) (Fundación Abogados de Atocha, 2020).
Ese 23 de noviembre de 1975, tras el funeral, Franco fue enterrado en el enorme mausoleo megalómano que había hecho construir en el Valle de los Caídos. Junto a él, 30.000 cadáveres emparedados en las criptas de la basílica, al menos 18.000 de ellos pertenecientes a republicanos, que habían sido trasladados furtivamente por el régimen desde fosas comunes de toda España.
Los meses posteriores a la muerte del dictador, y para sorpresa de los inmovilistas del llamado “búnker”, el régimen que Franco afirmaba haber dejado “atado y bien atado” se fue desmoronando gracias a la acción de una nueva generación de políticos y a la movilización de la sociedad española. Con pasos tambaleantes y bajo un perenne “ruido de sables”, construyeron la democracia que hoy disfrutamos.
Pero, a pesar de la abundancia y variedad de estudios sobre la realidad del franquismo, la España que celebra el cincuentenario de la democracia a veces parece haber olvidado sus orígenes. Y es que internet y las redes sociales —según el último informe del Instituto Reuters y la Universidad de Oxford, TikTok es el referente informativo para el 20 % de los menores de 34 años— se han convertido en terreno abonado no solo para la proliferación de bulos sobre el franquismo, ya sobradamente refutados, sino también de claras apologías del dictador que tergiversan la realidad.
Buena muestra de ello son los resultados del último sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), según el cual el 21,3 % de los españoles (uno de cada cinco) considera que los años de la dictadura franquista fueron “buenos” o “muy buenos”. Entre los encuestados más jóvenes, este porcentaje asciende hasta el 32,8 % a la hora de calificar el régimen franquista como positivo.
Y es que vivimos en una democracia imperfecta, eso no admite duda, una democracia que aún posee un enorme margen de mejora. Pero no es infalible y puede mostrarse vulnerable ante las tentaciones autoritarias. A los españoles nos conviene recordar siempre las palabras de Sir Winston Churchill: “La democracia es el peor de los sistemas, a excepción de todos los demás”.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.