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La memoria recuperada. La filosofía que pudo ser


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Conmemoramos el final de la segunda guerra mundial y se suceden los actos acerca de lo ocurrido hace ahora ochenta años. Siempre he pensado que la terrible derrota de las fuerzas republicanas, no llega a hacerse ineluctable hasta que se produce el reparto de áreas de influencia y de esferas de poder en los meses y años posteriores. Es en esos años a finales de los cuarenta cuando el régimen de Franco logra sobrevivir y consigue legitimarse con el apoyo decisivo de las fuerzas norteamericanas; a Estados unidos garantizó la presencia en nuestro país de bases militares esenciales para sus intereses estratégicos, en condiciones impensables en otros países europeos.

Fue una historia dramática para todos aquellos exiliados que vieron como el sueño - que acariciaban los heroicos luchadores de la nueve - de lograr que la liberación de París fuera el preludio de la liberación de Berlín, de Barcelona y de Madrid se hiciera realidad. Como tantos sueños había acabado en una ilusión. Las maletas que habían estado preparadas para volver en seguida a la patria añorada quedaron olvidadas en algún rincón de la casa; la espera sería larga y para muchos de ellos definitiva.

Se han realizado estudios e investigaciones de gran interés sobre grandes políticos exiliados, con biografías notables sobre Araquistaín, Prieto, Tarradellas o Pasionaria. Se han publicado también obras de gran interés sobre Albertí, Ayala, Maria Zambrano o Adolfo Sánchez Vázquez y acerca del diálogo y la polémica entre la España del exilio y la España del interior.

Para profundizar en todos estos temas es imprescindible la lectura de una obra reciente de Jesús Díaz y Jorge Brioso LA LUCIDEZ CONFRONTADA. LA FILOSOFIA POLÍTICA DE ORTEGA EN CONTRAPUNTO*. Estamos ante un libro de enorme interés para los estudiosos de Ortega, para los interesados por la evolución de la filosofía en España en la primera mitad del siglo veinte y para todos aquellos que, en fechas como las que hoy recordamos, se pregunten no sólo por lo que realmente ocurrió sino por lo que pudo ocurrir si las cosas hubieran ido por un camino distinto, si la dictadura de Franco hubiera concluido cuando cayeron Hitler y Mussolini y España se hubiera podido incorporar al pacto europeo posterior a la segunda guerra mundial.

No cabe duda que hubiera sido distinta nuestra vida política y uno se puede imaginar a un Indalecio Prieto en plenitud de facultades o a un Gil Robles en plena madurez; pero también nos podemos preguntar qué hubiera ocurrido si las figuras que aparecen en la obra hubieran podido volver del exilio y se hubieran reencontrado con el antiguo maestro, con el que habían coincido en muchas ocasiones y habían discrepado en otras muchas, pero al que siempre habían admirado. Un Gaos de vuelta a casa, un Marías no excluido de la universidad española, una Zambrano dispuesta a ajustar cuentas con su pasado. No pudo ser. Tuvieron que hacer el balance de su relación conflictiva, dramática, apasionada, cuando se produce la muerte de Ortega en 1.955, pero lo hacen fuera de España.

Sorprende mucho comparar los escritos en España a la muerte de Ortega cuando Laín, Aranguren y Marías tienen que salir en su defensa frente al Padre Ramírez y tienen que impedir que prospere la iniciativa de incluir a Ortega en el índice de los libros prohibidos; estamos ante una batalla frente al catolicismo intransigente previo al Vaticano II. En el exilio, cuando Gaos tiene que hacer el balance, el planteamiento es muy distinto; Gaos vuelve a la república, a los años treinta, a los errores cometidos, a las discrepancias ante el golpe militar del 18 de julio del 36. Hay un hilo de continuidad inequívoco con la España derrotada. Por ello pasados los años creo que a Gaos le hubiera gustado el libro de Jesús Díaz y de Jorge Brioso porque coge el toro por los cuernos y no rehúye las aporías, las contradicciones , los combates oscuros de una vida política y cultural desarrollada en tiempos sombríos.

Y efectivamente lo fueron; lo fueron para los supervivientes del holocausto y para los que sufrieron la devastación de las ciudades europeas con aquellos bombardeos inacabables y lo fueron también para los que veían que la democracia liberal por la que habían apostado estaba puesta en cuestión, parecía desaparecer cuando una tras otra iban cayendo las naciones europeas bajo el avance implacable del hitlerismo. Una Europa que vive dos guerras mundiales en treinta años. Una Europa para que la violencia y la guerra no fueron un hecho excepcional, sino una realidad dramática, donde como una terrible pesadilla se repetían los acontecimientos bélicos.

Y es aquí donde tiene extraordinario interés el Ortega que rescatan los autores, el Ortega que se pregunta, reflexionando sobre Scheler, sobre la realidad de la guerra. Un Ortega que no se conforma con proclamas vagamente pacifistas y/o progresistas y quiere saber qué lugar ocupa la guerra y la violencia en la vida de las naciones europeas. Pensemos que en agosto de 1.914 eran muchos los que creían que la guerra duraría semanas. En 1.918 las semanas se habían convertido en años, habían caído los imperios, se había producido una revolución y se estaba fraguando el pacto de los vencedores, provocando lo que Keynes llamó las consecuencias económicas de la paz.

En ese contexto a Ortega le interpelaban una y otra vez acerca de esa Europa que él había defendido como la solución a los problemas españoles. Esa Europa solución a nuestros problemas se había convertido en una realidad dramática. ¿Estaba Ortega con esa Alemania que admiraba filosóficamente o con esa Inglaterra con la que simpatizaba políticamente?; ¿se podría algún día superar esa división?; ¿¿podrían los europeos articular algo parecido a unos Estados unidos de Europa que superara sus diferencias nacionales y consiguiera una unidad que respetara la diversidad?

Es apasionante leer todas estas reflexiones en estos días en los que nos preguntamos acerca de si existe una identidad europea y si podrá pervivir frente su proyecto frente a Trump y frente a Putin, frente a China y ante la emergencia de n orden internacional lleno de interrogantes.

Es apasionante leer a un clásico para intentar entender lo que nos pasa y llegar a la conclusión orteguiana de que hay momentos en que no sabemos lo que nos pasa. Ortega es ese clásico y lo es aún más si nos acercamos a un Ortega sin tener miedo a conocer y a ahondar en sus contradicciones, en sus silencios, en sus paradojas. En el capítulo sobre las interpretaciones de la guerra civil española en Ortega, en Gaos y en Marías tenemos un magnífico retrato de ese mundo donde los momentos de luz no van en detrimento de los momentos de gran oscuridad; donde la claridad queda oscurecida por la ambigüedad.

Se ha hablado mucho del silencio de Ortega durante la guerra civil y efectivamente si comparamos sus intervenciones con la proliferación de escritos de García Morente y de Marañón apoyando a los franquistas o de Fernando de los ríos o de Gaos apoyando a los republicanos, las palabras de Ortega son escasas, dubitativas y ambiguas. Creo que aciertan los autores al considerar que esa palabra intermitente e insuficiente no permite situar a Ortega en una “tercera España” más allá de unos y otros. Esa fue la posición que defendieron algunos católicos como Mendizabal, y que siempre tuvo la simpatía de catalanistas como Gaziel. No fue la posición de Ortega y se ve claramente en la diferencia con Gaos.

Para Gaos, como para Azaña, era imprescindible el concurso de los socialistas para alcanzar un acuerdo entre los liberales y el movimiento obrero que permitiera asentar el régimen republicano frente a las amenazas del nazismo y del fascismo y frente a la falta de empatía con la república de los anarquistas. Ante la España inquisitorial, tradicionalista, que volvía a paralizar el proceso de modernización política y de secularización cultural, que volvía a dar el poder a los militares para que vertebraran la nación, era imprescindible salvar a la república.

Para Ortega esa república había quedado abducida por fuerzas revolucionarias; ya no era la república liberal conservadora por la que él apostaba y no era capaz de controlar la anarquía y el caos y sólo aspiraban a una dictadura comunista. El régimen republicano había sido superado por los errores de los propios republicanos; de ahí la inquina contra Azaña que aparece en su correspondencia con Marañon.

Frente a un Gaos republicano que muere en Mexico y nunca volvió a España y frente a un Ortega que vuelve e España pero no se reintegra en la universidad, es interesante analizar el papel de Julián Marías. Los vencedores nacional-católicos nunca perdonaron el agnosticismo y el laicismo de Ortega y procuraron que quedara claro que no habían ganado una guerra para tolerar que Julian Marías, el discípulo predilecto del último responsable del desastre republicano, ocupara ningún puesto en la universidad española. Ese Marías que es católico a diferencia de Gaos y de Ortega y, sin embargo, nunca apoyó el golpe militar.

Todas las peripecias de estas tres grandes figuras aparecen en el libro de Jesús Díaz y de Jorje Brioso, un libro apasionante para los interesados en nuestro convulso siglo veinte pero también para aquellos que, más allá de la coyuntura española, inclusive de la coyuntura europea, se preguntan por las cuestiones que hoy agitan la reflexión filosófico-política. Continuamente oímos hablar de soberanía, de democracia, de liberalismo, de Estado y de nación, de legalidad y legitimidad, de consenso y disenso, de ética y política y uno, tras leer esta obra, se pregunta con los autores qué nos pasa para que cada vez que hablamos de estos temas llenemos los ensayos que se publican de autores norteamericanos o alemanes, italianos o franceses, y en rara ocasión seamos capaces de pensar a de la aportación de nuestros clásicos, como si no fuéramos capaces de pensar en español.

Ortega, Gaos y Marías están entre esos pensadores y es muy importante que seamos capaces de rescatar una tradición que está ahí para ser revivida, con sus aciertos y con sus errores, con sus luces y con sus sombras, con sus coincidencias y con sus discrepancias. Sólo así podremos enmendar el olvido y el desconocimiento de esa España que fue derrotada en el 39 y abandonada a partir del 45, de esa España en la que uno imagina que revivía la escuela de Madrid y Ortega podía reencontrarse con Gaos, Marías con María Zambrano y todos juntos lograban rescatar la edad de plata de la cultura española y dar nueva vida a la mejor Facultad de filosofía de nuestra historia.

*Jesús Díaz y Jorje Brioso LA LUCIDEZ CONFRONTADA. La filosofía política de Ortega como contrapunto . Madrid, Tecnos, 2024

Catedrático de Filosofía política de la Uned y ex portavoz de Izquierda socialista.


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