La democracia social neozelandesa a comienzos del siglo XX
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
François Berabida nos explica en su análisis del socialismo en el Imperio británico, concretamente, en Nueva Zelanda, en un estudio ya clásico, cómo a finales del siglo XIX y comienzos del XX se desarrolló en este dominio una suerte de “democracia social”, protagonizada por el Liberal Party, con influencia del radicalismo británico, algunas ideas de Stuart Mill sobre la tierra, y del fabianismo. Pember y Seddon iniciarán y continuarán una política que pretendería el bienestar de granjeros y obreros, implantando una minuciosa legislación laboral, que incluía el arbitraje, y frente a los riesgos de la vida, que concitó la admiración de muchos reformadores en el mundo, aunque el autor insiste en que estas reformas no pueden calificarse de socialistas y que, además, generarían rechazo entre muchos sindicalistas, que intentarían formar un partido laborista. En todo caso, el socialismo neozelandés sería muy débil en los primeros decenios del siglo XX.
Pues bien, en “El Socialista” se tratará de esta cuestión en un artículo del 25 de enero de 1907 que, estaría, en parte, en línea con lo que el historiador nos contaba. Nos parece sumamente interesante hacernos eco de esta aportación.
El artículo se titulaba “El socialismo es la razón”, y se hacía eco de un artículo que había publicado The Times, donde se incluían fragmentos de una carta de Tregear, a la sazón secretario de Trabajo del Gobierno de Nueva Zelanda al socialista norteamericano Benson. Al parecer, la publicación había generado un cierto revuelo, pidiendo la burguesía neozelandesa la destitución del político, pero el primer ministro Seddon no había accedido.
La carta tiene su interés porque resumía la política social del Gobierno neozelandés.
El Socialista calificaba al secretario de Trabajo como un hombre práctico y un pensador socialista. Esta afirmación tan contundente, y que no casaría completamente con lo que hemos estudiado de la situación de Nueva Zelanda, se basaría en que, al parecer, Tregear pensaba que los socialistas eran los únicos hombres con entendimiento, además por las políticas puestas en marcha.
Tregear explicaba que en Nueva Zelanda se estaba trabajando para terminar con los privilegios, se había puesto en marcha el arbitraje, y se estaba combatiendo a los propietarios del suelo urbano que estaban elevando los alquileres, haciéndose con los aumentos de salarios de los trabajadores, conseguidos, precisamente, por el establecimiento del arbitraje. El Estado estaba emprendiendo una política de compra de suelo en los suburbios para facilitar que los obreros se construyesen sus casas.
Tregear se preguntaba en su carta si había que renunciar a las mejoras en el mundo capitalista dominado por “leyes de animales de presa”, o por el contrario se debía, mediante reformas, como la nacionalización de los ferrocarriles y telégrafos, el establecimiento del seguro de vida y contra incendios, la protección de los sindicatos, o las leyes de fábricas, como se hacía en Nueva Zelanda, ganar a los que pensaban de otra manera. Allí se seguía, en palabras de Tregear, un sistema evolutivo. Las fábricas se habían convertido en lugares limpios, se habían subido los salarios, se había moderado la jornada laboral, y se atendía la salud de mujeres y niños.
Podemos consultar, además del número 1090 de El Socialista, el trabajo citado de Berabida sobre el socialismo en el Imperio Británico hasta 1914, en la imprescindible obra colectiva dirigida por Jacques Droz, Historia general del socialismo. De 1875 a 1918, que Destinolibro publicó en España en 1979,
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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