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El futuro es federal


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Unidad en la diversidad. Lealtad a lo común y respeto a lo diferente. Son las dos premisas más básicas de la gobernanza federal. Federación es un concepto contrapuesto al de unitarismo. Entendimiento entre identidades y sentidos de pertenencia diversos en intensidades y vínculos.

El planteamiento federal no responde a una ideología específica, es un instrumento de organización del gobierno donde pueden caber y convivir todo tipo de pensamientos y adscripciones. Sólo se requiere compartir la defensa de la libertad y el respeto a la diversidad. Esto es válido a la hora de estructurar los Estados, pero también, para organizar la gobernabilidad internacional. Encajes y acuerdos entre los distintos niveles de gobierno primando, sobre todo, el principio de subsidiariedad. Todo lo que se pueda hacer y decidir en un entorno más cercano, que no se traslade al ámbito de decisión más distante. Lo que pueda hacer un ayuntamiento, no hace falta que lo haga el Estado o la Unión Europea. En España, algunos de los problemas llamados “territoriales” que se arrastran tienen que ver con que el sistema autonómico es resultado de un federalismo diluido, insuficiente y demasiado imperfecto. Habría que completar lo que se hizo en 1978 y asumir, de una vez, el carácter multinacional del Estado. Esto significaría un acuerdo político y jurídico sólido, constitucional, donde se abandonaran de forma definitiva las veleidades unitaristas y homogeneizadoras que, especialmente pero no sólo, predominan en el campo de la derecha política. Seguramente el grado de descentralización política es ya muy amplio, dirán algunos, pero no lo es la cultura política asumida y compartida. Todavía hay quien cree que existe una esencia de lo español y que la diversidad es artificial y algo que debe tolerarse, pero que no resulta deseable. Es ese concepto de “conllevancia” que fijó hace casi cien años José Ortega y Gasset. En realidad, España es el resultado de la suma, la agregación histórica de lenguas, culturas y de identificaciones y sentimientos diversos. Aquí es donde debería radicar su fuerza. Lo plural nunca es más débil que lo homogéneo. Aceptar la diversidad, resulta mucho más enriquecedor que la falta de robustez de lo forzadamente unitario.

Habría que formalizar, de una vez, un gran pacto político que partiendo de la pluralidad estableciera un sistema de gobierno y una cultura democrática que descansara en el federalismo. La diversidad como punto de partida de una sociedad que entiende que todo lo múltiple es un bagaje que debe compartirse y defenderse de manera común. No se trataría de tolerar, sino de apreciarlo. Aceptar que los sentidos de pertenencia pueden ser diferentes y al mismo tiempo compartidos, que se puede vivir y convivir con vínculos desiguales y emocionalidades no exactamente homogéneas. Lo irrenunciable es el marco común de ciudadanía y el respeto al otro. En el caso español, esto vale entre dichas comunidades autónomas, pero también y de forma especial, dentro de cada una de ellas. Las llamadas "naciones" que forman el estado compuesto que es España, no son "unidades de destino en lo universal". Por poner un ejemplo, la catalanidad tiene tantos significantes como personas viven en Cataluña donde incluso debe ser posible sentirse al margen de ese embridaje. La identidad debe ser una religión laica que cada uno elige y adopta a voluntad, nunca por imposición. Pero también debe haber lugar para descreídos. Para establecer en España un sistema realmente federal, es necesario que los nacionalismos -todos ellos-, abandonen su esencialismo, su supremacismo y, especialmente, la noción de poseer la religión única verdadera. Se debería clarificar las funciones y atribuciones de cada nivel de gobierno, aceptar que la articulación puede ser asimétrica en función de la voluntad de los diferentes territorios, que el sistema de reparto de recursos debe ser claro, justo y transparente; que la capitalidad y la sede de las instituciones comunes pueden ubicarse en diferentes ciudades del Estado y, en especial, establecer y firmar un pacto de lealtad. Esto significa abandonar estrategias de “peix al cove” o de “cobramos por adelantado”, de negociación siempre abierta y chantaje continuado. Lógicamente, también la actitud disgregadora del "España somos nosotros". Y hay que llevar hacia aquí a la derecha política que ha hecho del “conflicto territorial” su razón de ser y de reforzamiento y cohesión política. Demostrado, una vez más, que no se puede gobernar a España en contra de las comunidades y los votantes periféricos, quizá le conviene al conservadurismo evolucionar hacia una concepción y práctica de la españolidad más moderna.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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