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La identidad de la izquierda


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

A partir de la crisis de las referencias ideológicas tradicionales, en Europa, lo que había sido la izquierda revolucionaria adoptó el conglomerado de posiciones que provienen de la configuración del pensamiento posmoderno, especialmente desde 1968. En lugar de situarse al lado de la Modernidad, del racionalismo y de la visión colectiva que emanaba de la Ilustración y de la Revolución Francesa, se apuesta por una filosofía que rechaza el concepto de verdad objetiva e historicidad, y que atribuye a los pensadores ilustrados el origen de las formas políticas totalitarias y de todos los males ocurridos y provocados por el mundo occidental a lo largo del tiempo. La extrema izquierda asume la paradoja de defender medios y objetivos autoritarios para el triunfo de planteamientos fundamentalistas y dogmáticos, justamente en nombre de superar lo que, afirman, es el poder omnímodo del Estado. Estamos ante una visión del mundo que se construye entre 1960 y 1980, especialmente en Francia, y que pasa a tener presencia e incluso hegemonía en las grandes universidades norteamericanas y que, desde allí, regresará a Europa convertida en una cultura social que induce fuertemente al activismo. Un mundo que gira en torno a los agravios sociales y culturales y que pretende convertir la lucha política en una confrontación por la hegemonía cultural, simplificando mucho los planteamientos de Gramsci, centrándose en marcadores identitarios de género, sexualidad, raza..., y muchos otros. Se deja en segundo plano, o directamente se obvia, toda referencia a las desigualdades socioeconómicas o al conflicto inherente a una sociedad dividida en clases.

El terreno de operaciones cambió radicalmente a partir del triunfo de las tesis posmodernistas dentro de una parte de la izquierda. Ya no se trataba de realizar transformaciones políticas profundas, ya no se podía perseguir ninguna utopía emancipadora. Se había decidido que la revolución, que había sido el símbolo político y cultural de la cultura obrera y de izquierdas, ya no era posible, y aún más, ya no tenía sentido alguno. Mientras la socialdemocracia continuaba defendiendo postulados reformistas en relación con el capitalismo y aún blandía símbolos socialistas en su apuesta por una transformación gradual con fórmulas democráticas, Eric J. Hobsbawm fue uno de los intelectuales de la izquierda marxista que antes marcó distancias con respecto a la posmodernidad y a las políticas identitarias. Para él, que proviene de una tradición marxista y, por tanto, racionalista e ilustrada, el proyecto político de la izquierda solo puede ser universalista y centrado en el sujeto político de la clase social. Los sentimientos de soledad y desubicación provocados por la transformación de las sociedades humanas en el capitalismo avanzado habrían generado la búsqueda de grupos con los que poder identificarse y pertenecer. Lo que se busca es seguridad en un mundo inhóspito, individualista y de personas cada vez más aisladas. Para el historiador británico, convencido de que las tradiciones y los imaginarios son invenciones funcionales, las identidades pueden ser múltiples y cambiantes, definiéndose siempre por oposición a otro. Serían "más una camisa que una piel". Una reacción al desarraigo, a la debilidad de las organizaciones y las culturas de clase. Todo esto no afecta a un capitalismo que se mantiene fuerte, mientras la izquierda pierde el tono universalista que la había definido y se entrega a una derecha que lo sustituirá por el concepto de comunidad nacional.

La disolución del "nosotros" en una subdivisión infinita de culturas y tribus en lucha se ha convertido en un gran instrumento de influencia y desestabilización contra las democracias occidentales. La nueva derecha entiende el cambio cultural de la izquierda posmoderna como una posibilidad, un nuevo campo de juego para reivindicar las formas más feroces de culturas, tradiciones y comportamientos poco defendibles. Hay sectores que se sienten traicionados por la izquierda cuando esta defiende ese subjetivismo esencializado que los convierte en defensores de la moralidad y la corrección política. Parece que el puritanismo y la intolerancia han cambiado de bando. La estrategia comunicativa en redes de la nueva extrema derecha sabe qué teclas tocar, apelando a las pulsiones más elementales hechas de nacionalismo patriótico, valores tradicionales, lenguaje provocador y un machismo rancio. Pero al otro lado, está lo "woke", una corriente identitaria de supermercado que, con su subjetivismo, pretende acabar con la razón y con el legado de la Ilustración. El estereotipo que permitió a Donald Trump ganar en 2016 o quizás en 2024, es que el Partido Demócrata es una coalición de minorías étnicas y blancos urbanos con estudios universitarios que se creen y actúan como la élite del país, mientras que el Republicano sería el partido de los blancos evangélicos, la población rural de la América profunda y los trabajadores desempleados del cinturón del óxido. El "Make America Great Again" propone la rehabilitación nostálgica de un pasado idealizado en el que los votantes republicanos actuales eran los propietarios. Un 55% de los blancos norteamericanos considera que hay una discriminación contra ellos por el color de su piel. Lo importante no es la verdad, sino la percepción inducida.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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