La convulsa relación Partido Popular-Vox
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Crece la impresión que esta campaña es más larga y más ancha que las anteriores. No se puede descartar la intervención del calor extremo y su hermano mayor el cambio climático, a lo que habría que añadir el suplemento vitamínico de la mentira, en cuyo experimento el candidato Feijóo ha obtenido grandes progresos para su extensión por el espacio electoral.
El combate contra la falsedad de datos con su contraste y verificación produce un trabajo extraordinario. Y de este modo sucede con otras afirmaciones del debate y sus calidades hasta la impresión de una campaña compuesta por bastante más de dos semanas. La ocurrencia ideada por el presidente Sánchez para el adelanto de las elecciones que alborotó a Àngels Barceló ha terminado por el asentimiento y beneplácito en la izquierda en la decisión a tenor de los contratiempos en la política de pactos operados entre Vox y PP.
A día de hoy, después de los todos los debates celebrados, que han sido tres con seguimiento de imagen animada, salvo los anímica y entregadamente aficionados al café, nadie sabe si Feijóo quiere o no quiere que Vox le acompañe al altar de liturgia cívica de un matrimonio si no por amor, sí al menos por conveniencia. En primer lugar, la incomparecencia al debate de la televisión pública, como se dice en la meseta central, “no hay quien lo haga”, y gana adeptos la masa opinante que alega, como Pedro Sánchez, que el candidato no se dejó maquillar en el plató porque le da vergüenza que le vean colgado del brazo de mar de Abascal.
Salvo las encuestas de más intensa devoción popular nadie imagina a Feijóo libre de la atadura del examen de cálculo y de las chuletas proporcionadas por Vox, que ya han caído en las pruebas de junio en las oposiciones de Valencia y Extremadura. Esa oscilación de estima y querer entre las dos fuerzas, constitucional una-anti constitucional otra, tiene una contradicción temporal de gran excitación precisamente en este momento inmediatamente posterior a las elecciones poco gratificantes para el gobierno de coalición del pasado 28 de mayo.
De haber cumplido el calendario electoral canónico las elecciones se habrían celebrado en noviembre-diciembre con la relación familiar entre Vox y PP ya asentada en rutinas y combate de prejuicios, ya como decía Thomas Bernhard de la institución familiar, “colección de parientes consanguíneos”. En este instante de necesidad de iluminación fundamentalmente a expensas de Feijóo, sólo hay dudas y a veces abominación por la suerte que le ha caído encima, tener que resolver con claridad tan complejo problema aritmético con tanta elector pendiente del levantamiento de la incógnita.
El candidato del PP no está siendo claro. Solo lo ha sido en Extremadura por la intervención del sancta sanctorum que le montó un te deum en Génova y una excomulgación inquisitorial con gran castigo público a la rubicunda María Guardiola. En este momento, la relación entre ambas formaciones separadas físicamente más que nunca por la moderación de Xabier Fortes, tiene que soportar lo que Feijóo concreta en que Vox y Psoe suman sus fuerzas para que no gobierne el PP.
Solo Claudio Magris, en “Alfabetos”, puede superarlo: “yo escribo de forma diferente a como hablo; hablo distinto a como pienso; pienso distinto a como debo pensar; y de este modo continúo hasta la más profunda oscuridad”. La verdadera clave de la duda hamletiana del principal desconocedor de las biografías de los narcos que finalmente le llevó a declinar la invitación al debate de La 1 fue, no la vergüenza de la foto con Abascal, sino no saber qué decirle en ese momento de entrega conyugal, de producirse tal. Y con todo el público delante. Antes vio a todo el electorado, como Hamlet, en forma de calavera.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.