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Feijóo, en su laberinto


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A las adversidades propias de la investidura de Pedro Sánchez cuando todo parecía obrar en su beneficio electoral, en los comicios de julio de 2023, a Feijóo se le han añadido más contrariedades desde el incontestable triunfo americano de Trump, en noviembre pasado. Solamente Esteban González Pons ha sancionado con sinceridad la trayectoria del jefe de estado de relevancia internacional, mientras que el referencial Aznar se atrevió a decir que “algo pasa cuando el que intentó un golpe de Estado es elegido presidente”, en esa suerte que siempre prefiere el ex presidente entre la metáfora y la figura retórica de preferencia por el despiste y la manía por que el destinatario del enunciado trabaje y sufra en su interpretación.

Trump mira geográficamente a Europa y al encontrarse con España podrá tener lapsos sobre la pertenencia de la misma a la constelación BRICS, pero donde ejerce con rotundidad es en la predilección de su portavoz en la península y territorios insulares, que no es otro que Santiago Abascal. Mientras que el ministro Óscar Puente exhibe licencia en el pormenor físico del dirigente de Vox, Feijóo no tiene más remedio que calibrar su posición comparada con la formación autoritaria con cada vez más riesgo de proyección electoral. Las ansias del presidente gallego por la disolución de las cámaras y adelanto de las urnas parecen frenadas por la situación de marasmo y fragilidad del propio PP en la escena internacional.

La presencia de Abascal en las cercanías de la rotonda del Capitolio, en la ciudad de Washington, mientras Feijóo se reunía con empresarios valencianos con la reconstrucción de la superficie económica levantina por motivo de la sesión y con la mirada atenta de Mazón, refleja las diferencias de apreciación sobre las que se desliza el habitante de la calle Génova, 13. El líder de Vox asienta su fe en la proyección que le puede proporcionar el afecto del magnate de la Casa Blanca y, en esa línea de seguridad, organizó la cumbre de efectos de luminotecnia neo fascista de Madrid, del fin de semana pasado, con Orban, Marine Le Pen, Salvini, entre otros consagrados al grupo Patriotas por Europa, cuyas recetas sobre la inmigración con especial recomendación a Albania y Uganda como destinos de acomodo siguen pareciendo una buena carta de presentación humana.

A esta desubicación internacional de Feijóo, con identificación de la pomada de representación en el despacho Oval, se le añade la aprobación del decreto de pensiones recogido en formato ómnibus y convalidado en el Congreso con el voto afirmativo del Partido Popular, la misma formación que renegó con toda la amplificación posible de su primera entrada en la Cámara Baja, cuando Junts bajó el centro de gravedad del gobierno. La relectura del decreto en Bruselas, suficiente para su vuelta a la carrera de San Jerónimo, ha operado con idéntico resultado en Vox, que ha votado en contra, ahora con el nutriente de la administración Trump y sus cariños y los efectos reconstituyentes de los amigos de la globosfera patriota del entendimiento europeo sin migrantes pero con aranceles si falta hiciese.

El Partido Popular, por el contrario, ha cambiado el sentido de su voto para que suene como un estabilizador sí, pero sin perder en el camino la coraza de dignidad, al menos a su entender. Miguel Tellado dijo que la apetencia del PNV no “era el tractor, sino el palacete”; el templado Borja Sémper prefirió manifestar que el gobierno deseaba el “regalo” del palacete en lugar de las pensiones. Esta identidad de Vox entre una posición y la otra, coincidente con la cambiante figura del Partido Popular, coloca a Feijóo en un nivel altísimo de contradicción, de meterse dentro del “general en su laberinto”, título de Gabriel García Márquez, de 1989, para reflejar el estado de desgaste en el escrutinio de las cosas, cuando en 1830, Simón Bolívar, en Santa Fe de Bogotá se prepara para abandonar América en dirección a Europa. Con 47 años había combatido a la Corona española para reconquistar gran parte su territorio. “Era el fin. El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre”. Así lo escribe su autor, García Márquez.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.


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