Más allá de Ormuz: La delicada geopolítica de los estrechos
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Tribuna Libre
Con el cierre del estrecho de Ormuz, Irán ha provocado, según la Organización Mundial del Comercio (OMC), “la mayor disrupción del comercio global desde las guerras mundiales”. Y, aun así, no se trata de una sorpresa, ni mucho menos del peor escenario que Teherán podría imponer hoy a la economía mundial. La situación invita a mirar más allá de un solo estrecho y analizar la delicada geopolítica de estos pasajes estratégicos: espacios donde se concentran conflictos potenciales, no siempre ligados directamente a Irán, pero que constituyen puntos calientes capaces de tensionar el comercio internacional y recalibrar las relaciones de poder a escala global.
El estrecho de Ormuz.
Los iraníes lo llaman “la yugular de la economía mundial”. Y no es una exageración. Por el estrecho de Ormuz, de apenas 34 kilómetros de ancho, circula cerca del 21% del suministro global de petróleo: unos 20 millones de barriles diarios que conectan el golfo Pérsico con el mar Arábigo. Entre Irán y Omán, este paso angosto no es solo una ruta marítima, sino un punto de estrangulamiento del que dependen las principales economías del planeta. Controlado de facto por Irán, constituye su principal activo geoestratégico, una palanca de poder que activa —como amenaza o como hecho consumado— cada vez que la tensión escala.
El Golfo Pérsico está rodeado de Estados profundamente dependientes de esa salida: Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, además del propio Irán. Todos, sin excepción, necesitan Ormuz para exportar su petróleo. Y aproximadamente el 80% de ese flujo se dirige a Asia —Japón, China, Corea del Sur—, lo que amplifica el impacto global de cualquier interrupción. Teherán lo sabe y explota su ventaja geográfica: desde su costa, tiene visibilidad y capacidad de influencia sobre prácticamente todo el tráfico marítimo que atraviesa el estrecho. No necesita cerrar completamente el paso; le basta con demostrar que puede hacerlo.
No es la primera vez. Entre 1981 y 1988, durante la llamada “guerra de los petroleros” en el contexto de la guerra entre Irán e Irak, Teherán recurrió a interrupciones selectivas del tráfico para impedir que Bagdad exportara su crudo. Fueron cierres breves, intermitentes, nunca superiores a dos días, pero suficientes para situar a Irak al borde del colapso económico y forzar un alto el fuego. Incluso en los momentos de mayor tensión, el precio del barril no se disparó más allá de un 12 o 14%. Entonces, el daño fue contenido, pero estratégico.
La geografía explica gran parte de esta asimetría. Las rutas de navegación en Ormuz son extremadamente estrechas, y los grandes petroleros, por definición, lentos y poco maniobrables. En ese entorno, la superioridad tecnológica pierde peso frente al control del terreno. De ahí que declaraciones como las del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, asegurando que el estrecho está “cerrado para enemigos, pero no para aliados”, no sean mera propaganda: describen una realidad selectiva. Mientras algunos buques siguen transitando, otros simplemente dejan de hacerlo.
Porque la clave no está solo en los misiles o en las fragatas, sino en algo mucho más prosaico: los seguros. Las navieras no están dejando de cruzar el estrecho únicamente por el riesgo físico, sino porque las aseguradoras han advertido que no cubrirán daños en caso de tránsito. Ahí reside la verdadera paradoja: mientras Estados Unidos necesitaría un despliegue militar masivo para garantizar la seguridad de la navegación, Irán apenas necesita activar la percepción de riesgo para vaciar el estrecho. No hace falta bloquearlo; basta con hacerlo intransitable en términos económicos.
En este contexto, la respuesta internacional revela más ansiedad que control. La Agencia Internacional de la Energía ha anunciado la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas —una medida sin precedentes—, pero su efecto es limitado. Se trata de un proceso lento, desigual entre países y condicionado por una desconfianza creciente en los mecanismos de cooperación internacional, erosionados en gran medida por decisiones unilaterales de Washington. Aunque el anuncio logró contener temporalmente los precios, la tendencia vuelve a ser alcista. En el mejor de los casos, Estados Unidos gana unas pocas semanas para intentar ganar la guerra. No parece suficiente.
Y, aun así, incluso una eventual reapertura no resolvería el problema de fondo. La confianza en la seguridad del estrecho ha quedado dañada, y reconstruirla llevará tiempo. Las declaraciones tranquilizadoras de figuras como Pete Hegseth contrastan con el diagnóstico de muchos expertos: la marina estadounidense, pese a su superioridad indiscutible, tiene un margen de acción limitado en un entorno donde la geografía favorece al adversario. Restablecer el flujo no depende tanto de la capacidad de imponerlo como de la voluntad de permitirlo.
Porque esa es la incómoda realidad: hoy por hoy, el único actor con capacidad efectiva para normalizar la circulación en el estrecho de Ormuz es Irán. Y en esa constatación se resume el núcleo del problema. No siempre quien domina los mares controla los puntos clave. A veces, basta con dominar un estrecho.
Bab el-Mandeb.
Mantener abierto el muy cercano estrecho de Bab el-Mandeb debería ser hoy la prioridad para Occidente. Por este paso estratégico, puerta del Mar Rojo y antesala del canal de Suez, circula cerca del 30% del comercio mundial de contenedores. Interrumpirlo, especialmente junto a Suez, no sería solo un problema logístico: sería un terremoto económico global.
El riesgo es real y conocido. Las milicias hutíes de Yemen, aliadas de Irán, han demostrado capacidad para bloquear la navegación, y los misiles iraníes tienen capacidad para alcanzar a cualquier barco que pase por allí.
Los últimos años muestran la fragilidad del sistema. En 2023, los ataques hutíes redujeron el tránsito un 70%, obligando a circunnavegar África y encareciendo enormemente los costes. En 2025 estas guerrillas rebeldes llegaron a publicar videos amenazando barcos comerciales, confirmando que el Mar Rojo se ha convertido en un escenario de riesgo real para el comercio mundial.
Arabia Saudí ya está recurriendo a esta ruta alternativa para sortear el cierre de Ormuz sacando hacia el Mar Rojo 5 millones de barriles por día (una cuarta parte de lo que normalmente circulaba por Ormuz). Sin embargo, Irán ya ha advertido de una escalada inminente. El mensaje de Teherán tampoco deja margen para la ambigüedad. En su primer discurso como líder supremo, Mogtaba Jamenei advirtió de una inminente implicación más directa de los hutíes en el conflicto. La pregunta no es si Bab el- Mandeb podría convertirse en un cuello de botella crítico, sino cuándo lo hará. Ignorar esa realidad sería un error estratégico con consecuencias que Europa y el mundo no pueden permitirse.
El estrecho de Malaca.
Mientras buena parte del planeta mantiene la mirada fija en Oriente Medio y en el estratégico estrecho de Ormuz, otros pasos marítimos concentran tensiones geopolíticas menos visibles, pero igualmente decisivas. Uno de ellos es el estrecho de Malaca, un corredor angosto entre Malasia y Indonesia que conecta el océano Pacífico con el Índico y por el que circula buena parte del comercio mundial. Para China es una arteria vital: aproximadamente el 60 % de sus exportaciones y cerca del 80 % del petróleo que alimenta su economía atraviesan estas aguas. No es casual que en Pekín se hable desde hace años del llamado “Dilema de Malaca”, la inquietante certeza de que, en caso de un enfrentamiento con Estados Unidos —plausiblemente a raíz de la cuestión de Taiwán— ese paso podría ser bloqueado, paralizando la economía china en cuestión de semanas.
Consciente de esa vulnerabilidad, Pekín lleva años tratando de diversificar sus rutas comerciales y energéticas. Parte de esa estrategia se articula a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la ambiciosa red de infraestructuras conocida popularmente como la Nueva Ruta de la Seda. A ella se suman proyectos como el canal Funan Techo en Camboya o el desarrollo del puerto de Gwadar en Pakistán, concebidos para ampliar las salidas estratégicas del comercio chino. En paralelo, sigue sobre la mesa la posibilidad —aún en fase de conversaciones— de financiar el llamado canal de Kra en Tailandia, una vía que atravesaría el istmo de Kra para conectar la bahía de Bengala con el golfo de Tailandia.
Todas estas infraestructuras responden a la misma lógica: reducir la dependencia del estrecho de Malaca antes de que una crisis lo convierta en un cuello de botella insalvable. Porque, en el hipotético escenario de una guerra en torno a Taiwán, el control de ese corredor marítimo podría convertirse en un arma decisiva: bastaría con cerrarlo para cortar el suministro energético de China. Y en un mundo donde la economía depende de rutas invisibles sobre el mapa, a veces los conflictos del siglo XXI se deciden en los estrechos más angostos.
Estrechos daneses.
Los estrechos daneses —situados íntegramente en territorio europeo— constituyen uno de esos puntos geográficos donde la geografía se convierte en política. Este angosto paso marítimo, única conexión entre el mar del Norte y el Báltico, se ha transformado en un silencioso escenario de fricción entre Europa y Rusia. Para Moscú, además, representa una vulnerabilidad estratégica evidente: por allí transita alrededor del 30 % de sus exportaciones de crudo. La paradoja es que, para sortear las sanciones occidentales, buena parte de ese petróleo cruza estas aguas de la Unión Europea a bordo de la llamada “flota fantasma”, una red de petroleros que navegan bajo banderas de conveniencia de terceros países. El resultado es un equilibrio incómodo: Rusia necesita ese corredor marítimo tanto como teme el poder de presión que la UE puede ejercer sobre él.
No es extraño, por tanto, que la tensión haya ido en aumento. En octubre de 2025, la inteligencia militar danesa alertó de un incremento de las amenazas híbridas atribuidas a Rusia en la zona, advirtiendo de un “alto riesgo de sabotaje” contra las fuerzas navales desplegadas allí. En un momento en que la guerra ya no se libra solo en los frentes visibles, los estrechos daneses se perfilan como un recordatorio de que el control de los pasos estratégicos —por estrechos que sean— sigue siendo uno de los instrumentos más decisivos del poder geopolítico
Canal de Panamá.
Entre el mar Caribe y el océano Pacífico, el canal de Panamá sigue siendo mucho más que una proeza de ingeniería: es una pieza central del tablero geopolítico. Antes de su construcción, el territorio panameño formaba parte de Colombia. El respaldo de Estados Unidos a la independencia de Panamá a comienzos del siglo XX tuvo un precio claro: el permiso para construir y controlar la gran arteria marítima levantada entre 1904 y 1914. Más de un siglo después, el canal continúa siendo vital para Washington: alrededor del 40 % de sus importaciones y exportaciones pasan por esta vía, lo que explica su inquietud ante la presencia de la empresa hongkonesa CK Hutchison operando los dos puertos más importantes del enclave. Para la administración Trump, aquella presencia no era meramente empresarial, sino potencialmente influida por el gobierno chino.
Las tensiones al respecto no han hecho sino aumentar. Tras la decisión del Tribunal Supremo de Panamá, a finales de enero, de anular el contrato de concesión de esos puertos, Pekín reaccionó con dureza y advirtió que adoptaría “todas las medidas necesarias” para proteger los intereses de sus empresas. En ese contexto se inscribe el envío de tropas estadounidenses a Panamá, un movimiento que algunos interpretan como una vulneración de la soberanía panameña y de la supuesta neutralidad del canal. Una vez más, el estrecho corredor que conecta dos océanos demuestra que los grandes conflictos del siglo XXI no siempre se libran en amplios frentes, sino en puntos estratégicos donde comercio, poder y geopolítica convergen.
Claves finales.
Los grandes imperios y superpotencias siempre han pugnado por el control de los estrechos, conscientes de que en esos angostos pasajes no solo se concentra una palanca de poder descomunal, sino también su punto más vulnerable. Hoy, lejos de haber perdido relevancia, estos cuellos de botella siguen funcionando como el auténtico talón de Aquiles de las potencias que aspiran a dominar el tablero global.
En el caso del estrecho de Ormuz, la realidad geografía vuelve a imponerse a la retórica. Por allí transita una parte sustancial del petróleo y del gas mundiales, lo que convierte cualquier alteración en una sacudida inmediata para la economía global. Irán lo entiende bien. Asume que se encuentra en una guerra asimétrica que no puede ganar en términos convencionales debido a la abrumadora diferencia tecnológica. Su objetivo no es derrotar militarmente a Estados Unidos, sino infligir un daño suficiente —económico, político y estratégico— tanto a Washington como a sus aliados, para forzar un repliegue o, al menos, un alto en los bombardeos.
Y para lograrlo, basta con el cierre del estrecho de Ormuz para convertir en rehenes tanto a las petromonarquías fundamentalistas del Golfo como a la economía mundial en su conjunto. Esa es la verdadera pieza clave del tablero. Mientras tanto, la petición de ayuda de Donald Trump a otros Estados para garantizar la libre navegación no hace sino subrayar la falta de una estrategia a largo plazo por parte de la administración estadounidense y una preocupante desconexión con la complejidad de Oriente Medio.
A partir de ahora, la cuestión central no será tanto quién tiene más poder, sino quién puede soportar más dolor: Un país como Estados Unidos, formalmente democrático — aunque no plenamente, según el último ranking de The Economist— o una teocracia chií que sublima el ideal de martirio como es Irán.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.