El gran debate bíblico, o cómo no responder al terror con más terror
- Escrito por José Félix Tezanos
- Publicado en Opinión
Las elecciones gallegas nos han situado ante una nueva encrucijada electoral no exenta de complejidades y matices en otros lugares donde próximamente se realizarán elecciones, como el País Vasco y Cataluña.
En Galicia el PP siempre ha tenido un notable grado de enraizamiento material y simbólico, con personajes tan emblemáticos como Fraga, Rajoy y el propio Núñez Feijóo. Y con apoyos electorales que en 1993 llegaron a un 52,6%, 5,2 puntos más que el 18 de febrero.
El hecho de que en su gran feudo el PP pudiera perder la mayoría absoluta que había permitido gobernar en solitario, como apuntaban en la última semana de la campaña varias encuestas, no solo las del CIS, había encendido las alarmas en las filas del PP. De ahí, el enorme activismo desatado durante esa semana, con gratificaciones económicas extraordinarias a las mariscadoras, mensajes enviados al personal sanitario prometiendo mejoras salariales y organizativas, monjitas organizando el voto de sus asilados e internos, etc.
Aunque algunos están pensando en reclamaciones por iniciativas tan extremas y apasionadas, la verdad es que poco importa a toro pasado tan extraordinario activismo José Félix Tezanos Director de TEMAS de última hora a la luz de los resultados electorales. Resultados que denotan la potencia de la maquinaria electoral del PP y su notable combatividad, que revela hasta qué punto pensaban que podían perder su mayoría social y política estructurante en una Comunidad Autónoma tan importante y tan simbólica para ellos. Por eso, su enorme alegría final demuestra lo mucho que temían perder fuelle en esta ocasión.
Pero, lo cierto es que han ganado de manera clara, después de movilizar a bastantes electores, que algunos analistas creían, durante la jornada electoral, que podían ser personas críticas con el PP. Pero que, al final, resultaron electores movilizados por el propio PP.
En Galicia no se puede negar que el PP ha logrado un triple objetivo: ganar unas nuevas elecciones autonómicas en Galicia, parar el ascenso de Ana Pontón y el BNG, e infringir una derrota importante al PSdeG, una parte de cuyo electorado había sido atraído en esta ocasión por la idea de un voto “útil” al BNG, que podía abrir la puerta a un gobierno progresista que pusiera fin al largo predominio del PP en Galicia. A su vez, a este triple objetivo, el PP ha intentado añadir la interpretación estratégica de que las elecciones gallegas han reforzado el liderazgo nacional de Núñez Feijóo, al tiempo que debilitaban el de Pedro Sánchez. Aunque, lo cierto es que el grado de implicación de ambos líderes en la campaña gallega ha sido bastante disimilar. No solo por razones de arraigo gallego, sino también por el tiempo dedicado, en una proporción que va de 7 a 1 a favor de Núñez Feijóo. No obstante, la verdad es que algunas de las lecturas que se han hecho sobre las elecciones gallegas han estado bastante sesgadas, habiéndose llegado a hablar de una preponderancia aplastante del voto de las derechas sobre las izquierdas. Con su voluntad de exageración y sesgo, algunos han sostenido que las derechas han aventajado a las izquierdas en más de diez puntos, cuando en realidad la diferencia ha sido de menos de dos puntos (1,78), con un total de 49,55% de los votos obtenidos por el PP y VOX, respecto a un 47,77% por el BNG, el PSdeG y los otros partidos de izquierdas.
¿Crisis latentes de liderazgo?
La implicación del Presidente nacional el PP en las elecciones gallegas (en tiempo, en esfuerzos y en elementos simbólicos) hace necesario calibrar bien lo que pueden suponer los resultados del 18 de febrero en la situación social de España en general, y del equilibrio de fuerzas entre PP y PSOE y entre la izquierda y la derecha en España, en particular.
A la espera de datos sociológicos más precisos sobre los sectores que en mayor grado se están decantando electoralmente a favor y en contra de unos y otros partidos, las informaciones disponibles en estos momentos indican que el voto conservador está retrocediendo entre los jóvenes, las mujeres, los residentes en entornos urbanos y entre sectores de las clases medias ilustradas. Sectores en los que el PP de Feijóo –al margen de lo ocurrido en Galicia– es visto como un partido demasiado escorado hacia la derecha, y bastante involucionista y negativo en lo concerniente a los derechos y oportunidades de los jóvenes, de las mujeres y de los sectores más débiles de la sociedad. Al tiempo que ese PP es poco receptivo a lecturas y desarrollos autonomistas –en contraste con alguno de sus grandes líderes históricos– y demasiado dado a la bronca, las descalificaciones y los insultos gruesos. En definitiva, como un partido propiciador de la crispación y las malas maneras políticas. Algo que –al margen de la plena legitimidad de su última victoria electoral en Galicia– bastantes españoles ven con prevención, e incluso con temor a que se pueda “volver” a los climas de confrontación extremista que algunos creíamos que habían sido definitivamente desterrados de la vida política española.
Los resultados de las elecciones gallegas reflejan la potencia del voto del PP en determinados lugares, que deben ser situados en contextos más amplios, sin perder de vista que se está ante una encrucijada electoral compleja en la que las posibilidades del PP en España se encuentran mermadas por condicionantes sociológicos.
El fondo y las formas de la política
Cuando pasen algunos días, y se apaguen los efectos de los ruidos inmediatos, se acabará asumiendo que la victoria del PP en Galicia ha sido un hecho lógico y esperable. Lo llamativo y sorprendente era que hubiera perdido en su feudo más potente y natural. Por eso, es importante situar el análisis político en sus planos más relevantes e inmediatos.
Lo que nos emplaza ante la pertinencia de determinadas formas de hacer política. Y los riesgos que de ahí se pueden derivar. Lo que está ocurriendo con Feijóo y su equipo no es unicamente una cuestión de crispación exagerada, sino que determinados sectores de clase media templada están viendo no solo “malas maneras”, sino también “mala educación”. Algo que inquieta a sectores cultos y europeizados de las clases medias. De hecho, personas situadas en estos ámbitos han llegado a comentarme que no pueden “permitir” a sus hijos pequeños ver libremente determinados espacios informativos en las televisiones porque están plagados de ejemplos de “malas maneras”, de insultos y tonos broncos. “¿Cómo les vamos a decir luego a nuestros hijos que no “se insulta”, o no se grita a los demás, o que hay que ser respetuosos con las personas y sus ideas, después de lo que se ve un día sí y otro también en las televisiones?”. Y no les falta razón.
Pero no se trata solo de una cuestión de malas formas, de insultos y de mala educación, sino que en nuestras sociedades se están extendiendo climas preocupantes ante cuestiones graves que nos afectan a todos –y nos van a afectar cada vez más–, y que van a requerir capacidad –y voluntad– de entendimiento. Al menos en determinados planos. Me refiero a asuntos como el cambio climático y sus efectos, los procesos migratorios en ascenso, las guerras en marcha y el desarrollo de discursos y talantes belicistas, los problemas del infraempleo juvenil y sus desastrosos efectos sociales y personales, los riesgos de que Trump sea el próximo Presidente de los Estados Unidos con sus obsesiones y recomendaciones a Putin para que ataque a los países de la OTAN que no invierten más del 2% de su PIB en políticas de defensa, etc.
Necesidad de nuevas políticas
El auge de la “politización mediática del disparate” al modo de Trump, y el ascenso de la extrema derecha en casi todo el mundo, plantea en España el dilema de si el PP y su actual líder se van a alinear netamente con estas tendencias después de las elecciones gallegas, debido al subidón de adrenalina que han logrado con sus correspondientes efectos políticos y electorales, o si van a evolucionar hacia enfoques más centristas que les abran la perspectiva de poder formar gobiernos alternativos en algún momento. Más tarde o más temprano.
El PP está siguiendo una dinámica estratégica tan bronca y beligerante que solo tiene a Vox como posible socio de gobierno, en un encajonamiento que limita sus posibilidades de realizar alianzas y conformar alternativas de gobierno más amplias.
Plantear así las cosas no es nada exagerado, ya que hoy por hoy el principal problema del PP en muchos lugares y a nivel general es que tiene cerradas –en gran parte autocerradas– sus opciones políticas de formar mayorías alternativas de gobierno. De hecho, la senda seguida por Casado y Feijóo ha tendido, excepto en lugares donde siempre han sido hegemónicos como Galicia, a encapsularse políticamente en espacios sociológicos demasiado sesgados hacia la derecha dura. Lo que no les “permite” desarrollarse en ámbitos sociológicos en los que existen más posibilidades de encontrar –y convencer– a una mayoría de electores. En sus posiciones estratégicas y discursivas actuales, en realidad el PP solo coincide y compite con Vox. Por eso, sus posibilidades de voto –que no son pocas– dependen de una especie de lógica de los “vasos comunicantes limitados”. Es decir, si Vox baja, el PP sube; pero no lo suficiente. Y si Vox sube, el PP baja en paralelo. Todo lo cual tiende a generar en el PP una especie de síndrome de “dependencia cautiva limitativa”. Sobre todo, allí donde el PP y Vox no tienen capacidad para superar las limitaciones sociológico–electorales del espacio que la derecha dura tiene en España. Entonces, el problema (su problema) es que no “tienen” otros socios y/o aliados posibles de gobierno, situados en los espacios del centro democrático y del autonomismo templado. Y ¿qué hacen o pueden hacer desde tal posición autolimitada y limitadora? ¿Entonar salmos propiciatorios y lanzar imprecaciones autojustificativas? ¿Batir los tambores de guerra? ¿Ensayar danzas guerreras en torno a hogueras en las que se queman los problemas y dilemas de muchos electores a los que no les interesan sus lemas y tópicos belicosos?
¿Primero los liderazgos?
Los expertos en este tipo de cuestiones sostienen que, para enmendar tal tipo de entuertos políticos, lo primero que hay que hacer en “arreglar” la cuestión del liderazgo. Algo que algunos pensamos que se encuentra directamente ligado a la cuestión del proyecto, y a los modos y los modales. Todo junto, si no se quiere persistir en el riesgo de los liderazgos de quita y pon, de usar y tirar. Como ocurre en otros ámbitos de la vida social, económica y comercial.
Por todo eso, el PP, después del subidón de adre- nalina experimentado en Galicia tendría que realizar un debate serio sobre su proyecto de gobierno y sus opciones de liderazgo. Algo que es lo natural y propio de los partidos serios cuando se encuentran ante encrucijadas electorales complejas en el contexto de una democracia madura. Como es España, que en el último Informe realizado por The Economist ha sido ubicada en el reducido grupo de las únicas 24 “democracias plenas” que existen en el mundo. Grupo en el que no están algunos países que nos llevan años de ventaja en el camino de la democracia, como Bélgica, Italia o Portugal.
Esperemos, pues, que en el PP queden suficientes rescoldos de sosiego, inteligencia y sentido común, como para que dejen de insultar, descalificar, desestabilizar y denostar a España –a nuestra “democracia plena”– en tantas instituciones y lugares internacionales, para dedicarse a aplicar en su propia casa lo que algunos han hecho ya en otras instituciones y ámbitos nacionales e internacionales. Y que sepan hacerlo con transparencia y respeto.
Patologías demoscópicas
Las elecciones gallegas han vuelto a mostrar públicamente una de las patologías que afecta a nuestro sistema político. Me refiero a la sobreatención a las numerosas encuestas preelectorales que se publican –con machacona reiteración– en los momentos que anteceden a todos los comicios. Hasta el punto de que se ha acuñado el latiguillo de “todas las encuestas menos el CIS de Tezanos dan ganador al PP...”. Algo que desconoce realmente los contenidos concretos de las encuestas del CIS, que siempre presentan más matices de lo que algunos opinadores poco “informados” sostienen.
A nadie se le oculta que esta manera “sesgada” de hacer y publicar encuestas responde a una estrategia específica del PP en los períodos de Casado y de Feijóo. Y no solo a las relacionadas con algunas inseguridades personales y grupales, sino para intentar forzar un efecto “arrastre de los ganadores”, que algunos calificamos como el “efecto Vicente”, en recuerdo al famoso refrán popular que sentenciaba: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.
Que eso lo intente hacer un partido político puede entenderse, pese a la endeblez de su consistencia “teórico–práctica”; lo que no se entiende es que lo hagan algunas empresas privadas y determinados profesionales que ya tendrían que haber sido capaces de “comprender” lo poco que se puede hacer en base a encuestas de apenas 1.000 entrevistas telefónicas semialeatorias, en las que apenas dan su opinión o intención de voto 600 encuestados, o menos. Lo que no permite realizar estimaciones electorales mínimamente serias. Estimaciones en las que se llega a atribuir escaños en provincias en las que no se ha realizado ninguna encuesta, o solo dos o tres, como ocurre con las circunscripciones menos pobladas, que no son pocas (Soria, Ávila, Teruel, Segovia, etc.).
Falsos sociólogos y falsos pronósticos
Cuando se procede de esta manera, no se pue- den esperar resultados mínimamente rigurosos, por no hablar de toda esa legión de pseudo sociólogos y opinadores que no han realizado estudios de Sociología, ni de Ciencia Política. ¿Por qué algunos medios de comunicación social, e incluso instituciones públicas, continúan encargando encuestas y semiestudios y análisis electorales a ciertos falsos sociólogos?
Dicho todo esto, desde la convicción profesio- nal de que las encuestas preelectorales, incluso las que utilizan muestras amplias y se efectúan aplicando métodos rigurosos, deben tomarse siempre con cautela y provisionalidad, y entender que la característica principal de cualquier estimación electoral –también las que realiza el CIS– es que es tentati- va, provisional (válida solamente para el momento exacto en el que se hacen las encuestas) y tiene los márgenes de error propios de las muestras estadísticas utilizadas. Por lo que un auténtico profesional de la Sociología tiene que saber siempre que no debe aspirar más que a una aproximación relativa a unas realidades sociológicas complejas que están abiertas y que se encuentran sometidas hasta el últi- mo momento a variaciones (cada vez más votantes posponen su decisión a los últimos momentos) y a márgenes estadísticos de error.
De ahí, la perplejidad con la que algunos contemplamos ciertas patologías demoscópicas –y las batallas y “vendettas” analíticas paralelas– que se dan recurrentemente en la sociedad española cada vez que los españoles somos llamados a las urnas. ¿Y todo eso para qué?
José Félix Tezanos
José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.