La pobreza es el resultado de un modelo económico y de sociedad que hemos permitido que se instale entre nosotros. Quienes, por las circunstancias que sea, no encajan en el modelo competitivo, capitalista, precario y depredador terminan condenados a la pobreza y a la exclusión social. No son modernos, se han quedado en los márgenes, en la cuneta del camino.
No son sujetos activos, productivos, no contribuyen, consumen menos, ingresan menos, gastan menos, no tienen competencias, no pueden competir, ni en su entorno más inmediato, ni en su región, su país. En una economía global no pueden competir en lugar alguno del planeta.
Son los usuarios de los servicios sociales y beneficiarios de la tarea redistributiva de cualquier Estado que intente frenar el empobrecimiento de capas enteras de su población, recurriendo a ayudas, acceso a servicios públicos, programas específicos. Sin embargo, el éxito de estas actuaciones es muy limitado porque es difícil que, por sí mismas, esas personas alcancen la autonomía personal y la suficiencia económica. Es muy difícil que dejen de ser pobres.
Los pobres no son gente formal. En este mundo desarrollado, de nuevas tecnologías, tanto las empresas como los trabajadores, los sistemas públicos de sanidad, educación, el acceso a la seguridad y la justicia, el interior de las organizaciones y los partidos, el acceso a una vivienda y hasta a los servicios sociales exigen unas tasas mínimas de formalidad que no todos pueden acreditar, ni conseguir.
Los pobres no pueden participar plenamente de los derechos y los deberes, las ventajas sociales y el pago de impuestos, no forman parte de la vida regulada y regular del Estado. Los pobres viven al margen, descolgados, sin oportunidad alguna de demostrar las competencias sociales que les asegurarían obtener ciertas oportunidades.
Bastante tienen con sobrevivir al margen de los empleos formales, las empresas reguladas. Son okupas que enganchan la luz robándola de la red eléctrica, ellos mismos son sus propios policías, sus empleos son informales y se toman la justicia por su mano si es necesario y les viene a la mano.
El Sur no es un lugar que se encuentra literalmente al Sur. Es un concepto que aplica en los márgenes que se abren justo al lado de nuestros barrios regulados y formales. El Sur es allá donde las normas de vida son otras que tienen poco que ver con las aprobadas formalmente. El mal y el bien se difuminan y cambian de bando en función de las relaciones que cada cual mantiene con su entorno.
Hemos ido creando sociedades asentadas sobre el derecho a disfrutar de determinados bienes públicos. Esos modelos de sociedad no han sido siempre así y, por lo que podemos comprobar, hay quienes están dispuestos a desmontarlos a marchas forzadas. Salvo bienes como la seguridad nacional y aún eso con reservas, pueden convertirse en objeto de negocio y privatización.
A este consorcio entre intereses políticos y empresariales lo llaman colaboración público-privada, pero son negocios en los que la política y el dinero juegan de pareja. Muchos bienes públicos son suministrados por entidades privadas, bajo una reglamentación pública que establece su provisión universal. Hoy en día, uno de los debates importantes es si la provisión de una conexión a internet debería, o no, ser considerada bien público.
Con todas estas distorsiones y digresiones la sociedad organizada, el Estado que proclamamos de Derecho, aparece ante la ciudadanía como un compendio de legislaciones y prácticas que lejos de asegurar la igualdad, la equidad, quedan relegadas a segundo plano, porque la ley no es igual para todos. El estado es ineficaz e ineficiente para cumplir sus objetivos y su papel.
Los poderosos porque ostentan el poder político, o económico, o ambas cosas a la vez, no responden ante las leyes, sino que se adentran en caminos intrincados en los que las leyes tienen poco que hacer o que decir, porque son sorteadas con facilidad extrema.
Los pobres, los que no tienen poder, ni dinero, los condenados de la tierra, en términos de Frantz Fanon, se ven abocados a crear y mantenerse dentro de sus núcleos familiares, clanes, pandillas, bandas, maras y demás estamentos de protección. No pueden esperar nada de las leyes y poco de las instituciones. Sus derechos de ciudadanía son inexistentes y su acceso al mercado regulado está limitado.
El grupo protege, asegura tu supervivencia y unos recursos económicos. Actúan como mutualidades informales, irregulares, ilegales en muchas ocasiones. Dentro del grupo sobrevives. Fuera del grupo la vida es muy dura, casi imposible, una ruina. El grupo te ayuda a encontrar recursos de las administraciones, o de actividades irregulares, ilícitas incluso, pero te obliga a mantener una fidelidad absoluta. Hay países en los que esa fidelidad es la base de la política partidaria.
Estos mecanismos aseguran la supervivencia, pero bloquean cualquier iniciativa de progreso. Las cosas son como son y son intocables, inamovibles.
Tu progreso es una deuda que contraes con el grupo. Las estructuras sociales, políticas, electorales se ven condicionadas por el clientelismo. La corrupción, la delincuencia organizada, a veces el crimen, son lo habitual, lo tolerado, lo consentido. Son muy difíciles de perseguir y erradicar.
El clientelismo se complementa con la existencia del clan, de la familia. Las personas quedan encerradas en una trampa, en un círculo viciosos que permite la supervivencia a cambio de permanecer en la pobreza, no salir, no superar la situación convertida en endémica.
No hablamos de una cultura paralela, una forma de vida paralela, sino de una trampa. Cualquier pobre desearía salir de su situación de pobreza, integrarse en ese otro mundo que atisban en la distancia, que pasa junto a ellos de vez en cuando, pero ni su mundo les deja escapar, ni las estructuras del sistema y quienes habitan allí, les van a dejar entrar, así como así.
La pobreza tiene su lógica y su consecuencia lógica es la reproducción de la pobreza. Somos incapaces de abrir los caminos, las veredas que permitan superar esa situación y los pobres siguen siendo cada vez más pobres.





