Así es, gracias a las volutas del jónico un servidor ha sido feliz una tarde y no dando clase de Historia del Arte a sus alumnos de Bachillerato sino en un taller como voluntario con personas mayores en un centro municipal de mi ciudad.
¿Y me preguntarán, y no sin razón, y todo esto en un artículo de opinión? Pues sí, este artículo versa sobre lo enriquecedor que es ser profesor voluntario, al menos una tarde a la semana con personas mayores que se apuntan a unas clases de historia del arte. Aunque, a veces, pienso que soy un egoísta porque creo que disfruto yo más, echando una mano, aunque sea modestamente.
En la tarde que escribo este apunte hemos estado investigando ocho señoras estupendas y un servidor sobre la etimología de la palabra “voluta”, a cuenta del análisis que hemos hecho del estilo jónico. Y hemos aprendido un montón sobre su significado.
¿Y qué importancia tiene que nueve personas en una pequeña aula se dediquen a investigar y reflexionar sobre esta palabra que, por cierto, es de una intensa belleza plástica? Pues mucho, porque hemos sido felices un rato aprendiendo, discutiendo y asombrándonos de la riqueza etimológica de una palabra, de un término artístico tan vinculado al arte clásico.
Tardes así te demuestran, en medio del ruido, el fanatismo, y los horrores que la vida, en ocasiones, en la primera tarde de frío de Madrid, la belleza se abre paso haciéndonos mejores.
Esa hora semanal es impagable, gracias a las volutas del jónico y a unas alumnas fantásticas.
Hoy no tocaba hablar de política, ni de historia, ni de polémicas, sino de volutas jónicas y de alumnas maravillosas.





