Atrapados y descontentos
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
En nuestra sociedad de ciudadanos y ciudadanas libres en el ejercicio de todos sus derechos, nos acabamos sintiendo atrapados como clientes y consumidores, en una red de burocracia sin fin que nos genera un descontento. Y entre codicias, ambiciones, desmesuras, fraudes y otros menesteres, perdemos el camino de las pequeñas dichas y satisfacciones.
Cada día, las exigencias de nuestras tareas nos obligan a trabajar en equipo, a empujar en una misma dirección, buscando integrar intereses, identidades e intentando ser sensibles a las necesidades de los demás y prestar nuestro apoyo a los objetivos del grupo en el que estamos en cada momento.
Entre atrapados y descontentos, se trata de un fenómeno que no escapa en mayor o menor medida cualquier sociedad, ya sea avanzada y de buen vivir o en vías de desarrollo y llena de carencias, del primer o del tercer o cuarto mundo.
Hay día, las soluciones a los problemas se abordan y ejecutan con prontitud y desde el esfuerzo común y por muy genial que alguien sea o se crea, por sí solo, sintiéndose atrapados o descontentos, están condenados al fracaso. Somos tiempo y espacio, aunque haya quienes desaprovechen el primero y no se les percibe en el segundo.
Cualquier conjunto de personas que deseen abordar una misión, tienen que verse, comunicarse, reunirse en definitiva y “aquí está la madre del cordero”, salvando que las formas, clases, modalidades y tipos de reuniones pueden ser innumerables, me gustaría centrar vuestra atención en algo de lo que todos hemos sido víctimas en alguna ocasión, como perder el tiempo en compañía de otros.
Luchar por la vida merece la pena cuando se es rico por dentro y hay unos valores y unos principios que alimentan ese capital. Hay quienes se empeñan en pasarse la vida mirándose al espejo y no dedican un solo minuto a observar la realidad con el ánimo de aprender un poco.
Patético, dramático y terrorífico resulta estar sentados alrededor de una mesa para conseguir ser eficaces y encontrarnos con que la colaboración entre la gente que allí se convoca brilla por su ausencia, observar que la habilidad de los asistentes para plantearse algo en común es nula, y comprobar como el coordinador o moderador podría dedicarse perfectamente a organizar carreras de tortugas, pero resulta inoperante a la hora de motivar a nadie. Siempre hay algo mejor que lo que nuestro tiempo nos ofrece y si no lo hay y a nosotros no nos parece, hemos puesto en marcha el principio de la insatisfacción. Con humildad y dignidad, podemos hacer de nuestras vidas n camino de aprendizaje y pedagogía.
Conforme la tragicomedia de nuestra historia avanza, observamos entre la rabia y la resignación que quien ha organizado aquel desaguisado es o un sádico cruel o un peligroso ignorante, que no tenido en cuenta para nada qué objetivos concretos se pretendían conseguir de la convocatoria en cuestión, ni ha llamado a los participantes adecuados para el tema que se está tratando, ni el personal que ha acudido tenía con anterioridad la información oportuna para poder opinar y en su caso proponer y decidir.
Para rematar la faena la participación se convierte en una sucesión de monólogos insoportables, en los que cada cual intenta deslumbrar al resto haciendo gala de lo culto, inteligente y bueno que es. Llega un momento en que se instala el magno desorden y nadie escucha a nadie, las interrupciones en directo y a través de los móviles son continuas y ante la pérdida de control y por parte de todos y tras demasiado tiempo perdido alguien hace la única aportación sensata de la t arde y aunque la realiza en forma de pregunta, suena a una maravillosa sugerencia a modo de elixir liberador. ¿Os parece que suspendamos la reunión y la dejamos para otro día? No tarda en llegar el acuerdo y el sentido común se abre camino para dar carpetazo a la imprevisión y la improvisación.