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Hambre, subdesarrollo y justicia social


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

Si hubiera vida inteligente en otro lugar distinto a este Planeta azul, y alguna vez seres de ese lugar tuvieran posibilidades –y ganas– de establecer contacto con nosotros, lo más probable es que, una vez que “aterrizaran”, se encontraran con algunas dificultades de comunicación.

No pocas veces he pensado en cómo podría ser tal encuentro. Lo que me ha llevado a conclusiones inquietantes.

El gran “Encuentro”

Recordando cómo se desarrollaron los prime- ros encuentros entre los “conquistadores” europeos y los nativos americanos, lo primero que cabría esperar es que la situación de “superioridad” de los “visitantes no los llevaría a cometer las mismas salvajadas que nuestros ancestros. De hecho, hay quien ha sostenido que algunas civilizaciones americanas es posible que hubieran tenido algún contacto previo con otros seres que se encontraban a “otro nivel” y a los que estaban dispuestos a recibir y agasajar como seres superiores (“divinos”), de los que no cabría esperar que robaran sus ajuares (de oro y plata), violaran a sus mujeres y redujeran a la condición de esclavitud a cualquiera de ellos/as.

La mayoría de los españoles son muy sensibles ante el aumento de las desigualdades entre los países pobres y ricos y piensan que España tendría que hacer mayores esfuerzos para ayudar a desarrollarse a los países más necesitados. 

Pero, suponiendo que todo fuera diferente en esa nueva hipotética situación de “encuentro”, pasados los primeros momentos de emoción, curiosidad, observación mutua y exploración de las formas de comunicación posibles, unos y otros se intentarían “caer bien”, al tiempo que explicitarían emociones con sonrisas, estrechamiento de manos y gestos recíprocos de amistad y concordia (esperemos). De forma que, poco a poco, se podría estar en condiciones de hacerse preguntas recíprocas. Nosotros, plausiblemente, nos interesaríamos por saber de dónde vienen, cómo piensan, cómo viven, cómo se estructuran, cuántos son, cuál es su historia, qué conocimientos tienen (sobre todo, en materias energéticas, de comunicación, de salud y condiciones vitales), qué medios de destrucción tienen (cuestión peliaguda e inquietante), cómo funcionan los ingenios en los que han venido hasta aquí (y en qué forma y a qué velocidad lo han hecho), cómo se organizan socialmente, quiénes son sus jefes (y si tienen jefes)...

Miedos y cautelas

Lógicamente, todo esto habría que plantearlo de manera sutil y poco a poco, sin precipitarse, sin demostrar miedo, ni ansiedad excesiva, evitando despertar recelos o desconfianzas. Y, claro está, con un “toma y daca”; contando cómo hacemos nosotros las mismas cosas que queremos saber de ellos. Con prudencia, averiguando qué conocen “ellos” de nuestro Planeta y nuestras formas de vida y, sobre todo, de los bombardeos masivos que aquí se producen como si tal cosa, y que indudablemente deben dejar rastros de grandes llamaradas en la superficie de nuestro Planeta, desde el que también se emiten señales de audio y video que, plausiblemente, pueden ser captadas desde el espacio exterior. ¡Menuda papeleta si tuviéramos que explicar todo esto a alguien exterior!

Superadas –supongamos– todas estas cautelas y dificultades iniciales, a medida que se fuera estableciendo un clima de confianza y relajamiento de los encorsetamientos, y de los lógicos temores e incertidumbres iniciales, es posible que con tal ambiente, ante las maravillas que ellos nos contarían sobre su mundo y sus avances, nosotros (nuestros “interlocutores”) empezarían a activar los deseos de exhibición y se inclinarían a presumir también de las cosas buenas de este Planeta y sus gentes. Les hablaríamos de nuestros museos, de grandes obras de arte, de nuestras playas y parajes maravillosos, de nuestros genios científicos, de Newton, de Einstein, de Keynes… ¿También les hablaríamos de nuestros grandes multimillonarios? ¿Y de sus enormes riquezas? ¿Y de por qué algunos de ellos tienen incluso “agencias espaciales”, desde las que lanzan los ingenios que los “visitantes” ya habrían podido observar? También es posible que pronto les hablaríamos del alto nivel de renta y de la “buena vida” de que disfrutan las personas y los países más prósperos de este Planeta. Del gran crecimiento económico que hemos alcanzado, etc.

Pero, llegados a este punto, una vez que nues- tros representantes en ese “Gran Encuentro” (es de esperar que no habríamos enviado a los “Musk” de turno), se podrían encontrar con algunas preguntas incómodas sobre asuntos de los que los visitantes se habrían ido enterando a través de otras fuentes diferentes a las que les proporcionarían nuestros representantes.

Contradicciones y ocultamientos

Por eso, en algún momento uno de los “visitantes”, con un acento y una entonación que es difícil imaginar y saber si sería producida a través de un dispositivo biológico de fonación o de un artilugio tecnológico capaz de convertir/traducir sus pensamientos en fonemas de un lenguaje humano, nos dijera: “Un momento, hemos visto que en algunos lugares hay muchos hermanos de su especie que pasan hambre. ¿A qué se refiere?”… Gran silencio. “¿Acaso son ascetas?”, –podría continuar el visitante “curioso”. “¿Cómo Gandhi y algunos otros que apenas comen para dedicarse a la vida contemplativa?”. “¿No comen porque no sienten hambre?”… Nuevo silencio prolongado. Carraspeos.

Los interlocutores terráqueos se mirarían unos a otros, sin que nadie se decidiera a decir nada ni a explicar nada, hasta que un joven sincero que se les habría colado –siempre se cuela alguno– entre los jefazos que organizarían las interlocuciones, se atrevería a explicar con voz muy queda al principio: “No, no. Ejem, ejem. Es que, miren ustedes, hay personas aquí muy…, ejem, muy pobres que no tienen lo necesario para –larga pausa– para comprar los alimentos necesarios para comer…”.

“¿Cómo?” –preguntarían al unísono varios visitantes–. “Pero nos han dicho que han creado mucha riqueza y tienen muchos alimentos en este lugar con tantísima agua”. “Sí –terciaría uno de nuestros interlocutores más entrado en años y con más autoridad–. La cuestión es que algunos se organizan un poco mal, no saben organizarse… Pero ya tenemos agencias mundiales que se están ocupando de ese «desajuste»”. Y les contaría lo que hace la FAO y Naciones Unidas con sus programas de alimentación, y les explicaría a esas buenas gentes, que escucharían con la boca abierta –si tienen algo similar– nuestras políticas, mientras nuestro preboste-interlocutor que presumiría de que estamos “reduciendo” (sic) el número de hambrientos, en un tiempo razonable –añadiría–, a solo (solo, repetiría) la mitad de lo que son ahora…

Entonces es posible que uno de los visitantes le interrumpiera preguntando: “¿Y cuántos son ahora esos hambrientos?”.

“Bueno, pues, en realidad, esto… en fin… de momento, veremos, solo 735 millones de personas” –respondería nuestro preboste.

“¿Cómo?” –reaccionarían al unísono varios visitantes. “¿735 millones? ¿Y qué mal han cometido esos hambrientos para merecer tan enorme castigo? ¿Han cometido grandes crímenes? ¿Cómo es posible que tantas personas pasen hambre teniendo ustedes tantes riquezas como dicen que tienen? Y, además, hemos visto que a veces incluso queman o destruyen grandes cantidades de alimentos para que no suban los precios”. “¿Qué es eso de los precios?” –inquiriría otro visitante.

“Bueno, miren ustedes” –terciaría otro de nuestros interlocutores con gaficas y aspecto de eco- nomista o de sociólogo empollón–. “Se trata de una mera cuestión técnica. Pero, ya venimos implementando un plan subestructural de atención particularizada que se desenvuelve por etapas, mientras se materializan las reformas técnicas estructurales necesarias en las infraestructuras… “. “Ya hemos decidido que dentro de diez años –señalaría cortante otro de los nuestros– vamos a reducir el número de hambrientos a la mitad. Es decir –advertiría sonriendo con expresión triunfal–, a solo 350 o 400 millones de hambrientos”.

“¿Y mientras tanto qué va a ser de los otros 350 millones de hambrientos hasta dentro de 10 años? ¿Se van a morir de hambre mientras pasan esos diez años?”

“Todo esto es bastante raro –añadiría otro visitante–. He leído en un informe en las redes que ustedes tienen, y de las que tanto presumen, que hace 30 años ustedes hicieron otro plan similar que preveía que ahora solo habría la mitad de hambrientos que tenían entonces y que eran 800 millones. Pero ahora nos dicen que no son 400 millones, sino más de 735. Y además he leído que la cifra real de hambrientos, según los criterios y magnitudes de proteínas que tenían establecidos entonces, ahora se eleva realmente a más de 1000 millones de personas”.

Digiriendo confusiones

“Esto no hay quien lo entienda” –clamarían a coro varios visitantes. ¿Cómo pueden ser tan insensibles a las hambrunas que padecen millones de seres humanos como ustedes? ¿Y cómo permiten que se propicien hambrunas como arma de guerra en varias zonas de su bello Planeta, como ustedes dicen?”.

“No se crean ustedes lo que se dice en las redes –cortaría con resolución otro de nuestros interlocutores, con pinta y ademanes de pertenecer a un servicio de inteligencia–. Por las redes circula mucha basura…”.

“Ya veo… Pero nos han dicho que ya casi no tienen ustedes problemas con las basuras y los residuos…” –apuntaría otro visitante.

Ni que decir tiene que esa noche nuestros interlocutores tendrían problemas para conciliar el sueño, intentando poner en orden sus ideas y argumentos, sobre todo, para explicarles a aquellos “cabezas cuadradas” las razones por las que nuestra avanzada y próspera civilización no es capaz de solucionar algo tan sencillo como lograr que millones de personas no tengan que irse a la cama (al jergón) con una sensación atroz de hambre y un nudo en sus estómagos.

Realidad que se produce porque millones de seres humanos no tienen dinero para “acceder a la cesta de la compra, a pesar de que hay comida en los mercados locales” 1 . Eso es precisamente lo más terrible del problema.

La terrible realidad es que millones de seres humanos no tienen dinero para “acceder a la cesta de la compra, a pesar de que hay comida en los mercados locales”. 

Seguro que al día siguiente los “visitantes” preguntarían cómo es posible que eso ocurra por falta de recursos, mientas unos pocos multimillonarios tienen fortunas equivalentes al PIB de varios de sus países. Fortunas que no serían capaces de gastarse ni en 1000 años que vivieran. “¿Para qué quieren tanta riqueza? ¿Por qué la mayoría de los países ricos ni siquiera aportan el 0,7% de su PIB para ayudar al desarrollo de los países más pobres de su Planeta?”. ¿Acaso no sabe la opinión pública lo que está ocurriendo en su mundo? ¿Qué piensan de todo esto sus conciudadanos? –dirían.

La opinión de la población

El problema es, que si nuestros representantes les contaran un “cuento chino” para salir de apuro, esos visitantes tan espabilados ya habrán consultado la página web del CIS –por ejemplo– para averiguar qué piensan los españoles sobre una cuestión tan hiriente”.

De hecho, los datos del barómetro del CIS de septiembre de este año evidencian que la mayoría de los españoles conocen bien estas situaciones y tienen opiniones muy claras y contundentes sobre ellas.

El 95,6% cree que existen actualmente muchas desigualdades entre los países ricos y los pobres, e incluso un 54% afirma que las desigualdades son mayores que hace 30 o 35 años, siendo solo un 13,1% los que piensan que son menores en estos momentos, mientras que un 26% considera que no han disminuido. Es decir, para un 80% las cosas no están bien, ni se están reduciendo las desigualdades internacionales.

Partiendo de tales apreciaciones, no es extraño que un 77,8% de los españoles se sientan muy preo- cupados o bastante preocupados ante tal situación. Algo que se conecta, y en cierto modo “explica”, el aumento de la población inmigrante en países como España, según cree el 87,3%. Lo que lleva al 72,2% de los españoles a sostener que “países como España tendrían que hacer mayores esfuerzos para ayudar a desarrollarse a los países más pobres”.

Estos datos, con todas sus variables y matices, están publicados en la página web del CIS (“Baró- metro de septiembre de 2024”), y a mí personalmente he de confesar que me produce una sincera emoción formar parte de un país en el que la gran mayoría de su población tiene sensibilidad ante cuestiones tan hirientes y acuciantes, y que entiende que, si la riqueza no se reparte mejor y en una proporción adecuada, y no se logra que la riqueza “vaya” también a los países donde viven tantas personas, será inevitable que cada vez una mayor parte de esa población pobre querrá trasladarse a aquellos lugares donde está localizada la riqueza. Y por eso se lanzará, por unas vías o por otras, a la aventura de la migración. Cuestión que en el mismo barómetro del CIS se ha situado como el problema que más preocupa en estos momentos a los españoles (30,4%), seguido a distancia por los problemas políticos en general (20,6%), por el paro (20,1%), por los problemas de índole económica (19,8%), por las desigualdades en general, incluidas las de género (16,1%) y por la vivienda (15,4%).

Tal situación debiera suscitar mayores esfuerzos por alcanzar el objetivo de contribuir con el 0,7% de nuestro PIB a un desarrollo mundial equitativo compartido. Por lo tanto, cuando alcancemos este objetivo, ante el que la gran mayoría de españoles son tan sensibles, algunos podremos sentirnos aún más orgullosos de pertenecer a este pueblo, como tan orgulloso me siento yo de que personas muy queridas para mí dediquen sus esfuerzos a trabajar para atajar y solucionar tamaña ignominia.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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