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Lo que viene


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Los acuerdos y pactos de gobierno entre el Partido Popular y Vox en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas prefiguran la ola de lo que se nos puede venir encima a toda España. Si esto se acaba por producir, el retroceso político, la pérdida de libertades y derechos sociales será de las que conforman una época. Entre otras cosas, volveremos al ejercicio del nacionalcatolicismo que sufrió este país durante décadas. La derecha hispánica, ya siempre difícil de homologar con el conservadurismo europeo por el mantenimiento de sus vínculos no totalmente superados con el franquismo y por su cultura más bien rancia, ha sido llevada hacia el extremo y la vulneración de cualquier signo de moderación por la emergencia de una extrema derecha que le ha conducido hacia la radicalización. La estrategia seguida en los últimos años de polarización extrema y de construcción de trinchera política negando legitimidad a la izquierda gobernante, los ha llevado a identificarse con esta extraña versión del españolismo más recalcitrante y del autoritarismo decimonónico. Los personajes que aparecen estos días cogiendo consejerías o presidiendo parlamentos, parecen extraídos del friquismo más extraño o de una colección de cómics. Toreros designados consejeros de cultura, negacionistas de la ciencia convertidos en autoridad política, homófobos confesos, cuestionadores públicos de las libertades, propagadores de las virtudes del franquismo... La normal alternancia política en el gobierno en España, con la dinámica y los mimbres actuales, provoca miedo. Cultura del odio, espíritu de revancha y voluntad de acabar con los consensos básicos que requiere cualquier sociedad democrática para su funcionamiento. Ciertamente, al menos hasta ahora, tienen la legitimidad democrática para alcanzar el gobierno y hacer acuerdos donde los votos se lo han hecho posible. El sistema permite que incluso quienes pretenden destruirlo se presenten a las elecciones y, si se da el caso, gobiernen.

Se dirá, que esta extrema derecha que ya está entre nosotros y que puede acabar por dominar el gobierno español no es la de los europeos años treinta, que ya no se presenta con el brazo levantado, militarizada, practicando la violencia y con la pretensión por sustituir el régimen democrático por una dictadura unipersonal. Y, ciertamente, es así el posfascismo. Sus formas son distintas, la práctica de la violencia es únicamente verbal y no cuestionan el sistema de elecciones, aunque le pretenden vaciar de las sutilezas de la cultura democrática que se basan en la tolerancia, el respeto y el predominio de la verdad. La violencia que practican a día de hoy es la desaparición de los servicios públicos, la contribución al desmontaje del Estado de bienestar, hacer políticas que agravarán de forma brutal la desigualdad social y la ruptura de cualquier tipo de cohesión. Hacen de la xenofobia su bandera para enganchar y su promesa de recuperación de los valores (?) tradicionales la negación de cualquier vestigio de modernidad y la limitación de las libertades largamente trabajadas, retroceder décadas con relación a la cultura de la igualdad de los géneros ampliamente lograda y asimilada. El voto a esta nueva extrema derecha ya sea en la versión actual del PP o en la más pintoresca de Santiago Abascal, no tiene que ver con el predominio entre la población española del pensamiento más reaccionario. Ciertamente están las élites clásicas con espíritu y ganas de recuperar su hegemonía económica social y cultural. El problema es la existencia de sectores sociales con tendencia a la exclusión que se sienten humillados y abandonados y ahora expresan así su malestar practicando un voto a la contra e, incluso, con actitud gamberra.

Se dirá, con razón, que éste no es un fenómeno específicamente español. Que esto ocurre en Italia, Francia, Alemania, en los países del este y, también, en los idealizados países nórdicos. Y es cierto. La pérdida de valores y cultura democráticos se producen en todo Occidente. El sistema está en crisis. Las causas que tienen que ver con dinámicas económicas que potencian la desigualdad, la pobreza y el desarraigo social, están en todas partes. Así como el carácter disgregador y mal gestionado del fenómeno migratorio. Nos jugamos mucho, sin embargo. La movilización de los votantes progresistas de todo tipo de calado y énfasis debería ser general de cara al 23J. Nos deberíamos dejar, aunque fuera por una vez, de desencantos, escepticismos, desconfianzas o perezas. Quienes queremos un país de progreso, con las matizaciones que se quiera, somos la mayoría, si nos pronunciarnos. La trascendencia es mucha para reforzar o debilitar el espacio común europeo, pero especialmente para mantener la esperanza en el futuro y un cierto nivel de dignidad.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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