Crisis del europeísmo y de la democracia
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Para los europeístas, estas próximas elecciones al Parlamento pueden ir entre mal y muy mal. Los partidos de izquierda, los socialdemócratas y las demás, todo apunta a que también saldrán bastante maltrechos. Como hemos visto hace unos días en Madrid, con la concentración de figuras de la extrema derecha europea más el incalificable Milei, la batalla política que ha planteado el reaccionarismo europeo, tiene un gran calado, abundancia de medios y discursos lo más extremos posibles en lo que respecta a la polarización de la política y la sociedad.
Lo que hace tiempo que afirman, y que cada día lo expresan en un tono más agrio y formas violentas, da grima. Aparte de contenidos excluyentes e inaceptables en su discurso, las formas resultan, en estos momentos repugnantes y demasiado significativas. El tono exacerbado, chapucero y agresivo de Milei es cada vez más compartido por toda la derecha más rancia, la cual incluso arrastra a conservadores que antes practicaban el buen tono, la tolerancia y la cordialidad. Se han vuelto todos muy agrios y con una retórica insultante, el uso abusivo del rumor y la falsedad y una demagogia tan extrema que les permite combinar un discurso ultraliberal extremo en favor de los sectores económicamente dominantes con la pretensión de hacer creer a los más desfavorecidos que han venido para redimirlos a ellos. El populismo derechista ha acabado por convertir la política y su discurso en algo muy desagradable, con una fanfarronería ingente prometiendo falsas y sencillas recetas para resolver problemas que tienen mucha complejidad. El “facherío” que se ha exhibido en Madrid para apoyar políticamente a Vox, dista de tener un programa político compartido. Unos son liberales extremos, pero otros como Le Pen o el propio Abascal comparten planteamientos que se avecinan al proteccionismo. Coinciden, eso sí, en el patrioterismo, en hacer de la xenofobia y el racismo su signo de distinción, apelando a los más bajos instintos que se pueden incubar en torno al fenómeno migratorio y concretando todo ello en una manifiesta islamofobia. Que en la concentración reaccionaria hubiera un ministro israelí expresa muchas cosas. Permite entender cómo la derecha extrema que era antisemita en los años treinta del siglo pasado, ahora es declaradamente sionista. No hace falta buscarlo coherencia ni muchos fundamentos teóricos. Aprovechan las coordenadas de cada momento histórico para presentarse como el orden, la autoridad y el filtro de las democracias y, justamente ahora, lo hacen en nombre de la “libertad”, concepto que se ha apropiado y resignificado.
La base social de la extrema derecha europea es bastante similar, concentrándose en dos segmentos contrapuestos: los más ricos y las clases sociales más bajas que se sienten humilladas y sin perspectivas. Con excepciones, en Cataluña la extrema derecha autóctona es más de clases medias. En todos los casos, sorprende la gran captación de la atención y el voto de los más jóvenes, quienes ya no practican el voto oculto hacia opciones que pueden inducir a la vergüenza pública, sino que lo expresan de forma abierta. Conectan a través del lenguaje directo, el dominio de las redes sociales y la actitud de incorrección política. Curiosamente, hoy, la rebeldía se expresa más en el extremo derecho que en el extremo izquierdo del escenario político. En este último ámbito se han impuesto posiciones culturales tan cerradas que representan ya el moralismo insufrible. Y ese nacional populismo que se va imponiendo por todas partes, es marcadamente varonil como el after shave. Se identifica con una masculinidad ancestral que sirve de refugio a muchos que han quedado desubicados y confundidos. En el futuro Parlamento europeo, el euroescepticismo de unos, combinado con el anti europeísmo de otros puede debilitar y mucho a la Unión Europea. Ya están en el gobierno hoy en 10 estados de los 27. Y va aumentando el peso electoral por todas partes, condicionan cada vez más las agendas políticas y en los próximos comicios pueden ganar, o bien ser segunda fuerza, en mitad de los países de la Unión. Las clases dirigentes, en este caso sí como en los años treinta, les van normalizando y los ven como un posible recurso. La fotografía del empresariado español con Milei dice muchas cosas. Con esta dinámica política que busca la confrontación más que el entendimiento, la disgregación frente a la cooperación, el futuro de Europa puede ser una entelequia. Tras las bambalinas, el presidente Putin sonríe satisfecho.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR
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