No me hables de libertad…
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Tribuna Libre
Las críticas vertidas contra el Gobierno de España por parte de los dueños de las grandes tecnológicas, tras anunciar la prohibición de las redes sociales para los menores de 16 años en España, han sido furibundas. Mientras Elon Musk recurría a la pataleta y al insulto, Pavel Durov, dueño de Telegram, acusaba al Ejecutivo de promover «regulaciones peligrosas que amenazan las libertades en Internet».
El recurso a la defensa de la «libertad» como argumento para todo se está convirtiendo en una constante que roza el surrealismo. Tanto se ha utilizado que empieza a parecer carente de sentido propio. Dentro de los abundantísimos precedentes delirantes de esta estrategia, conviene recordar que el Muro de Berlín —que dividió la ciudad entre 1961 y 1989 y se cobró la vida de no menos de 140 alemanes que intentaron escapar del lado oriental— fue presentado por la República Democrática Alemana como una «muralla protectora contra el fascismo». Se trataba, según sostenían, de una herramienta para proteger «la verdadera libertad», representada por el sistema comunista, frente a las amenazas liberales.
Contemporáneamente, pero en el bando opuesto de la Guerra Fría, la CIA fundó en 1950 el Congreso por la Libertad de la Cultura, que llegó a estar activo en 35 países. La intención era, en este caso, promover la libertad intelectual frente al totalitarismo soviético. Un mismo concepto, el de la libertad, utilizado por los dos bandos en liza. Pura magia.
Sin embargo, de todos los posibles, mi favorito es otro ejemplo todavía más retorcido del uso del concepto de libertad. Cuando las grandes tabacaleras norteamericanas quisieron aumentar sus ventas en los años veinte del siglo XX, la American Tobacco Company contrató a Edward Bernays, el primero en aplicar técnicas psicológicas a la publicidad. Éste, que además era sobrino del célebre psicólogo Sigmund Freud, creó la “ingeniería del consentimiento”, lo que hoy llamamos marketing.
La campaña tenía como objetivo aumentar la clientela del tabaco —duplicarla, de hecho— atrayendo a las mujeres. Pero para lograrlo había que vencer no solo el estigma social que acompañaba al consumo femenino de tabaco, sino también la prohibición legal establecida en varios estados. Para que nos hagamos a la idea: en Nueva York, las mujeres tenían prohibido fumar en público por ordenanza municipal y estatal.
Bernays articuló una campaña que aprovechaba los logros del feminismo para presentar el tabaco como un nuevo derecho a conquistar. Como colofón, organizó una exhibición multitudinaria que desafiara la prohibición: invitó a todas las mujeres de Nueva York a asistir al desfile de Pascua de 1928 fumando. Lo bautizó como las “antorchas de la libertad” y lo presentó como el último escalón de la liberación femenina. Fue un éxito rotundo.
Desde entonces, cada año se diagnostican aproximadamente 20 millones de casos de cáncer de pulmón, estrechamente vinculados al consumo de tabaco, y el 27,8 % de los enfermos son mujeres, un porcentaje que no deja de aumentar año tras año.
En síntesis: no, el debate no versa sobre la libertad. Trata sobre un nicho de mercado valorado en millones, al que las grandes empresas no van a renunciar caiga quien caiga: ya sea la democracia, el Estado del bienestar, la calidad de vida de nuestra población o la salud mental de nuestros hijos.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.