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Ataque a Irán: ¿Y ahora qué?


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Los peores pronósticos se han cumplido con el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre Irán. Los escenarios que se abren ahora en la región, ante una posible escalada bélica, dibujan un horizonte extremadamente complejo.

No es, ni mucho menos, la primera vez que Washington y Tel Aviv golpean suelo iraní, pero sí estamos ante una incursión de una envergadura sin precedentes. En esta ocasión, el objetivo declarado es la caída del propio régimen iraní, debilitado como nunca por las protestas internas y por la creciente fragilidad de sus aliados en la región.

Sin embargo, persisten serias dudas sobre el verdadero objetivo de la ofensiva. A pesar de las declaraciones de Donald Trump, quien afirma su voluntad de ayudar al pueblo iraní, los hechos suelen pesar más que las palabras. Rara vez Estados Unidos ha actuado como un agente democratizador; con mayor frecuencia, su política exterior ha estado guiada por la ambición de influir y controlar los recursos estratégicos de terceros países.

No deja de resultar significativo que quien alerte sobre el programa nuclear iraní sea el único país que ha empleado armamento nuclear contra otro Estado —en 1945, sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki—. Ese antecedente histórico refuerza la percepción de que Washington se ha consolidado, más que como garante del orden internacional, como un factor recurrente de desestabilización.

La operación —“León rugiente” para Israel y “Furia épica” para Estados Unidos— habría costado, según fuentes estadounidenses, nada menos que 350 millones de dólares. Una vez más, se trata de una decisión impulsada por Donald Trump sin el aval de los organismos internacionales ni la autorización formal de su propio Congreso. Y, nuevamente, el fuerte personalismo de los líderes ha pesado en la toma de decisiones, tanto en Washington como en Jerusalén: Trump y Benjamin Netanyahu afrontan un año electoral en el que la apariencia de firmeza exterior puede traducirse en rédito político interno.

El precedente más cercano a la situación actual es la intervención en Irak en 2003, cuyas consecuencias resultaron desastrosas. Veinte años después del derrocamiento del dictador Saddam Hussein, el país —también rico en reservas de petróleo— sigue sumido en la inestabilidad y lejos de una democratización efectiva.

Del mismo modo, las supuestas armas de destrucción masiva que, según la coalición internacional, poseía el régimen iraquí nunca fueron encontradas, lo que dejó una profunda sombra de duda sobre los argumentos que justificaron aquella guerra.

Hace pocos meses, en junio de 2025, Israel ya atacó instalaciones vinculadas al programa nuclear de Irán y asesinó a varios científicos relacionados con él. El 22 de junio, Estados Unidos entraba en el conflicto con armamento estratégico y proclamaba un acuerdo de alto el fuego dos días después, poniendo fin a la llamada “guerra de los doce días”.

Frente a esos ataques limitados y de carácter más estratégico, el ataque en curso parece buscar daños masivos y prolongar la confrontación. Se encuentra también lejos de la intervención en Venezuela, perpetrada con una precisión prácticamente quirúrgica. Todo indica que se avecina una campaña larga, como Estados Unidos ya había previsto dada la envergadura del despliegue militar en la región. Además, Irán, al recomendar la evacuación de Teherán, parece prepararse para un conflicto extenso.

En lo que se refiere a la preocupación por el programa nuclear iraní, conviene recordar que Omán, país que ejercía como mediador en las negociaciones, había afirmado que las conversaciones avanzaban de forma positiva y que Irán había aceptado las condiciones marcadas por la autoridad nuclear.

De hecho, ambas partes se habían emplazado para una nueva reunión en Ginebra este lunes, encuentro que ya no tendrá lugar. Y es que Estados Unidos ha admitido abiertamente que, para ellos, las negociaciones fueron en todo momento una simple distracción mientras preparaban el ataque.

Sobre las motivaciones del ataque, no parece que la preocupación de Donald Trump gire tanto en torno a la democratización de Irán como a la ambición de controlar sus recursos y proyectar poder. Esa falta de comprensión de la compleja realidad social interna del país es evidente.

En el interior, la población iraní se encuentra atrapada entre la brutalidad represora del régimen y las bombas que ahora caen sobre su territorio. Quienes se presentan como líderes de una hipotética transición democrática —como Reza Pahlavi, hijo del último sha y exiliado en Estados Unidos— han expresado abiertamente su apoyo al ataque estadounidense e incluso su gratitud por la “intervención humanitaria” que, según ellos, podría facilitar el fin de la República Islámica.

Pahlavi cuenta con cierta notoriedad por ser heredero de la dinastía Pahlavi, “bonapartista” en cuanto que reformista, y por su presencia en la diáspora iraní, pero sus apoyos dentro de Irán son, en el mejor de los casos, limitados y fragmentados. La oposición iraní, profundamente dividida y carente de una estructura sólida dentro del país, no parece tener la fuerza suficiente para tomar el poder por sí sola. A pesar de la feroz represión del régimen de los ayatolás, la transición hacia un nuevo liderazgo no puede depositarse en una figura que vive en el exilio y que, hasta ahora, no ha demostrado contar con un respaldo mayoritario dentro de Irán.

A nivel internacional, Irán, muy estrangulada por las sanciones internacionales, aporta apenas el 3 % de las exportaciones petroleras mundiales, principalmente con destino a China. Sin embargo, controla el estratégico estrecho de Ormuz, por el que circula la mayor parte del petróleo y del gas natural licuado. Se trata de un punto crítico: cualquier alteración en el tráfico marítimo de esta vía podría tener consecuencias desastrosas para la economía global.

La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) aún no se ha pronunciado sobre el impacto del ataque en los precios del crudo, mientras que las guerrillas hutiés de Yemen, el único aliado de Irán todavía activo, sí han expresado su apoyo al régimen de los ayatolás.

Tanto Estados Unidos como Israel han afirmado abiertamente que su ambición última es recomponer el orden geoestratégico en Oriente Próximo, situando a Israel como el Estado que tutelaría la región y redefiniendo los equilibrios de poder. Lo cierto es que Irán, a pesar de la narrativa israelí, no constituye tanto una amenaza existencial para Israel como un desafío para su hegemonía en la zona.

Dentro de la lógica del trumpismo y de la configuración de un nuevo orden geopolítico, estos ataques podrían entenderse como la preparación de una cuarta esfera de influencia: la israelí. Al lado de los grandes poderes que pugnan por afirmar su control regional —Rusia, China y Estados Unidos— Israel, con apoyo de Norteamérica, intentaría configurar su propia zona de influencia y consolidarse como un superpoder tutelar de un hipotético nuevo Oriente Medio.

Pero más allá de esta planificación estratégica, las consecuencias reales de este ataque son difíciles de anticipar y sitúan a la región ante un abismo cuya profundidad resulta imposible de medir.

Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.


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