Gran Israel: el sueño expansionista que no debemos ignorar
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Tribuna Libre
El 6 de abril vence el ultimátum de Estados Unidos a Irán para reabrir el estrecho de Ormuz. Donald Trump, al decidir extenderlo, se ha regalado cinco días para replantear su estrategia frente a un conflicto que, pese a sus proclamas, está lejos de ganar. Mientras prepara una posible invasión terrestre, dice estar negociando.
Pero la negociación más compleja no es con Irán, sino con Israel, mucho más implicado en esta guerra y, en ningún caso, dispuesto a ponerle fin. Los objetivos de Trump y Netanyahu, aunque comparten la narrativa —defensa del autoritarismo y desprecio por los derechos humanos—, no coinciden. Comprender las ambiciones israelíes es clave para entender el escenario ante el que nos encontramos.
Si aún quedaban dudas, las declaraciones de Joe Kent, tras dejar su cargo como director del Centro Nacional de Contraterrorismo de EE. UU., confirman que Israel no solo impulsó los ataques, sino que sabotea cualquier intento de negociación, escalando la guerra cada vez que Washington habla de desescalada.
En clave interna, Israel ha impuesto una censura estricta sobre la cobertura de los bombardeos en su territorio, lo que hace casi imposible evaluar su verdadero alcance. Los periodistas que desafíen la prohibición se arriesgan a perder su permiso de trabajo, ser detenidos o incluso deportados. Al mismo tiempo, la policía israelí ha impedido celebraciones musulmanas y cristianas en Jerusalén, su capital soñada aunque sin reconocimiento internacional.
En medio de este panorama, medios hebreos defienden abiertamente un proyecto que hasta hace poco parecía pertenecer a la más pura mitología nacionalista: el Gran Israel. Esta visión propone un mapa que incluye la anexión de Gaza, Cisjordania, Líbano y Jordania en su totalidad, además de partes de Egipto, Arabia Saudí, Siria y Turquía. Según sus defensores, estas serían las verdaderas dimensiones de la “tierra prometida” a los judíos, lo que multiplicaría el territorio actual de Israel por 25.
Se trata de una interpretación mesiánica de los límites de Israel compartida por extremistas, que recurre a la Biblia para justificar fines políticos. Según esta lectura del Génesis, Yahvé prometió a Abraham y a sus descendientes estas tierras “desde el río de Egipto hasta el río Éufrates”. Así, la expansión territorial no se concibe como una ambición política, sino como una obligación divina, un mandato religioso que guía la narrativa nacionalista contemporánea.
La idea del Gran Israel se remonta a los orígenes mismos del proyecto sionista. En 1898, Theodor Herzl, fundador del sionismo moderno, ya citaba el Nilo y el Éufrates como los límites del futuro Estado judío. Sin embargo, fue en 1982 cuando estas ideas adquirieron rango de estrategia política concreta, con la publicación del artículo “Una estrategia para Israel en los 80” por Oded Yinon, ex oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores. En él sostenía que la seguridad de Israel dependía de la fragmentación de los estados árabes circundantes, preparando así el terreno para una futura expansión.
Comprender esto es clave para entender a Israel como Estado: una de las características más importantes del sionismo moderno es su indefinición respecto a las fronteras. Y es que, desde un punto de vista legal, Israel nunca las ha concretado oficialmente.
En un primer momento, el plan de Naciones Unidas de 1947 contemplaba un estado judío, un estado árabe y una zona internacional donde se encontraría Jerusalén. Aunque los líderes sionistas aceptaron esta partición, la consideraron una solución temporal. El primer ministro David Ben-Gurion reconoció abiertamente que se trataba de un paso táctico hacia el Israel que proyectaba. Y así ocurrió: en la guerra de 1948, Israel amplió sus fronteras más allá de las definidas por la ONU. En 1967, ocupó Cisjordania, Gaza, los altos del Golán y la península del Sinaí, aunque luego perdió esta última. Los acuerdos de Oslo parecían encaminar el fin del conflicto, pero se vieron frustrados con el asesinato del primer ministro Isaac Rabin a manos de un extremista judío.
En síntesis, las fronteras que hoy posee Israel no son oficiales, sino simplemente el resultado de armisticios tras guerras anteriores. Y, además, no han dejado de ampliarse. Tras la disolución del gobierno de Bashar al-Asad, sus fuerzas avanzaron hasta posiciones a apenas 20 km de Damasco. Los asentamientos judíos en Cisjordania no han dejado de crecer, y el proyecto E1 amenaza con bloquear el acceso a Jerusalén desde esa región. Los ataques en la franja de Gaza, considerados por la ONU como un genocidio tras los atentados de Hamas del 7 de octubre de 2023, apuntan en la misma dirección.
A esto se suma el anuncio de la ocupación del sur del Líbano para crear una “zona de seguridad”, a pesar de las advertencias de Naciones Unidas sobre la necesidad de respetar la integridad territorial del país. Los ataques ya han dejado más de mil muertos, mientras el ejército israelí ejecuta órdenes de derribar cualquier construcción que pudiera permitir el eventual retorno de la población desplazada, más de un millón de personas.
Es una estrategia expansionista que lleva décadas produciéndose de facto. El cambio significativo que se ha producido en Israel se refleja, pese a la política de hechos consumados del gobierno, en la mención abierta a la visión del Gran Israel.
Durante décadas, cualquier referencia al Eretz Yisrael o “Gran Israel” —un sueño etno-nacionalista sobre el “hogar histórico del pueblo judío”— quedó restringida a la ultraderecha más radical. Pero hoy, algunos de estos extremistas ocupan cargos de poder: el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, expresan sin ambages la idea en el lema “máximo territorio, mínima población”. Smotrich, además, es portavoz del Partido Sionista Religioso, consolidando así la influencia de esta agenda dentro del gobierno.
Hasta hace poco, en el resto del espectro político esta noción se consideraba tan extremista que los líderes la evitaban, por su carácter “tóxico” en términos electorales. Pero últimamente, lo que antes era un tabú ha comenzado a ganar aceptación y visibilidad, marcando un giro significativo en la política israelí.
Las alarmas saltaron en agosto durante una entrevista de Netanyahu en i24News. Al ser preguntado por la presentadora Sharon Gal sobre si se sentía “cercano” a la visión del Gran Israel, respondió sin titubeos: “Mucho”. Esto se enlazaba con declaraciones anteriores en las que afirmaba estar cumpliendo su “misión histórica y espiritual”, identificada por muchos con la realización de este sueño expansionista.
La Liga Árabe reaccionó de inmediato, calificando sus palabras como “una grave amenaza a la seguridad nacional colectiva árabe y un desafío flagrante al derecho internacional y a los principios de legitimidad internacional”. Además, advirtieron que reflejaban “intenciones expansionistas y agresivas que no pueden aceptarse ni tolerarse, revelando una mentalidad extremista impregnada de delirios coloniales”.
Aunque la dialéctica de Netanyahu se ha vuelto progresivamente más mesiánica, estas ideas siempre han formado parte de su ideario, aunque de manera más discreta. De hecho, Ze’ev Jabotinsky, a quien Netanyahu considera su mentor intelectual, concebía un Israel que incluía también el territorio de Jordania.
Hace ahora treinta años, cuando Netanyahu asumió su primer mandato como primer ministro de Israel, puso en marcha junto con sus asesores estadounidenses la llamada doctrina Clean Break, basada en los principios que hemos visto. No se trata de una estrategia secreta: varios documentos públicos la explicitan sin ambages.
En 1996, un grupo de políticos conservadores de Estados Unidos vinculados a la administración Bush elaboró una guía para el gobierno de Netanyahu titulada “Una ruptura limpia: Una nueva estrategia para proteger el reino”, que da nombre a la doctrina. Este informe —popularmente conocido como informe Clean Break— fue preparado a petición de Netanyahu por un equipo encabezado por Richard Perle, ex secretario de Defensa de Estados Unidos. Ofrecía soluciones a las tensiones en Oriente Medio, haciendo hincapié en la defensa de los “valores occidentales” y legitimando el uso de la fuerza y la intervención en terceros países mediante “guerras por delegación”, introduciendo un nuevo discurso basado en “la paz mediante la fuerza” y en el “principio de acción preventiva”.
Uno de los puntos más destacables del documento es la propuesta de convertir a Israel en una potencia tan poderosa que sea inmune a sanciones internacionales, situándolo, de facto, por encima de la ley. Al mismo tiempo, traza un escenario en el que Israel se convierte en la potencia dominante de la región, frente a vecinos débiles y fragmentados. Además, advertía que esta narrativa sería bien recibida en Estados Unidos, con quien las relaciones debían volverse “estratégicas y basadas en la autosuficiencia”.
Volviendo al presente, estas posturas cuentan con un amplio respaldo entre la población israelí. Según encuestas del PPI Israeli Society Barometer, el 47 % apoya los planes de expansión y anexión de los territorios palestinos, un aumento de 13 % respecto a octubre de 2024. En contraste, apenas un 11 % respaldaría negociar la creación de un Estado palestino.
Al mismo tiempo, en 2024 algunos soldados israelíes fueron fotografiados en Gaza llevando el símbolo del Gran Israel en sus uniformes. La reciente aprobación de la pena de muerte por delitos de terrorismo —destinada específicamente a palestinos— refuerza el concepto etno-nacionalista que hoy guía al ejecutivo hebreo.
En Estados Unidos, la dialéctica de referencias bíblicas también es habitual. Un ejemplo temprano son las declaraciones del presidente Jimmy Carter, quien definió la creación del Estado de Israel como “el cumplimiento de la profecía bíblica”, lo que encaja con la narrativa americana de su propio “destino manifiesto”.
Los paralelismos entre los discursos de Netanyahu y Trump, con su Make America Great Again, apostando por la industria de defensa y la menor dependencia posible del exterior, son innegables. Asimismo, organizaciones como Israel365, vinculadas al Partido Republicano, utilizan la religión para sustentar esta visión del sionismo.
Estas ideas no solo cuentan con simpatías dentro de la administración Trump, sino que se están copiando y trasplantando abiertamente a Estados Unidos. Pete Hegseth ha definido recientemente la nueva estrategia expansionista norteamericana —que abarca desde Groenlandia hasta el canal de Panamá— como la “Gran Norteamérica”.
A pesar de ello, entre la población estadounidense el apoyo a la guerra disminuye día a día, mientras que las críticas al papel de Israel aumentan en cantidad y tono. Entre la clase política, desde el genocidio en Gaza y, especialmente, desde el inicio de la guerra con Irán, crece el número de políticos de centro que, abiertamente y por primera vez, rechazan los millonarios donativos del AIPAC (American Israel Political Action Committee). En cuanto a la ciudadanía, la última encuesta de la Universidad de Massachusetts Amherst sitúa el apoyo popular de Trump en su nivel más bajo de la legislatura: 33 %.
Sin embargo, más relevante que estos datos son las críticas a Israel provenientes del propio movimiento MAGA. La más significativa para Trump ha sido la de Joe Kent, responsable de contraterrorismo, quien tras dimitir de su cargo afirmó que Irán no constituía una amenaza inminente y que Estados Unidos entró en la guerra presionado por Netanyahu.
Mientras Trump pierde apoyos internos, el respaldo a Netanyahu en Israel continúa creciendo. A esto se suma la evidencia de que algunas de las operaciones militares recientes se han llevado a cabo sin consultar a sus socios. Los israelíes, que durante treinta años han advertido sobre la supuesta inminencia de que Irán desarrollara una bomba nuclear, habrían visto en Donald Trump una oportunidad histórica para debilitar a su principal rival regional. Y el momento era ahora, antes de que las elecciones de medio mandato disminuyeran su poder en el Congreso.
Dentro de esta perspectiva, Irán no constituía tanto una amenaza existencial como un obstáculo para la hegemonía israelí en la zona. Conviene tener claro que a esta estrategia no le favorece ni la pacificación de la región ni la democratización de sus vecinos. Mientras estas posiciones prevalezcan en el gobierno israelí, nos adentramos en un período de guerras ininterrumpidas en Oriente Medio.
La relatora especial de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, Francesca Albanese, ha denunciado la sistemática violación de los derechos humanos por parte de las autoridades israelíes y ha sido meridianamente clara: “Israel es una amenaza para la seguridad internacional”.
Mientras parecen preparar una intervención terrestre que podría convertirse en su propio Galípoli, Estados Unidos mantiene una peligrosa indefinición sobre sus objetivos en esta guerra y sobre el peso que Israel ejerce en la toma de decisiones. Mientras tanto, los aliados estadounidenses en el Golfo y la economía global quedan atrapados en un conflicto sobre el que poco pueden decidir, haciendo honor a la célebre frase de Henry Kissinger: “Ser enemigo de los Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal”.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.