La escalera que sostiene Feijóo
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
En la primera semana de julio el Partido Popular no celebró un congreso, escenificó una rendición. El 21º cónclave nacional, que tendría que haber servido para pensar el país, ha sido un desfile de sumisión al liderazgo de Alberto Núñez Feijóo (con acento incorrecto en la primera o), un político de 63 años que sobrevivió a la amistad con un narcotraficante en los peores tiempos del narcotráfico en Galicia, cuando los jóvenes caían como moscas, un líder al que su partido ya no le concede margen para otro fracaso. Lo saben sus fieles, lo repiten los barones y lo gritan los editoriales de su prensa amiga: esta es su última bala, la de plata, la única capaz de matar al licántropo que usurpa (dicen) la Moncloa. Y están dispuestos a vaciar el cargador.
La excusa, una vez más, ha sido la regeneración. En realidad, lo que hizo Feijóo fue cerrar filas, blindar su núcleo duro y tomar el control absoluto del aparato. Ni debate ideológico, ni cuestionamiento interno, ni crítica alguna. Solo un objetivo: preparar el asalto final a Pedro Sánchez, incluso si para ello hay que invitar a Vox al banquete, seducir a Junts o reventar lo poco que queda de neutralidad institucional.
El caso Cerdán fue la gasolina de este congreso. Con el adversario debilitado, el PP optó por tensar la cuerda hasta el final. Sin escrúpulos. Sin disimulos. Y sin principios. Porque si algo ha quedado claro es que la derecha española ha renunciado a disimular su hambre de poder. Ya no hay complejos: solo cálculo, rabia y un proyecto construido a golpe de encuestas.
El lema del congreso lo decía todo: “Toma partido por España”. Traducido: toma partido por el PP. Toma partido por Feijóo. Toma partido contra cualquiera que no se pliegue al dogma azul. El nacionalismo de siempre, esta vez sin corbata. No fue un congreso ideológico. Fue un cierre patronal de pensamiento. Feijóo no quiere vetos: quiere manos libres para pactar con quien haga falta, aunque para disimular lo insulte de cuando en cuando desde la tribuna.
Mientras tanto, los temas incómodos fueron laminados. Ni aborto, ni eutanasia, ni igualdad, ni subrogación. Ni una palabra sobre lo que realmente divide al partido. Ni una voz sobre lo que preocupa al país. Solo silencios estratégicos, pactos de no agresión interna y una fundación —la de Aznar— exigiendo que se vuelva al dogma católico de los noventa. Pero nadie escucha ya a los cadáveres políticos.
El núcleo duro de Feijóo ha sido ascendido como si estuviéramos en una empresa familiar. Miguel Tellado, su escudero de siempre, ocupará la secretaría general y controlará también la maquinaria electoral. Ester Muñoz, leal hasta la médula, será la nueva portavoz parlamentaria. Y Alma Ezcurra, de perfil duro y obediente, se convierte en pieza clave sin deberle nada a Ayuso. Todo atado. Todo bien atado. El clan gallego lo controla todo y se lanza con él a la guerra final.
Y hablando de Ayuso, su derrota interna ha sido silenciosa pero humillante. Al principio amagó con rebelarse contra el fin de las primarias abiertas, pero se dio cuenta de que no tenía números y volvió a su madriguera madrileña. A cambio, le dejaron un caramelito simbólico: pudo hablar en la clausura del congreso. Pero su batalla está perdida. Feijóo ha logrado lo que Casado no pudo: domesticarla sin pegar un solo tiro.
El resultado: un PP vertical, disciplinado, preparado para pactar con Vox mientras lo niega en público, para seducir a Puigdemont mientras lo insulta en la prensa, y para volver al sistema de compromisarios porque es sabido que la democracia interna es peligrosa.
Este es el verdadero rostro del PP de Feijóo: autoritario por dentro, oportunista por fuera, mudo ante los grandes debates sociales y voraz cuando huele sangre. Un partido que no quiere convencer, sino aplastar. Que no busca consensos, sino mayorías suficientes para imponer su modelo: un modelo viejo, jerárquico y profundamente reaccionario.
Terminó el congreso del PP y, en un ambiente de euforia, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, Feijóo se dispuso a dar la puntilla a Sánchez en la siguiente sesión de control. Tellado estaba seguro de lo que iba a pasar. En la jornada de clausura del congreso, proclamó que la sede de Ferraz, en la que se reunía a la misma hora el comité federal: «es hoy es un velatorio. Más que un comité federal celebran un comité funeral, pero de cuerpo presente». El cuerpo, como no, era el de Pedro Sánchez.
Pero cuando en la sesión de control Feijóo comprobó que, como en la canción de Guillermo González Arenas que popularizó Peret, el muerto seguía vivo y dispuesto a agotar la legislatura, el gallego perdió la compostura. Feijóo no cometió un error: cometió una cesión histórica. No dio alas a Abascal por ingenuidad, sino por cálculo. Y como tantos otros antes que él, creyó que podía usar a los bárbaros sin convertirse en uno. Pero el monstruo no se alquila. Se alimenta. Y ahora, devora.
Durante años, el Partido Popular jugó a fabricar una ultraderecha domesticada, útil, que espantara a la izquierda sin arrebatarle el poder a la derecha. Quiso Vox como se quiere un perro de presa: atado, obediente y feroz solo cuando conviene. Pero un perro así no ladra, muerde. Y ahora muerde al amo.
Desde 2018 hasta hoy, el PP ha blanqueado, pactado, gobernado y cedido con Vox en todas las plazas. Andalucía, Murcia, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Aragón, Baleares... Feijóo, que llegó prometiendo moderación y consenso, ha terminado replicando la estrategia de Casado con menos carisma y más miedo.
Los datos del CIS de este mes de julio son un reflejo brutal de esa derrota moral: Abascal empata ya en valoración con Feijóo. Entre la juventud conservadora, Vox ya ha ganado la batalla cultural. Y entre los votantes del PP, hay quien preferiría que el presidente no fuese gallego, sino vasco, cazador y con chaqueta entallada.
La paradoja es trágica: cada paso que da Feijóo para despegarse de Vox le acerca más a sus tesis. Y cada pacto que intenta evitar, se convierte en una hipoteca más que abona a la ultraderecha. Hoy presume de no querer gobernar con ellos, pero ya gobierna con ellos en media España. No hay “línea roja” que no haya cruzado con la excusa de “la aritmética parlamentaria”.
Y mientras tanto, Ayuso afila los cuchillos y Vox sube en los sondeos anunciando deportaciones masivas y censura cultural. Es la misma estrategia que hundió al centro derecha en Francia, Italia o Alemania. Creyeron que podían frenar al fascismo imitándolo. Lo único que lograron fue desaparecer.
Feijóo creyó que podía competir con Vox sin convertirse en Vox. Pero el espejo ya no engaña a nadie. Cuando elige entre el original y la copia, el votante de ultraderecha no duda. Y cuando el futuro del país se juega entre dos extremismos —el real y el que lo habilita—, la moderación se convierte en una excusa cobarde para no asumir ninguna responsabilidad. Feijóo no ha parado los pies a la ultraderecha. Solo les ha sujetado la escalera.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.