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El ruido y la furia: alineaciones modernas desde el tedio y la ignorancia


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Este no es un verano cualquiera. Es un verano de 40 grados, de noches que no dejan dormir y de días largos con mucho calor y poca ocupación. Es también, para demasiada gente, un verano de alineación. No de planetas, sino de frustraciones. Porque hay momentos en la historia en los que el aburrimiento, el miedo y la ignorancia se alían para fabricar un enemigo que no estaba ahí. Y si no estaba, se inventa. Como se inventa un culpable cuando el sistema ya no da respuestas, o cuando el vecino no tiene aire acondicionado y hay que culpar a alguien.

Las redes sociales, que no existían en los años 30, sirven hoy como altavoces de ese ruido. En Mi lucha, Hitler apuntaba ya esa necesidad de simplificar el mundo en “nosotros contra ellos”, de agitar la emoción por encima del argumento. Hoy, esa estructura retórica se difunde con una rapidez atroz en grupos de WhatsApp, en hilos de X (antes Twitter), en vídeos breves que mezclan indignación con desinformación. No estamos en los años 30, pero el pensamiento que fabrica enemigos es el mismo. Cambian las herramientas, no los mecanismos.

La diferencia es que hoy el odio se propaga en bañador. No hace falta hambre ni ruina económica: basta una combinación de tedio, calor, precariedad emocional y falta de criterio. En muchas ciudades, entre ellas Murcia, se ha instalado una dinámica peligrosa: jóvenes sin horizonte cargan contra otros jóvenes sin trabajo. El parado que se queja del “desocupado” marroquí mientras espera el ingreso mínimo. La madre que grita contra la mujer con hiyab pero que lleva a sus hijos a un colegio concertado con monjas que cubren la cabeza. El coche que pasa a 200 por hora con música a todo volumen y no es noticia, pero el rezo en voz baja en la mezquita sí. Porque no molesta el ruido: molesta lo que no se entiende. Y el miedo a lo desconocido se disfraza de orden y de defensa de la “convivencia”.

Sabemos, por supuesto, que hay personas que perturban esa convivencia, que trabajan en negro, que no respetan las normas —latinos, españoles, europeos, de todos los orígenes. Pero la caza siempre va en una dirección. No contra el que atropella la convivencia, sino contra el que no se defiende. Contra el marroquí que no grita, que no vota, que no tiene un lobby. Contra el que vive en pisos compartidos porque no le alquilan otra cosa. Contra el que no puede explicarse en perfecto castellano cuando viene a poner una denuncia. Contra el que, simplemente, es distinto.

Lo que se está viendo ahora —y Murcia es solo un reflejo— es una lucha entre desposeídos. Una guerra horizontal entre precarios. No sube nadie al tejado del Ayuntamiento para protestar por las condiciones de vivienda. No se hace una sentada frente a las inmobiliarias que se comen los barrios. No se marcha contra los que de verdad concentran el poder económico. Se prefiere mirar abajo, porque mirar arriba da vértigo. Damos por hecho -porque somos inteligentes- que “no todo el mundo es güeno” y que hay de todo, claro. A mi me han dado mucha vergüenza comportamientos de españoles lugares que he vivido como Japón, Rusia, Marruecos o Francia. Ahora bien, si ahora viéramos a muchos de esos españoles en países extranjeros por nuestras teles con la jauría humana detrás y gritando que los quieren linchar, que todos son unos vagos, que a por ellos…que les dan las becas de los comedores…Pues claro chacal, ¿no querías un país potente? Pues lo países potentes pagan a la gente que no tiene, eso hacen todos los guays de la UE. ¡Fomentando la picaresca! ¿no?¡Si todo fueran malditas becas para que coman niños! ¡Qué podredumbre más grande de humanidad!

En la Alemania de entreguerras, el enemigo fue el judío. En la Francia colonial, fue el argelino. En Marruecos también tienen sus enemigos, por supuesto, y de seguir así también lo serán los españoles. En España, a falta de “raza extranjera” con historia, se ha empezado a construir una: el marroquí, convertido en chivo expiatorio por una parte de la población que no sabe (o no quiere) distinguir entre religión, nacionalidad y persona.

Hoy se habla con naturalidad de “cristianizar los barrios”, como si la fe mayoritaria diera derecho a definir lo público. Esto lo dejaré para otro día porque tiene lo suyo. Pero nadie se escandaliza cuando una monja se cubre la cabeza: solo cuando lo hace una musulmana. Nadie exige que las imágenes de vírgenes desaparezcan del espacio público, pero se demoniza a quien celebra el Eid. Y en esta doble vara, tan española, tan de siempre, se esconde una batalla identitaria que poco tiene que ver con la convivencia y mucho con el miedo.

Miedo al cambio, miedo a perder privilegios que ni siquiera son tales, miedo a que el otro se parezca demasiado a uno mismo. Porque si el joven marroquí también sueña con una casa, con una vida digna, con un futuro, ¿en qué se diferencia del joven español que dice odiarlo si no tiene ni para pipas?

Eso es lo que más duele a quienes se atrincheran en la xenofobia: que el otro no solo existe, sino que es un espejo. Y en él no ven una amenaza: ven su propio vacío.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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